La Estación

Capitulo XIX: Donde Incluso la Eternidad Espera

La oscuridad da origen a la luz.

Eso dicen los antiguos.

Porque incluso la noche necesita existir para que una estrella pueda ser vista.

Pero...

¿qué ocurre cuando ni siquiera la oscuridad existe?

¿Qué ocurre cuando el origen mismo ha sido borrado?

Cuando no hay sombra.

Cuando no hay luz.

Cuando no hay memoria capaz de recordar qué vino primero.

¿Sigue siendo vacío?

No.

Porque incluso el vacío necesita un lugar donde existir.

Y hubo algo antes de él.

Algo tan antiguo que ningún nombre sobrevivió para describirlo.

Algo que no era oscuridad.

Algo que no era luz.

Algo que jamás debió despertar.

Quizá todos provenimos de allí.

Quizá todas las historias regresan allí.

Quizá el olvido no sea más que la nostalgia de ese lugar imposible.

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El traqueteo del tren rompió el pensamiento.

Las ruedas crujían sobre los rieles con el cansancio de una criatura anciana, como un ser condenado a recorrer caminos que no figuraban en ningún mapa.

El metal gemía.
No por esfuerzo.

Por memoria.

Como si recordara cada pasajero que había transportado.

Cada alma.

Cada despedida.

Cada historia que terminó antes de comenzar.

Y otras...

que jamás tuvieron derecho a un final.

Elías sabía que no debía mirar.

No porque alguien se lo hubiera prohibido.

Sino porque existía esa clase de advertencias que el cuerpo comprende mucho antes que la razón. Ese instinto antiguo que nace cuando algo, desde la oscuridad, también comienza a observarte.

Aun así...

Giró apenas el rostro hacia la ventana.

Al principio solo distinguió la noche.

Una inmensidad sin estrellas, sin luna, donde el horizonte parecía haberse rendido hacía siglos.

Pero cuanto más fijaba la vista...

más comprendía que aquello no era oscuridad.

Era un paisaje.

Uno imposible.

Bosques formados por árboles de cristal negro se extendían hasta donde la mirada dejaba de pertenecerle. Sus ramas crecían hacia abajo, hundiéndose en un cielo invertido del que caían pequeñas luces blancas, lentas, semejantes a cenizas que jamás tocaban el suelo.

Más lejos, enormes montañas flotaban suspendidas sobre lagos inmóviles, reflejándose unas a otras como si el mundo hubiese olvidado cuál era arriba y cuál abajo.

Había belleza.

Una belleza enfermiza.

Demasiado perfecta para pertenecer a algo vivo.

El tren continuó avanzando entre aquel paisaje imposible, mientras sombras enormes caminaban a la distancia.

No corrían.

No cazaban.

Simplemente...

existían.

Algunas medían lo mismo que una montaña.

Otras apenas alcanzaban la altura de un niño.

Todas caminaban hacia alguna parte.

Todas parecían conocer el camino.

Entonces las vio.

Figuras altas, envueltas en túnicas desgastadas, inmóviles junto a los rieles.

No tenían rostro.

Donde deberían existir ojos, nariz o boca solo había una superficie lisa, semejante a porcelana vieja.

Sin embargo...

cuando el tren pasó frente a ellas...

todas giraron lentamente la cabeza al mismo tiempo.

Siguiéndolo.

O quizá...

siguiéndolo a él.

Un escalofrío recorrió la espalda de Elías.

No apartó la mirada.

No pudo.

Era como si aquellas criaturas reclamaran ser observadas.

Como si ignorarlas fuera una falta de respeto.

Y entonces aparecieron otras.

Seres encorvados cuya piel parecía cosida con sombras vivas. No poseían ojos.

Solo una enorme boca vertical que atravesaba casi todo el rostro, llena de dientes demasiado largos para pertenecer a ninguna criatura nacida bajo un cielo conocido.

No hablaban.

Pero sonreían.

Siempre sonreían.

Más adelante, enormes figuras cubiertas por armaduras blancas permanecían inmóviles entre columnas derruidas. Sus alas, inmensas, no estaban hechas de plumas, sino de fragmentos de luz quebrada que caían lentamente al suelo antes de desaparecer.

Ninguna miró al tren.

Como si supieran que aquello que viajaba dentro no les pertenecía.

Más allá de ellas, criaturas cubiertas por escamas oscuras sostenían lámparas azules cuyos fuegos ardían hacia abajo, iluminando únicamente las sombras.

Había otras imposibles de describir.

Seres cuyos cuerpos cambiaban de forma cada vez que Elías parpadeaba.

Algunos parecían hechos de agua.

Otros de humo.

Otros...

de recuerdos.

Y todos aguardaban algo.

Como si el paso del tren fuera un acontecimiento antiguo que se repetía desde antes del nacimiento del tiempo.

El traqueteo comenzó a disminuir.

Muy despacio.

Las ruedas chirriaron sobre los rieles.

El paisaje dejó de avanzar.

Frente al vagón emergió una estación.

No había madera.

No había hierro.

Todo estaba construido con una piedra gris tan antigua que parecía haber olvidado haber sido roca.

Gigantescos pilares sostenían una bóveda imposible, cubierta por miles de símbolos que cambiaban lentamente de lugar, como si las runas respiraran.




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