La Estación

CAPITULO XX: Donde Todo Tiene Un Precio

El andén, como muchos otros lugares de aquella estación, estaba abarrotado de innumerables seres y de innumerables puestos.

No importaba el mundo de origen.

No importaba cuántos siglos hubieran pasado desde su creación.

Siempre existiría la comercialización.

Quizá porque toda criatura, incluso aquella que había dejado de pertenecer al mundo de los vivos, encontraba algo que necesitaba y algo que estaba dispuesta a entregar para obtenerlo.

Siempre habría algo que alguien deseara poseer y algo que otro estuviera dispuesto a entregar a cambio.

Solo cambiaba el valor.

Y las reglas.

En algunos puestos se comerciaba con monedas.

Algunas criaturas pagaban con recuerdos.

Había quienes aceptaban años de vida.

Otros preferían secretos.

Algunos exigían promesas.

Y unos pocos...

aceptaban cosas que ningún ser sensato ofrecería voluntariamente.

Desde lágrimas de criaturas vacías, conservadas en pequeños frascos de cristal, hasta la más ligera pluma arrancada de un ángel.

Desde dientes de bestias que habían muerto antes del nacimiento de ciertos mundos hasta pequeñas botellas que contenían el último suspiro de alguien que jamás había existido.

Todo tenía un precio.

Todo podía intercambiarse.

Y, en aquel lugar, incluso aquello que no debería tener valor alguno podía convertirse en una fortuna.

Elías caminaba detrás de Leonard, intentando no detenerse.

Fracasaba.

Cada puesto lo hipnotizaba.

Frascos con susurros atrapados se agitaban suavemente sobre mesas de madera negra.

Espejos mostraban futuros que todavía no habían ocurrido.

Libros se escribían solos dependiendo de quién los leyera.

Pequeñas criaturas dormían dentro de jaulas de cristal, etiquetadas con nombres que Elías no reconocía.

Relojes que no medían horas, sino pérdidas.

Anillos que conservaban el último pensamiento de quienes los habían llevado.

Botellas llenas de lluvia proveniente de mundos que ya no existían.

Y máscaras.

Demasiadas máscaras.

Algunas sonreían.

Otras lloraban.

Otras parecían observarlo incluso cuando él les daba la espalda.

Elías no sabía qué era más inquietante:

que aquellas cosas existieran…

o que una parte de él supiera que algunas no eran nuevas.

Las había visto antes.

En algún lugar.

En algún momento.

O quizá…

en alguien.

Apartó rápidamente la mirada.

No quería pensar en eso.

No allí.

No todavía.

Todo lo observaba con una mezcla de respeto y miedo, como si hubiera comprendido una regla fundamental de aquella estación:

la belleza también podía ser una forma de veneno.

Una anciana vendía recuerdos embotellados.

Un hombre sin rostro ofrecía identidades.

Una criatura con seis brazos pesaba sombras sobre una balanza diminuta.

Y, en un rincón, alguien comerciaba con sueños.

Elías se quedó mirando.

No sabía por qué.

Quizá porque aquella era la primera vez que veía algo tan extraño tratado con absoluta normalidad.

Nadie parecía sorprendido.

Nadie parecía cuestionarlo.

Para aquellos seres, vender una memoria parecía tan cotidiano como para un humano vender pan.

Elías observó una pequeña botella que contenía una luz azul.

Dentro de ella...

alguien reía.

Una risa infantil.

Se quedó quieto.

Leonard continuó caminando unos pasos antes de darse cuenta de que ya no lo seguía.

Suspiró.

—No.

Elías lo miró.

—¿No qué?

—No lo toques.

—No he dicho que quisiera tocarlo.

Leonard regresó sobre sus pasos.

—Tampoco hace falta, tu cara lo dice todo.—Señaló la botella.—Ese frasco contiene una infancia.

Elías frunció el ceño.

—¿Una infancia?

—La infancia de alguien.

—¿Y por qué alguien vendería algo así?

Leonard lo observó durante unos segundos.

—Porque aqui y en cualquier mundo, todos necesitan sobrevivir.

Elías guardó silencio.

La respuesta era demasiado sencilla.

Demasiado humana.

Leonard continuó:

—Aquí puedes vender casi cualquier cosa.

—¿Incluso recuerdos?

—Especialmente recuerdos.

Elías volvió a mirar la botella.

La pequeña risa seguía resonando dentro de él.

—¿Y quién compraría una infancia ajena?

Leonard sonrió de lado.

—Alguien que haya olvidado la suya.

La respuesta cayó con una sencillez inquietante.

Elías volvió la mirada hacia el puesto que acababan de dejar atrás. El pequeño frasco seguía allí, detrás de aquel mostrador imposible, rodeada de diferentes frascos que contenían fragmentos de vidas ajenas. Algunos brillaban con una luz tenue. Otros permanecían completamente oscuros.

Leonard ya había retomado el camino.

—Ahora solo sigue caminando —advirtió, sin detenerse—. No toques nada. No aceptes nada.

—¿Por qué?

—Porque en este lugar nada se ofrece gratis.

Elías aceleró el paso para alcanzarlo.

—¿Y si solo quiero mirar?

Leonard soltó una breve risa.

—Mirar es gratis.

Hizo una pausa.

—Tocar no.

Aquella respuesta hizo que Elías guardara silencio.

Leonard retomó su rumbo, avanzando entre la multitud con una facilidad casi antinatural. Su andar era silencioso, preciso, imperceptible. Parecía deslizarse entre los seres en lugar de caminar entre ellos, desapareciendo durante un instante detrás de una criatura y reapareciendo unos metros más adelante.

Una sombra que nadie veía...

pero cuya ausencia habría sido inmediatamente percibida.

Elías tuvo que apresurarse para no perderlo.

La estación parecía no tener un centro.

Ni un principio.

Ni un final.

Los puestos se extendían hasta donde alcanzaba la mirada, formando callejones que se cruzaban entre sí como las líneas de una escritura demasiado antigua para ser descifrada.




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