La Esposa Que No Quería

33. Demasiado cerca

Dante

Dormir con Evelyn era más fácil antes de besarla.

No sabía que algo podía mejorar y empeorar simultáneamente de una forma tan eficiente.

Antes me metía en su cama, la abrazaba, escondía la cara en su cuello y dormía.

Simple.

Ahora hago exactamente lo mismo y mi cuerpo tiene opiniones.

Muchas.

Todas inconvenientes.

El tercer día después del beso despierto a las cinco y media.

Evelyn está de espaldas contra mi pecho.

Mi brazo rodea su cintura.

Su camiseta se ha subido durante la noche.

Mi mano descansa sobre piel desnuda.

No debería ser un problema.

Lo es.

No me muevo.

Su respiración es lenta.

Dormida.

Mi pulgar está a pocos centímetros de convertirse en una pésima decisión.

Lo retiro.

Evelyn se mueve.

Mi cuerpo se tensa.

—¿Qué hora es? —murmura.

—Temprano.

—Entonces duerme.

—Estoy intentando.

Se gira.

Error.

Su pierna queda entre las mías.

Mierda.

—Dante.

—¿Qué?

Abre los ojos.

Me mira.

Después mira mi boca.

Eso tampoco ayuda.

—Estás muy serio.

—Duérmete.

—¿Por qué?

—Porque son las cinco y media.

—Eso no responde.

—Evie.

Sonríe.

La conozco lo suficiente para saber que va a molestarme.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

Su mano sube hasta mi cara.

Después a mi cabello.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Exactamente eso.

Sus dedos se deslizan por mi nuca.

Cierro los ojos.

—Te advertí.

—No estás haciendo nada.

—Ese es el objetivo.

La sonrisa desaparece lentamente.

El aire cambia.

Ya conocemos esto.

La tensión que empieza en una mirada y de pronto convierte cada centímetro entre nuestros cuerpos en algo demasiado evidente.

Evelyn se acerca.

Yo no.

Necesito que sea ella.

No porque necesite permiso verbal para cada movimiento. No quiero convertir lo que ocurre entre nosotros en una negociación constante.

Necesito aprenderla.

Sus pausas.

Cuándo se acerca.

Cuándo duda.

Qué movimientos la hacen relajarse y cuáles la hacen pensar.

La beso cuando elimina la última distancia.

Despacio.

Su mano permanece en mi nuca.

La mía vuelve a su cintura.

El beso se profundiza.

Evelyn se acerca más.

Mi autocontrol empieza a parecer una teoría interesante que alguna vez estudié.

Me aparto primero.

Ella respira contra mi boca.

—¿Por qué paraste?

Excelente pregunta.

—Porque tengo treinta y cinco años.

Frunce el ceño.

—¿Y?

—Y necesito recordar que los tengo.

Se ríe.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí sí.

La beso en la frente.

—Duerme.

—Cobarde.

—Muchísimo.

• • •

Esa noche es peor.

Está sentada sobre mis piernas en la biblioteca.

Fue culpa mía.

La puse ahí.

Pero ahora Evelyn está leyendo un documento mientras yo intento revisar correos y su cuerpo está demasiado cerca.




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