La Estratega del Alfa

Capítulo 6

A la mañana siguiente, el paisaje era de una belleza melancólica; una niebla espesa bajaba de las montañas, abrazando los pinos y ocultando la base de la cascada. Amelia estaba en el jardín con Leo, enseñándole a identificar huellas de animales, cuando Caleb se acercó con el rostro sombrío.

—Alexander está de un humor de perros, Amelia —susurró el Beta—. Volkov ha empezado a mover hilos en la ciudad. Está husmeando en los registros de la capital. Busca tu nombre real, busca sangre.

Amelia se levantó, sacudiéndose la tierra de los jeans. A Sus años le daban una perspectiva que los lobos, llevados por el instinto, a veces olvidaban: la mejor defensa es un ataque que el enemigo no ve venir.

—Caleb, reúne a los jefes de escuadrón de la manada en el salón de guerra —dijo Amelia con una autoridad que hizo que el Beta enderezara la espalda automáticamente.

—¿El salón de guerra? Alexander no deja entrar a civiles ahí.

—No voy como civil. Voy como la mujer que no va a permitir que un matón como Volkov destruya lo que estamos construyendo aquí. Dile a Alexander que lo espero en diez minutos. Si quiere proteger la manada, tiene que dejar de usar los colmillos y empezar a usar el cerebro.

Cuando Alexander entró al búnker tecnológico bajo la mansión, se quedó petrificado. Amelia estaba frente a las pantallas táctiles, reorganizando los perímetros de seguridad digital de la manada.

—¿Qué haces aquí, Amelia? —preguntó Alexander, aunque su lobo estaba moviendo la cola, fascinado por la audacia de su pareja—. Este lugar es...

—Es un desastre estratégico, Alexander —lo interrumpió ella sin mirarlo—. Sus guardias vigilan los árboles, pero Volkov está entrando por la fibra óptica. Están usando cámaras térmicas de hace tres años. Un niño de diez años con un puntero láser podría cegar a su seguridad.

Los jefes de escuadrón, hombres enormes y curtidos, miraban a la "humana" con una mezcla de indignación y asombro.

Humano... —se rió el lobo de Alexander—. Te dije que era una general. Mira cómo los hace sentir pequeños sin siquiera levantar la voz.

—Escúchenme bien —continuó Amelia, señalando un mapa holográfico—. Volkov cree que mi pasado es mi debilidad. Vamos a darle lo que quiere, pero con nuestras condiciones. Vamos a crear un rastro de "migas de pan" digitales que lo lleven a una trampa legal. Si quiere jugar al detective, le daremos una novela de misterio que lo llevará directo a la bancarrota.

Alexander se acercó a ella, rodeándola con su aroma de bosque y tormenta. —Es peligroso, Amelia. Si él descubre que estás manipulando la información, vendrá por ti con todo su poder sobrenatural.

Amelia se giró, quedando a escasos centímetros de su pecho. Su corazón latía con fuerza por la cercanía y por lo que le hacía sentir, pero sus ojos brillaban con una inteligencia feroz. —Él tiene fuerza, Alexander. Tú tienes fuerza. Pero yo tengo la verdad y la capacidad de anticipar cada uno de sus movimientos. Confía en mí. No soy la mujer asustada que huyó de la capital. Soy la mujer que encontró una razón para pelear: tú, Leo y la manada.

Alexander no pudo evitarlo. Frente a sus hombres, frente a los monitores, tomó el rostro de Amelia entre sus manos. —¡Al fin! —aulló el lobo—. ¡Reclámala!

El beso fue un incendio. No fue suave; fue una descarga de años de soledad encontrando un puerto. Fue el reconocimiento del hombre hacia la mujer y del lobo hacia su Luna. Los guerreros de la manada desviaron la mirada con respeto y un pequeño gruñido de aprobación colectiva, sintiendo que el "vacío" de su Alfa, se cerraba finalmente.

Esa noche, Amelia estaba en su habitación cuando Alexander entró. Llevaba una carpeta en la mano. Su expresión era suave, casi vulnerable.

—He usado mis recursos —dijo él, sentándose en el borde de la cama—. He visto lo que pasó en la capital. El fraude de las cuentas de Blackwood Corp. Tú no firmaste esos documentos, Amelia. Tu firma fue falsificada por tu propio mentor.

Amelia bajó la mirada, el dolor del pasado regresando por un segundo. —Él era como un padre para mí. Me usó como el chivo expiatorio perfecto.

Alexander le tomó la mano. —Volkov intentará usar eso contra nosotros mañana en la reunión de la Cámara de Comercio. Cree que te avergüenzas de ello.

Amelia sonrió con una frialdad estratégica que le dio escalofríos de placer al Alfa. —Mañana, Alexander, Volkov va a descubrir que no hay nada más peligroso que una mujer que ya lo ha perdido todo y que ahora tiene una manada de lobos respaldando su inteligencia.

Me encanta esta mujer —susurró el lobo—. Humano, mañana vamos a divertirnos mucho viendo cómo ella destroza a esa hiena.




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