La Estación

CAPITULO XVII: La Grieta en la Balanza

Poder.

No lo busques en las palabras visibles.
Siempre habita entre ellas.

Es antiguo, pero no viejo.
Vulgar solo para quien no ha aprendido a temerlo.
Muchos lo nombran sin saber qué han llamado; otros lo niegan mientras ya caminan bajo su sombra.

Donde aparece, algo cambia de lugar.
El miedo no se anuncia, el respeto deja de ser elección, y la adoración nace torcida. Ninguno de esos vínculos perdura: existen solo mientras la mano no tiembla.

El poder no pertenece a nadie.
Solo se posa.
Y cuando lo hace, reescribe.

Todos somos fragmentos de algo que empezó antes. Historias derivadas de historias más antiguas, nombres que ocupan un sitio que no les fue dado para durar. Creemos ser protagonistas, pero somos margen, nota al pie, eco.

Mientras alguien sostenga el centro, los demás serán relato.
Y todo relato puede ser corregido.

Si lees esto y crees estar a salvo, vuelve a leer.
El poder no necesita ser visto.
Solo necesita que alguien crea que lo comprende.

Quien cree sostener el poder ya ha sido escrito por él.

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Eran dos sombras talladas con elegancia.
No nacidos de la luz, sino entrenadas para sobrevivir a ella.
Temidos.
No por lo que hacían…
sino por lo que permitían que existiera.

Bestias antiguas que aprendieron a vestirse de belleza porque el horror, cuando es directo, deja de ser eficaz.

Uno sostenía el equilibrio que necesitaba creer correcto.
La otra sostenía la balanza auténtica: aquella que no busca justicia, ni redención, ni sentido. Solo resultado.

Ella avanzó.

No por voluntad.
No por elección.
Avanzó porque así fue escrita.
Avanzó porque detenerse nunca fue una opción concedida a las cosas útiles.

Cada paso negaba la misericordia. No porque la despreciara, sino porque la comprendía demasiado bien como para confiar en ella. Su presencia no exigía respeto; lo hacía irrelevante. Donde ella caminaba, los conceptos se rendían.

Cuando habló, su voz no buscó herir. Las voces que hieren todavía esperan respuesta. La suya era la que acompaña la firma final, la que observa cómo se cierran las manos sobre el precio acordado. Así se recolectan las almas más bellas: no con violencia, sino con certeza.

—Siempre tan comprensivo, padre —dijo—. Esa es tu forma favorita de control. Nombrar el desastre como advertencia, no como autoría.

Su mirada no tembló.

—No necesito tus presagios —continuó—. El equilibrio no se defiende con palabras. Me concede silencio. Y en el silencio… no hay absolución.

Entonces Syraen avanzó

No como amenaza.
No como castigo.
Avanzó como avanza la muerte cuando ya ha sido aceptada: sin urgencia, sin duda, sin la vulgaridad del esfuerzo.

El espacio cedió a su paso, no por poder, sino por costumbre. Tomó el mentón de Belladonna con la delicadeza de quien reconoce una obra irrepetible. No la tocó como algo frágil, sino como algo que solo adquiere valor al romperse.

Las joyas intactas se exhiben.
Las rotas se heredan.

Sus dedos no temblaron. Su gesto fue casi tierno. Casi.

Porque él sabía lo que había creado.
Y ella sabía lo que había sobrevivido.

—Hablas de silencio —murmuró— como si fuera un don.

Sus dedos sostuvieron lo justo para recordar que podía apretar más.

—Pero el silencio no te fue concedido —continuó—. Te fue impuesto porque, cuando hablas con memoria, el equilibrio sangra.

No había ira en su tono. Solo pedagogía.
La forma más cruel de lo que aún podría llamarse amor.

Los recuerdos —añadió— no son un don que debamos conservar. Son una plaga.
Una infección a la que las criaturas se aferran para fingir que sus decisiones importaron… cuando temen desaparecer.

Su voz no se elevó. No lo necesitaba.

—Nuestro deber no es recordar. Recordar es un acto de cobardía: implica elegir qué duele y qué se perdona. Nosotros no elegimos. Coleccionamos.

Hizo una pausa mínima. Precisa. Letal.

Ella alzó apenas el mentón, no en desafío, sino en corrección.

—Porque el instante en que recordamos… elegimos y dudamos —pausó—. Qué alma merece ser tomada y cuál no. Qué dolor es digno y cuál es prescindible.

Una pausa. Precisa. Cruel.

—Y el equilibrio no tolera el criterio. Solo el resultado.

Soltó su mentón. No por piedad. Porque ya había dicho lo esencial.

—El equilibrio no te pertenece, Belladonna. Te utiliza. Y tú lo aceptas porque creer que sostienes la balanza es menos doloroso que admitir que eres el peso.

El aire se volvió denso, casi insoportable.
No por tensión, sino por verdad.
Esa clase de verdad que no necesita ser defendida porque no ofrece salida.

Ambos se midieron.
Ninguno apartó la mirada.

No eran opuestos.
Eran consecuencia.

No enemigas.
No iguales.

Como tormentas conscientes de que el choque es inevitable, evaluando no la fuerza del otro, sino el daño colateral que dejarían al encontrarse.

Y en ese instante suspendido, el equilibrio no observó.

Calculó.

No por duda…
sino por el reconocimiento de su propia monstruosidad reflejada en ellos.

Belladonna no dudó.

Nunca lo hacía.

La duda es un privilegio de quienes aún creen que pueden elegir. Ella había aprendido, mucho antes de recordar —o de olvidar—, que elegir es solo una forma elegante de retrasar lo inevitable.




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