
Descubrir que estoy enamorado de Evelyn no cambia nada.
Ese es el primer pensamiento que tengo a la mañana siguiente.
El segundo es que soy un mentiroso.
Cambia todo.
Abro los ojos antes que ella y permanezco inmóvil porque Evelyn duerme con la cabeza sobre mi hombro, una mano debajo de mi camiseta y una pierna atravesada sobre las mías como si hubiera decidido durante la noche que cualquier posibilidad de que me levantara antes que ella debía ser eliminada.
Normalmente me gustaría.
Hoy también.
Solo que ahora sé por qué.
Estoy enamorado de mi esposa.
La frase continúa sonando extraña dentro de mi cabeza.
No porque no sea cierta.
Porque nunca pensé que tendría que utilizarla.
Mucho menos con Evelyn.
Me casé con ella porque necesitaba la alianza Russo. Porque nuestros negocios se complementaban. Porque había problemas que una unión permanente resolvía mejor que cualquier contrato. Porque nuestros padres llevaban demasiado tiempo intentando consolidar una estructura que beneficiaba a ambas familias.
Y porque, a los treinta y cinco años, podía aceptar un matrimonio conveniente.
Lo que no quería era una esposa de veintitrés.
Demasiado joven.
Demasiado cerca todavía de la universidad, de sus amigos, de una vida que debería haber tenido tiempo de decidir por sí misma.
Después la conocí.
De verdad.
Y ahora estoy acostado en su cama intentando decidir qué demonios hago con el hecho de que quiero pasar el resto de mi vida exactamente aquí.
Evelyn se mueve.
Su nariz roza mi cuello.
—Cinco minutos —murmura.
Sonrío.
—No dije nada.
—Lo estabas pensando.
—Eso es mío.
—Ahora es mío.
Cierro los ojos.
Incluso roba mis frases.
Perfecto.
La abrazo un poco más.
Cinco minutos se convierten en veinte.
No me importa.
• • •
—Estoy enamorado de mi esposa.
Luca deja de escribir.
No levanta la cabeza inmediatamente.
Eso me irrita.
—¿Escuchaste?
—Sí.
—¿Y?
Finalmente me mira.
—Estoy intentando decidir cuánto tiempo debo fingir sorpresa.
Entrecierro los ojos.
—¿Qué significa eso?
—Que llegaste tarde.
—¿A qué?
—A darte cuenta.
Apoyo la espalda contra la silla.
—¿Tú lo sabías?
—Dante, cruzaste un salón lleno de personas porque un hombre miró las piernas de tu esposa.
—Eso no significa amor.
—Dormiste en su dormitorio vacío durante el viaje a Chicago.
—Mi ropa estaba ahí.
—Tienes ropa en tres propiedades.
—No importa.
—Compraste una caja de pastel de limón en un lugar que estaba a veinte minutos en dirección contraria porque te lo pidió por mensaje.
—Le gusta.
—Exactamente.
Lo fulmino.
Luca sonríe.
—Felicitaciones.
—No necesito felicitaciones.
—Entonces ¿qué necesitas?
Ahí está el problema.
No lo sé.
Durante toda mi vida, cuando quiero algo, actúo.
Identifico el objetivo.
Analizo las variables.
Elimino los obstáculos.
Consigo lo que quiero.
Evelyn no funciona así.
Mi esposa no es una adquisición.
Y, sobre todo, ya fue convertida una vez en algo que otros hombres negociaron.
Su padre decidió que tenía que casarse.
Yo acepté.
Ella no tuvo elección.
No voy a tomar algo que debería ser hermoso y convertirlo en otra cosa que Evelyn tenga que soportar porque su marido lo siente.
—Quiero decírselo.
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Editado: 19.09.2026