La Esposa Que No Quería

37. Te extraño

Dante

La primera noche duermo cuatro horas.

La segunda, tres.

Para la tercera estoy considerando seriamente si una negociación de cuarenta y ocho millones justifica que mi esposa pase tanto tiempo en otro estado.

Sé que el pensamiento es irracional.

No me importa.

—Pareces una mierda —dice Luca.

Levanto la mirada del documento.

—Gracias.

—¿Cuándo vuelve?

—Mañana.

Sonríe.

—No pregunté quién.

—Vete.

—¿Dormiste?

—Sí.

—¿Cuánto?

No respondo.

Luca se sienta frente a mí.

—Esto es extraordinario.

—¿Qué?

—Hace unos meses trajiste una mujer a tu casa mientras tu esposa dormía arriba.

Mi mandíbula se tensa.

—No necesito el recordatorio.

—Ahora Evelyn pasa tres noches en Chicago y pareces un viudo victoriano.

Lo miro.

—¿Terminaste?

—No.

—Termina.

—Te advertí que te gustaba.

—Nunca dijiste eso.

—Lo pensé.

—Eso no cuenta.

Luca sonríe.

—La extrañas.

No respondo.

No porque sea mentira.

Porque decirlo en voz alta parece excesivamente íntimo para una conversación con Luca a las diez de la mañana.

La extraño.

Suena ridículo.

Son tres días.

He pasado semanas fuera por negocios.

Meses entrando y saliendo de hoteles sin necesitar a nadie al lado.

Ahora no consigo dormir porque mi cama no huele a Evelyn.

Ni siquiera mi cama.

La suya.

Porque sigo durmiendo en su dormitorio como un idiota aunque ella no esté.

La primera noche intenté utilizar el mío.

Duré quince minutos.

Todo me molestó.

El colchón.

La habitación.

El silencio.

Y, aunque cambié las sábanas hace meses y Bianca no ha pisado ese espacio desde antes de que Evelyn y yo empezáramos a acercarnos, recordé inmediatamente por qué mi esposa no quería dormir allí.

Me fui.

Volví a su habitación.

Me acosté en su lado.

Después me di cuenta de lo patético que era y me moví.

No mejoró.

—¿Qué quieres? —pregunto.

Luca empuja una carpeta hacia mí.

—Firmas.

Las hago.

—Y que admitas que la extrañas.

—Fuera.

—Lo tomaré como un sí.

• • •

A las dos recibo una fotografía.

Evelyn está sentada frente a una mesa llena de carpetas.

Lleva un traje gris, una camisa color crema y unos zapatos rojos que probablemente son completamente inadecuados para caminar más de veinte metros.

EVIE: Cerramos la segunda etapa.

Miro la foto.

Después la amplío.

No los documentos.

A ella.

Sonríe.

Orgullosa.

Hermosa.

YO: Felicitaciones.

Tres puntos.

EVIE: ¿Eso es todo?

Frunzo el ceño.

YO: ¿Qué quieres?

EVIE: No sé. Algo más entusiasta.

Pienso.

YO: Estoy extremadamente orgulloso de ti.

Tarda.

Mucho.

Después:

EVIE: Mejor.

Sonrío.

YO: Aunque esos zapatos son ridículos.

EVIE: Te odio.

YO: No.




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