La Esposa Que No Quería

38. Bianca

Evelyn

Dos semanas después de Chicago descubro que estar bien con Dante no significa que todo lo anterior haya desaparecido.

El descubrimiento ocurre un sábado por la noche.

Y lleva un vestido blanco.

Reconozco a Bianca antes de que ella me vea.

Estamos en una recepción benéfica en el Metropolitan Museum, rodeados de demasiadas personas, cámaras, donantes y copas de champagne. Dante lleva casi una hora siendo arrastrado de conversación en conversación y yo acabo de terminar de hablar con una mujer del consejo cuando la veo.

Bianca.

No la veía desde aquella noche en casa.

La noche que cambió algo en Dante sin que yo lo supiera.

Es hermosa.

Eso nunca fue el problema.

Alta, elegante, segura.

Y cuando ve a mi marido al otro lado de la sala, sonríe como una mujer que conoce perfectamente bien al hombre que está mirando.

Mi estómago se tensa.

No por miedo.

No exactamente.

Dante no estuvo con ella desde aquella noche.

Me lo dijo.

Le creo.

El problema es que Bianca no me mira primero.

Mira a Dante.

Y camina directamente hacia él.

Estoy demasiado lejos para escuchar el comienzo de la conversación.

No importa.

Veo a Dante sorprenderse.

Veo que responde algo.

Después Bianca coloca una mano sobre su brazo.

No una palmada social.

Una caricia.

Lenta.

Familiar.

Mi mandíbula se tensa.

Dante baja la mirada hacia la mano.

Entonces debería apartarse.

No lo hace.

Todavía.

Bianca dice algo.

Sonríe.

Se acerca.

Yo permanezco inmóvil.

Tal vez porque quiero ver qué hace.

Tal vez porque una parte de mí necesita saber si las reglas que establecimos existen también cuando yo no estoy sosteniéndole la mano.

Dante parece responder.

Bianca se acerca todavía más.

Después le besa la mejilla.

Solo que no exactamente.

Demasiado cerca de la comisura.

Su mano sube a su pecho.

Y Dante tarda.

No mucho.

Un segundo.

Tal vez menos.

Pero tarda.

Después finalmente toma su muñeca y la aparta.

Demasiado tarde.

Yo ya lo vi.

Todo.

Me doy la vuelta.

No camino rápido.

No hago una escena.

No tiro una copa.

No cruzo el salón para reclamar territorio.

No soy esa mujer.

Además, de pronto necesito aire.

Mucho.

—¿Evelyn?

Isabella aparece a mi lado.

—Voy al baño.

Me mira.

Después mira por encima de mi hombro.

Su expresión cambia.

—Evie.

—No.

—Mi hermano...

—No quiero hablar ahora.

Lo entiende.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No.

Le aprieto la mano.

—Estoy bien.

Mentira.

Pero no quiero compañía.

Camino.

Cruzo el corredor.

No voy al baño.

Voy hacia la terraza lateral.

El aire de la noche golpea mi piel.

Respiro.

Una vez.

Dos.

Estoy furiosa.

No devastada.

No rota.

Furiosa.

Y eso es mucho peor.

Porque sé que Dante no besó a Bianca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.