
Duermo en el sofá de mi despacho.
No porque Evelyn me haya echado.
No me dio oportunidad.
Cuando regreso, la puerta de su dormitorio está cerrada.
No con llave.
Podría entrar.
No lo hago.
Es probablemente una de las decisiones más difíciles que tomé en meses.
A las tres de la mañana sigo despierto.
Repaso la escena.
Bianca acercándose.
Su mano en mi brazo.
Yo sorprendido.
Después su boca demasiado cerca de la mía.
El segundo.
Ese maldito segundo.
No quería el beso.
No respondí.
La aparté.
Nada de eso cambia que Evelyn lo vio.
Y cuando intenté explicarlo dije la peor frase posible.
No pasó nada.
Claro que pasó.
• • •
A las seis escucho movimiento.
Salgo.
Evelyn está bajando las escaleras vestida para correr.
Me mira.
Se detiene.
—Tenemos que hablar.
—Ahora no.
—Evie.
—Voy a correr.
—Son las seis.
—Sé leer la hora.
Normalmente sonreiría.
No hoy.
—Voy contigo.
—No.
Otra vez.
Asiento.
—Cuando vuelvas.
No responde.
Sale.
Me quedo mirando la puerta.
Isabella aparece detrás de mí.
—Eres un idiota.
—Buenos días.
—No fue Bianca quien me sorprendió.
La miro.
—No necesito esto.
—Creo que sí.
—Isabella.
—Evie está enam...
Se detiene.
Mi cuerpo se tensa.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Qué ibas a decir?
—No importa.
—Isabella.
—Habla con tu esposa.
Sube.
Me quedo abajo con una frase incompleta dando vueltas en mi cabeza.
No tengo tiempo de perseguirla.
Evelyn regresa cuarenta minutos después.
Está sudada, con el cabello recogido y la cara rosada por el frío.
—Ahora.
Me mira.
—Necesito ducharme.
—Espero.
—Dante.
—Esperaré.
Suspira.
Sube.
Yo espero.
Veintidós minutos.
Los cuento.
Cuando vuelve, lleva pantalones cómodos y una camiseta.
No está vestida para trabajar.
Sábado.
Bien.
Más tiempo.
—Habla —dice.
Me acerco.
No demasiado.
—No sabía que Bianca estaría allí.
—Te creo.
—No la vi desde aquella noche.
—También te creo.
—No hablo con ella.
—Dante.
—Necesito que entiendas...
—Entiendo todo eso.
Silencio.
—Entonces ¿qué no entiendo yo?
Evelyn me mira.
Y sé que la respuesta no va a gustarme.
—Que Bianca no hizo lo que hizo porque sea una mujer delirante que decidió ignorar de repente un matrimonio perfectamente respetado.
Mi mandíbula se tensa.
—Evie.
—Tú le enseñaste.
La frase cae entre nosotros.
—¿Qué?
—Tú le enseñaste que no tenía que respetarme.
Quiero responder.
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Editado: 19.09.2026