Capítulo 28
El espejo del viejo baño de la estación estaba cubierto de polvo.
Pero cuando pasé frente a él, lo vi.
Por un segundo.
Un instante.
Su reflejo.
Lucía.
Detrás de mí.
Cabello suelto, mirada triste.
Como la última vez.
Como si nunca se hubiera ido.
Me giré de golpe.
Nada.
Solo el silencio.
Y el latido desbocado de mi pecho.
—Estoy perdiendo la cabeza… —murmuré, pero ni yo lo creí.
Salí de la estación sin rumbo. El viento soplaba con fuerza, como si intentara arrastrar los recuerdos lejos de mí. Pero no podía correr más. No esta vez.
Me senté en la plaza del pueblo. Todo estaba vacío, como si el lugar hubiera sido abandonado hacía años.
Saqué la foto de la estación.
Miré nuestros rostros de niñas.
Y entonces, otro recuerdo…
Uno más claro.
Uno que había bloqueado durante años.
La despedida.
—¿Te vas? —le había preguntado a Lucía, con un nudo en la garganta.
—No tengo opción. Pero prometeme algo.
—Lo que sea.
—Nunca dejes que te hagan creabrazó.
Con fuerza.
Como si no quisiera soltarme nunca.
Pero lo hizo.
Y no volví a verla.
Hasta ahora.
Hasta estos susurros.
Estos reflejos.
Estos recuerdos que ya no puedo negar.
Lucía no desapareció por accidente.
Lucía sabía lo que hacía.
Y me estaba dejando un rastro.
El problema…
Es que no soy la única siguiéndolo.
La Sombra también lo sabe.
Y ya no está tan lejos.