La Estación

CAPITULO ???:

El alma y la mente…

A veces las siento hablar dentro de mí, aunque nunca se miran de frente.
Se rozan como sombras en una habitación sin luz, conscientes de la existencia de la otra, pero incapaces de reconocerse sin hacerse daño.

El alma susurra con una voz que no envejece, una voz que recuerda incluso aquello que yo me empeño en olvidar. No alza el tono, no exige, no suplica. Arde en silencio, paciente, como si supiera que todo cae, que todo se quiebra, que todo se pierde… menos ella. Me observa desde algún lugar profundo, un lugar donde el tiempo no llega y el dolor aún no ha aprendido a tener forma, y guarda lo que soy incluso cuando yo ya no sé nombrarme.

La mente, en cambio, no conoce el descanso. Nunca calla. Se repliega sobre sí misma como una herida que se niega a cerrar, construye pasillos donde me pierdo a propósito, inventa puertas que prometen salida y conducen a nada. Es un laberinto sin inicio ni final, un territorio de pensamientos circulares, de imágenes incompletas y de fantasmas que no saben que están muertos. Está llena de preguntas que no quiero responder y de respuestas que no me atrevo a aceptar. Quiere entender al alma, diseccionarla, reducirla a palabras seguras… pero no puede. Y por eso la teme. Porque el alma no obedece, no se fragmenta, no miente. Porque su luz revela todo aquello que mi mente ha pasado siglos ocultando bajo capas de lógica, olvido y negación.

Entre ambas existe un espacio que me duele incluso cuando no lo nombro. Un vacío frío donde no llega el consuelo ni la certeza. Un lugar suspendido, prohibido, donde las certezas se disuelven y las memorias olvidadas flotan sin peso, como restos de algo que una vez fue real. Allí habitan los nombres que no pronuncio, los rostros que aprendí a borrar, las promesas que jamás regresaron. La nostalgia vive ahí, respirándome en el pecho, suave y cruel, recordándome no solo lo que perdí… sino también todo aquello que nunca me fue concedido. En ese silencio comprendo que la soledad no es estar vacío, sino estar demasiado lleno de ausencias.

Mi alma quiere soltar.
Mi mente quiere resistir.

Una anhela liberar lo que fui antes de romperme; la otra se aferra a lo que queda, aunque duela, aunque sangre. Una me empuja hacia la eternidad, hacia un recuerdo intacto de mí misma; la otra me ata al instante que sangra, al presente que insiste en doler para demostrar que sigo aquí. Y yo quedo suspendida entre ambas, desgarrándome sin ruido, aprendiendo que el equilibrio no es paz, sino una herida consciente, abierta a propósito, para no olvidar que sigo existiendo.

Porque mientras el alma persiste y la mente insiste, yo camino en la penumbra. No buscando salvación —esa palabra ya no me pertenece—, sino un hilo. Uno solo. Algo frágil, casi invisible, que me recuerde que aún soy algo más que mis sombras… aunque a veces, solo a veces, también ellas sean lo único que me queda para no desaparecer por completo.

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