La Estratega del Alfa

Capítulo 5

El éxito de la maniobra en Newark no pasó desapercibido. En el mundo de los lobos y de las corporaciones, un movimiento tan brillante deja un rastro de envidia.

Viktor Volkov observaba la pantalla de su oficina en el centro de la ciudad. El precio de las acciones de Thorne Logistics se había recuperado en tiempo récord. Viktor era lo opuesto a Alexander: ruidoso, cruel y obsesionado con el poder.

—Nadie en la plantilla de Thorne tiene esa capacidad de improvisación —siseó Viktor a su asistente—. Caleb es un músculo con cerebro de Beta, y Alexander estaba demasiado hundido en su luto para pensar así. Hay una pieza nueva en el tablero. Búscala.

Mientras tanto, en la mansión Thorne, el ambiente era idílico. El sol se filtraba por los ventanales del salón de música, donde Amelia le enseñaba a Leo las bases del piano. No era una clase rígida; Amelia usaba colores para representar las notas, una estrategia visual que el niño adoraba.

Alexander observaba desde el umbral, con una taza de café en la mano. Su lobo estaba ronroneando, una sensación que el hombre apenas recordaba. —Mira cómo brilla —decía la bestia—. Es nuestra Luna, humano. Deja de buscarle defectos y acéptala. Además, ella ya nos aceptó.

—Lo sé —susurró Alexander para sí mismo—. Pero una mujer con esa mente no termina trabajando de institutriz por casualidad. Algo la asustó lo suficiente como para esconderse aquí.

Esa noche, Alexander tenía una gala benéfica de la industria logística. Decidió, contra toda lógica de seguridad, llevar a Amelia y a Leo. Quería ver cómo se desenvolvía ella en "su" mundo.

Amelia usó un vestido verde esmeralda sencillo que había rescatado de su antigua vida. A sus 40 años, su elegancia era natural, madura y magnética. Cuando entraron al salón, el murmullo cesó. Alexander caminaba a su lado, con una mano posesiva en su cintura, mientras Leo iba de la mano de Amelia, luciendo un pequeño traje.

—Parecen una familia —susurró Caleb, que los seguía de cerca como sombra—. Vas a causar un infarto masivo en la alta sociedad, Alex.

De pronto, una voz áspera cortó el aire. —Thorne. Veo que finalmente has reemplazado lo que perdiste.

Viktor Volkov se acercó con una sonrisa depredadora. Sus ojos se clavaron en Amelia, recorriéndola con una intensidad que hizo que el lobo de Alexander gruñera de forma audible para todos los sobrenaturales en la sala.

—Viktor —respondió Alexander, su voz bajando una octava—. Te presento a Amelia Black, la institutriz de mi hijo.

Viktor soltó una carcajada seca. —¿Institutriz? Qué desperdicio de tela. Aunque... —Viktor se inclinó hacia Amelia, olfateando descaradamente—. Hueles a algo más que a libros y niños, preciosa. Hueles a... números. A estrategia. Hueles a la persona que me hizo perder diez millones de dólares en Newark la semana pasada.

Amelia no retrocedió. Su corazón latía rápido por el instinto de peligro, pero su mente ágil tomó el control.

—Señor Volkov —dijo Amelia con una voz de seda—, si perdió dinero en Newark, quizás debería contratar a un mejor analista de riesgos. O simplemente aprender que, en logística, como en la vida, el que se queda quieto esperando el error ajeno suele ser el primero en ser arrollado por el progreso.

Los presentes contuvieron el aliento. Nadie le hablaba así al Alfa Volkov.

—Es valiente —dijo Viktor, sus ojos brillando con una luz peligrosa—. Y me resulta extrañamente familiar. Amelia Black... Ese apellido es común, pero esa mirada de "lo sé todo" me recuerda a un escándalo financiero de hace unos años en la capital. ¿No sería usted la famosa estratega que...?

Alexander dio un paso al frente, interponiendo su cuerpo masivo entre Viktor y Amelia. La tensión Alfa era tan fuerte que las copas de cristal en las mesas cercanas empezaron a vibrar.

—Cuidado con lo que terminas de decir, Viktor —advirtió Alexander—. Ella está bajo mi protección. Tocarla a ella, o a su reputación, es declararle la guerra a la manada Lobo de Plata.

En el coche de vuelta, el silencio era denso. Leo se había quedado dormido apoyado en el regazo de Amelia.

—¿Es cierto lo que él insinuaba? —preguntó Alexander, mirando por la ventana—. ¿Hay un escándalo en su pasado, Amelia?

Amelia acarició el cabello de Leo, sintiendo el peso de la mentira que la rodeaba. —Hubo una trampa, Alexander. Me culparon de algo que no hice, para salvar a los verdaderos tiburones. Perdí mi carrera, mi nombre y mi fe en la gente. Por eso estoy aquí.

Alexander se giró hacia ella. El lobo y el humano estaban, por primera vez, en total acuerdo. —No me importa lo que digan los papeles humanos. Vi cómo salvaste a mi hijo del silencio y a mi empresa del caos. Viktor Volkov ahora sabe que eres mi punto débil, pero lo que no sabe es que también eres mi mayor fuerza.

Alexander tomó la mano de Amelia y la besó con una devoción que la dejó sin aliento. —Nadie volverá a tocarte, Amelia. Ni tu nombre, ni tu corazón. Te lo juro.




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