Verdades
La tarde caía lentamente, bañando la ciudad en tonos anaranjados y rosados, mientras Carlota y Marcos caminaban por las estrechas calles del barrio que tanto amaban. El sol comenzaba a ponerse, y el aire fresco del atardecer les acariciaba la piel. Caminaban en silencio, disfrutando de la calma, de la compañía mutua, como si no hubiera nada más importante que ese momento.
Era raro que pudieran estar tan tranquilos. La vida solía ser frenética para ambos, entre el refugio creativo, sus proyectos personales y las tareas cotidianas. Pero esa tarde, todo parecía detenerse a su alrededor. La gente pasaba por su lado sin prisa, el sonido de los coches lejanos era apenas perceptible y las luces de la ciudad empezaban a encenderse una por una.
Marcos la miraba de reojo, sin decir nada, pero con una sonrisa que siempre lograba derretir la pequeña coraza de inseguridad que Carlota a veces ponía en su corazón. Él siempre estaba ahí, sin hacer preguntas, sin presionar, solo siendo.
—¿Por qué me miras así? —dijo Carlota, notando su mirada tranquila.
Marcos se detuvo, tomándola suavemente por los brazos y mirándola con esos ojos que reflejaban una mezcla de ternura y admiración.
—Porque no puedo evitarlo —respondió con una sonrisa sincera—. Estar contigo es todo lo que quiero, Carlota. Y es tan fácil perderse en ti que a veces se me olvida que hay un mundo más allá de tu mirada.
Carlota sintió cómo sus mejillas se ruborizaban, pero no pudo evitar sonreír. Había algo tan reconfortante en sus palabras, algo que tocaba una fibra interna de su ser, algo que nunca antes había sentido.
—Tú también me haces sentir así —dijo ella, su voz baja, casi como un susurro—. Como si el mundo pudiera desmoronarse, pero mientras estés a mi lado, todo estará bien.
Marcos la abrazó entonces, envolviéndola con fuerza, como si quisiera protegerla de todo lo que pudiera venir. Carlota se quedó allí, respirando profundamente, sabiendo que nunca había sentido una conexión tan pura, tan intensa. Se sentía tan completamente segura con él, como si no tuviera que fingir ser otra persona, como si todo lo que había hecho antes de conocerlo hubiera sido solo un preludio de este amor que ahora vivían.
Al día siguiente, Marcos le preparó el desayuno, como solía hacer los fines de semana. Estaba en la cocina, concentrado en algo que Carlota no alcanzaba a ver, pero podía escuchar el sonido de los utensilios, el chisporroteo del pan tostándose.
Cuando Carlota entró, él levantó la vista y sonrió de manera encantadora.
—Buenos días, mi amor —dijo, mientras se acercaba a darle un beso en la mejilla.
Carlota, todavía adormilada, sonrió y se dejó abrazar por él. El roce de su piel, el contacto de sus labios, eran suficientes para que el mundo que la rodeaba desapareciera por completo. Él la miraba siempre con esa intensidad que la derretía, y aunque pensaba que ya lo conocía todo sobre él, cada día descubría algo nuevo. Esa mañana, observó cómo le servía el desayuno, el cuidado con el que le preparaba el café, el detalle con el que colocaba las tostadas. Marcos siempre había sido tan atento, tan generoso, y aunque Carlota lo sabía, a veces lo olvidaba entre las preocupaciones diarias.
—¿Te pasa algo? —preguntó Marcos, observando el cambio sutil en la expresión de Carlota. Ella se había quedado mirando el café, perdida en sus pensamientos.
Carlota suspiró, dándose cuenta de que sus pensamientos la habían alejado del momento.
—Nada, solo que… a veces me siento tan agradecida por todo esto. Agradecida por ti. Nunca imaginé que tendría algo tan real, tan puro.
Marcos se sentó a su lado, dejando la taza frente a ella.
—Yo también me siento agradecido, Carlota. Pero lo que tenemos no es algo que solo yo haya dado. Tú también has contribuido a esto. Tú me has mostrado lo que significa realmente amar, lo que significa ser uno mismo.
El silencio que siguió fue cómodo, lleno de significado. Carlota se inclinó hacia él y, sin pensarlo, lo besó suavemente, un beso lleno de todas las palabras que no podían decirse en ese momento.
—
Las semanas siguientes continuaron en la misma atmósfera de comodidad y amor creciente. Sin embargo, Carlota comenzó a sentir que algo en su interior seguía pidiendo más, algo que no podía identificar del todo. Aunque la relación con Marcos era perfecta en muchos aspectos, se daba cuenta de que su vida seguía siendo una constante búsqueda. El refugio creativo era un éxito, su arte seguía evolucionando, pero había algo en su corazón que sentía incompleto. No era que faltara amor, sino que había algo dentro de ella que necesitaba más libertad para explorar, para crecer aún más.
Una tarde, mientras paseaban por el parque, Carlota decidió abrir su corazón.
—Marcos —comenzó, tomando aire, sin saber exactamente cómo abordar lo que sentía—. He estado pensando en algo.
Marcos la miró, con esa familiar mirada cálida que siempre la hacía sentirse segura, pero también sintió que la tensión en su voz era real.
—¿De qué se trata?
Carlota lo miró, buscando las palabras adecuadas.
—Es solo que… siento que he crecido tanto, que a veces me siento atrapada. No por ti, ni por lo que estamos construyendo. Más bien, por todo lo que quiero seguir explorando en mí misma, en mi arte, en mi vida.