La Esposa Que No Quería

34. Nuestra primera vez

Evelyn

Seis días después de que Dante me besara contra la pared de mi dormitorio, nuestra primera vez comienza con pasta.

No velas.

No champagne.

No una gala.

Pasta.

Dante llega a casa a las ocho y descubre que Isabella salió a cenar y que yo estoy intentando preparar algo porque le dije al personal que podía retirarse temprano.

—¿Qué haces?

—Cocino.

Mira la sartén.

Después a mí.

—¿Por qué?

—Porque los seres humanos necesitan alimentarse.

—Podíamos pedir algo.

—Podríamos.

—Entonces.

—Quería cocinar.

Se quita el saco.

—¿Sabes?

Lo miro.

—Vete.

Sonríe.

—Solo preguntaba.

—Fuera de mi cocina.

—Es mi cocina.

—Entonces prepara tú la cena.

Eso lo hace callar.

—Exactamente.

Dante se remanga la camisa.

—¿Qué hago?

Parpadeo.

—¿Vas a ayudar?

—No pareces capaz de hacerlo sola.

Le apunto con una cuchara.

—Una palabra más y cenas cereal.

Levanta las manos.

—¿Qué hago?

Le doy vegetales.

Descubro diez minutos después que Dante Moretti no sabe cortar un pimiento de una manera normal.

—¿Qué estás haciendo?

—Cortándolo.

—Parece que lo interrogaste.

—Está cortado.

—En pedazos del tamaño de países.

—Van a cocinarse.

—No todos en el mismo año.

Me mira.

Empiezo a reír.

—Hazlo tú.

—No. Ahora quiero ver cómo termina.

—Entonces deja de criticar.

—Imposible.

Me lanza un pequeño trozo de pimiento.

Abro la boca.

—¿Acabas de tirarme comida?

—No.

—Dante.

—Se cayó.

—Horizontalmente.

—Extraño.

Tomo otro pedazo.

Se lo lanzo.

Lo atrapa.

—Tienes cinco segundos.

—¿Para qué?

—Correr.

Me río.

No llego a ninguna parte.

Me atrapa junto a la isla de la cocina y me levanta.

—¡Dante!

—Te advertí.

—¡Bájame!

—Discúlpate.

—Nunca.

Me coloca sentada sobre la encimera.

Queda entre mis piernas.

La risa desaparece.

Así de rápido.

Siempre sucede.

Un segundo estamos jugando.

Al siguiente somos demasiado conscientes del otro.

Dante me mira la boca.

Yo hago lo mismo.

—La pasta —murmuro.

—Que espere.

—Va a quemarse.

—No me importa.

—A mí sí.

Me besa.

Intento mantener mi argumento.

Fracaso.

Mis manos encuentran su cabello.

Las suyas mi cintura.

No hay prisa al principio.

Eso cambia.

El beso se vuelve más profundo y la cocina, la pasta y el pimiento asesinado dejan de importar.

Dante me acerca al borde de la encimera.

Mi cuerpo responde con una facilidad que ya no me sorprende.

Llevamos seis días haciendo esto.

Besándonos hasta quedar sin aire.

Durmiendo abrazados.

Deteniéndonos.

Esperando.

Esta noche no quiero detenerme.




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