La atmósfera en la mansión Thorne cambió a las seis de la mañana. El silencio habitual fue reemplazado por el sonido de teléfonos encriptados y el paso pesado de los guardias. Un sabotaje en la cadena de suministros de Thorne Logistics en la costa este había dejado varados cientos de contenedores. Las pérdidas se contaban por millones cada hora.
Amelia bajó a la cocina para prepararle el desayuno a Leo cuando encontró a Alexander en el comedor, rodeado de pantallas holográficas y con una expresión que podría haber congelado el océano.
—No es un error técnico, Caleb —rugía Alexander por el intercomunicador—. Alguien hackeó el sistema de rutas. Nos están asfixiando desde adentro.
Amelia dejó el plato de frutas de Leo y, con esa calma que empezaba a irritar y fascinar a Alexander a partes iguales, se acercó a mirar las gráficas de flujo que parpadeaban en rojo.
—Están mirando el mapa equivocado, señor Thorne —dijo Amelia, sirviéndose una taza de té con una mano y señalando una anomalía en el código con la otra.
Alexander levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre. Su lobo, sin embargo, se sentó atento. —Black, ahora no es momento para lecciones de pedagogía. Mi empresa se está desangrando.
—Precisamente por eso debería escuchar —replicó ella, sin inmutarse—. Su competidor no quiere sus rutas. Quiere que sus camiones se queden quietos para que el seguro de demora se active. Es una maniobra de vaciado de liquidez. Si desvía los contenedores al puerto secundario de Newark ahora mismo, romperá el bucle del algoritmo.
Alexander frunció el ceño. —Newark no tiene capacidad de carga para nuestra flota. Es un suicidio logístico.
Amelia sonrió, una sonrisa pequeña y astuta que hizo que el corazón de Alexander diera un vuelco. —No si usa la red de almacenes de Silver-Lobo, la subsidiaria que usted compró el año pasado y que tiene olvidada. Tienen espacio de sobra y están fuera del sistema hackeado. Es un punto ciego para sus enemigos.
Hubo un silencio sepulcral. Alexander miró a Caleb, que estaba en la pantalla, y luego a Amelia. —Caleb... ¿tenemos acceso a Silver-Lobo?
—Sí, jefe. Pero nadie lo usa porque los sindicatos allí son... difíciles —respondió el Beta, impresionado.
—Los sindicatos quieren respeto y mejores turnos, no más dinero —intervino Amelia, dándole un bocado a su tostada—. Prométales un bono por eficiencia y turnos de seis horas durante esta crisis. Se moverán más rápido que sus mejores máquinas.
Alexander dio la orden de inmediato. Diez minutos después, el mapa empezó a cambiar de rojo a verde. La crisis se estaba disolviendo.
Alexander se desplomó en su silla, exhalando un suspiro de alivio. Miró a Amelia, que estaba ayudando a Leo a limpiar un poco de miel de su mejilla. —¿Cómo diablos sabe usted tanto de logística portuaria y psicología sindical?
—Leo y yo leímos anoche un libro sobre cómo las hormigas organizan sus colonias —mintió ella con una elegancia impecable—. Resulta que las hormigas y los estibadores tienen mucho en común.
Alexander soltó una carcajada ronca, la primera en años. El sonido hizo que Leo, levantara la vista y sonriera, una imagen que casi hace que el Alfa pierda su compostura.
—Humano... —ronroneó el lobo—. Es ella. No solo es nuestra pareja, es nuestra General. Mira cómo domina el campo de batalla sin despeinarse.
—Es usted una mujer muy peligrosa, Amelia Black —dijo Alexander, acercándose a ella. El espacio personal entre ambos desapareció. El aroma de ella, esa mezcla de paz y desafío, lo estaba volviendo loco.
—Solo soy peligrosa para quienes subestiman la inteligencia de una mujer de cuarenta años con un "corazón de pollo" —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
Esa tarde, para celebrar que la empresa se había salvado, Alexander decidió llevarlos al Lago de Cristal, un lugar sagrado para la manada. El agua era tan clara que se podían ver las piedras de colores en el fondo, y los árboles frutales rodeaban la orilla.
Mientras Leo jugaba a la orilla del agua, Alexander y Amelia caminaron en silencio por el sendero. —Gracias por lo de hoy —dijo él, su voz más suave de lo habitual—. Me ahorró millones... y un colapso nervioso.
—Me gusta resolver problemas, señor Thorne. Es lo que mejor se me da.
—Llámeme Alexander —pidió él, deteniéndose. La luz del atardecer se filtraba entre los árboles, haciendo que la piel de Amelia brillara. A pesar de que ella aparentaba treinta, había una profundidad en sus ojos que solo dan los años y las batallas ganadas.
—Alexander —repitió ella. Su nombre en los labios de Amelia sonó como una caricia.
El Alfa dio un paso más, acortando la distancia. Su lobo estaba a punto de tomar el control, queriendo reclamar ese aroma de paz para siempre. —A veces siento que usted no es real —susurró él, rozando con sus dedos un mechón de cabello de ella—. Siento que la Diosa Luna me está jugando una broma pesada o me está dando un regalo que no merezco.
Amelia sintió el calor de él, su fuerza sobrenatural vibrando bajo la piel. Su corazón latía con fuerza, pero su mente le advertía que tuviera cuidado. —Los regalos suelen venir con instrucciones, Alexander. Y yo soy una mujer con muchas etiquetas de "frágil" y "manejar con cuidado".