La Esposa Que No Quería

36. Mi lugar

Evelyn

Descubro que existe una diferencia importante entre que tu marido respete tu trabajo y que le guste cuando ese trabajo te obliga a subir a un avión sin él.

Dante respeta mi trabajo.

Muchísimo.

El problema es el avión.

—Son tres noches.

—Lo sé.

—Entonces deja de mirar mi maleta como si te hubiera insultado.

Dante permanece apoyado contra el marco de la puerta de mi vestidor, todavía con el traje que utilizó durante todo el día y una expresión que podría intimidar a prácticamente cualquier persona que no llevara meses durmiendo abrazada a él.

A mí ya no.

Doblo una camisa y la guardo.

—Podrías ir mañana y volver el mismo día.

—Tengo reuniones durante dos jornadas completas.

—Podrías terminar antes.

Levanto la mirada.

—No.

—Podrías intentarlo.

—Dante.

—Estoy proponiendo alternativas.

—Estás intentando reorganizar una negociación de cuarenta y ocho millones de dólares porque no quieres dormir solo.

Silencio.

Ah.

Lo miro.

Él me mira.

—No dije eso.

Sonrío.

—No era necesario.

—Tengo treinta y cinco años. Sé dormir solo.

—Claro.

—Lo hice durante décadas.

—Estoy orgullosa de ti.

Su mirada se estrecha.

Vuelvo a la maleta antes de reírme.

El viaje a Chicago lleva casi dos meses programado. La empresa de mi padre está negociando la adquisición parcial de una compañía logística y, durante las últimas semanas, gran parte de la operación terminó bajo mi responsabilidad. No porque sea la hija de Vittorio Russo. Precisamente llevo años trabajando para que ese apellido deje de ser la primera explicación de cada logro.

Entré en la empresa después de la universidad.

Empecé mucho más abajo.

Trabajé.

Ascendí.

Cometí errores.

Aprendí.

Ahora tengo personas a mi cargo, un equipo que confía en mis decisiones y una negociación suficientemente importante como para que el directorio haya decidido enviarme a mí.

Eso significa algo.

Y Dante lo sabe.

Por eso, pese a que claramente preferiría encerrarme en esta casa durante los próximos tres días, no me pidió ni una vez que cancelara.

Se acerca cuando cierro la maleta.

—¿Quién viaja?

—Ya te lo dije.

—Repítelo.

—Marissa, Aaron, Michael y dos personas del equipo legal.

—¿Michael cuál?

Lo miro.

—No empieces.

—Estoy preguntando.

—Michael Bennett. Cuarenta y ocho años, casado, tres hijos y una obsesión preocupante con el golf.

—Bien.

—¿Eso lo vuelve menos peligroso?

—Muchísimo.

Empiezo a reír.

—Eres ridículo.

Dante toma la maleta antes de que pueda hacerlo yo.

—¿A qué hora sales?

—Siete.

—Te llevo.

—Luca puede llevarme.

—Te llevo.

—Tengo que salir de aquí a las cinco y media.

—Sé leer la hora.

—Vas a quejarte.

—No.

—Muchísimo.

—Evie.

—Bien.

Sonríe.

Ha ganado.

Pequeñas cosas.

He aprendido a identificar las victorias de mi marido porque suele tener exactamente esa expresión.

Intento pasar junto a él.

Su mano encuentra mi cintura.

También he aprendido a esperar esto.

—¿Qué?

—Nada.

Me acerca.

—Dante.

—Tres noches.

—Sobrevivirás.

Hunde la cara en mi cuello.

Ahí está.




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