Los mortales...
A lo largo de sus breves existencias evolucionan, aprenden, olvidan y vuelven a aprender. Creen comprender conceptos como el origen, la vida, la muerte o el tiempo, pero rara vez los contemplan desde el mismo horizonte. Cada uno los interpreta de acuerdo con sus miedos, sus deseos o la necesidad de justificar su propia existencia.
Quizá por eso resultan tan fascinantes.
Son las únicas criaturas capaces de construir imperios sobre ideas que jamás terminaron de comprender.
Transforman las preguntas en dogmas, las dudas en verdades y las teorías en razones suficientes para librar guerras, levantar templos o condenar a quienes se atreven a pensar diferente.
Se destruyen unos a otros persiguiendo respuestas que ninguno posee.
Y, aun así...
Jamás dejan de preguntar.
Desde el primer instante en que levantaron la mirada hacia el firmamento, han intentado explicar el origen de todo. Han escrito miles de teorías, algunas nacidas de la fe, otras de la filosofía y otras del lenguaje frío de la ciencia. Cada una pretende contemplar el mismo misterio desde un ángulo distinto.
La explicación que más fuerza ha adquirido entre ellos sostiene que el universo nació de una expansión primordial.
Afirman que, hace miles de millones de años, toda la materia, toda la energía, el espacio e incluso el tiempo permanecían contenidos en un único punto inconcebiblemente pequeño, denso y caliente. Entonces ocurrió aquello que llaman la Gran Expansión. No una explosión en el vacío, como muchos imaginan, sino el instante en que el propio espacio comenzó a extenderse sobre sí mismo, dando origen a todo cuanto existe.
Con el paso de incontables eras, aquel universo incandescente se enfrió. De ese descenso de temperatura surgieron las primeras partículas; de ellas nacieron los átomos, luego las estrellas, las galaxias y, finalmente, los incontables mundos que aún continúan danzando entre la oscuridad.
Los mortales consideran que las huellas de aquel acontecimiento aún permanecen visibles. Hablan de galaxias que continúan alejándose unas de otras, observación que atribuyen a un astrónomo llamado Edwin Hubble, y de un débil resplandor que impregna todo el cosmos: la radiación de fondo de microondas, un eco tan antiguo que algunos lo describen como el último suspiro del nacimiento del universo.
Es una teoría elegante.
Hermosa, incluso.
Pero sigue siendo una teoría.
Porque responder cómo comenzó el universo no equivale a responder por qué comenzó.
¿Quién dio origen a aquello que ya contenía el tiempo?
¿Dónde existía ese punto si el propio espacio aún no había nacido?
¿Y qué significa "antes"... cuando el tiempo todavía no sabía avanzar?
Los mortales celebran cada respuesta como una victoria.
Yo, en cambio, encuentro mucho más fascinantes las preguntas que sobreviven a todas ellas.
Porque quizá el universo nunca quiso ser comprendido.
Quizá solo deseaba que alguien nunca dejara de buscarlo.
—B
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Editado: 08.07.2026