La Estratega del Alfa

Capítulo 7

La sede de la Cámara de Comercio de la ciudad era un edificio de mármol y ecos, un templo al poder humano donde los seres sobrenaturales se movían con trajes de tres piezas, ocultando sus colmillos tras sonrisas corporativas.

Amelia no bajó del coche con el aspecto de una empleada. Vestía un traje sastre de un azul medianoche tan profundo que parecía negro, el cabello recogido en un moño impecable y una mirada que no pedía permiso. A su lado, Alexander lucía como un rey guerrero moderno.

—Estás vibrando, Amelia —susurró Alexander cerca de su oído, su aroma a bosque envolviéndola—. Tu lobo... quiero decir, tu energía, es abrumadora.

—Es adrenalina, Alexander. Hace mucho tiempo que no jugaba en una liga donde las consecuencias fueran tan... satisfactorias —respondió ella con un brillo felino en los ojos.

El salón estaba lleno de los Alfas más influyentes de la región. Viktor Volkov estaba en el centro, rodeado de sus secuaces, sosteniendo una Tablet con una sonrisa de suficiencia. Al ver entrar a la pareja, se acercó de inmediato.

—Thorne. Veo que todavía traes a tu "mascota" de oficina —dijo Viktor, elevando la voz para que todos escucharan—. Es una lástima que la Cámara de Comercio tenga reglas tan estrictas sobre la integridad moral de sus miembros. He encontrado unos documentos fascinantes sobre la señorita Blackwood... perdón, la señorita Black.

El salón se quedó en silencio. Los susurros empezaron a correr como pólvora: "¿Fraude?", "¿Prófuga?", "¿Esa es la mujer que cuida al heredero Thorne?".

Alexander apretó la mandíbula, su mano buscando instintivamente el hombro de Amelia para protegerla, pero ella dio un paso al frente con una elegancia que hizo que Volkov retrocediera un centímetro.

—Señor Volkov, me impresiona su capacidad para navegar en los archivos del pasado —dijo Amelia con una voz clara y melódica—. Pero me impresiona más su falta de visión actual. Mientras usted perdía el tiempo rastreando un caso de fraude de hace cinco años que ya ha sido desestimado por falta de pruebas...

—¡Mientes! —rugió Viktor, mostrando los dientes—. Aquí tengo las transferencias firmadas por ti.

—Esas transferencias —continuó Amelia, sacando un dispositivo USB de su bolso y conectándolo a la pantalla principal del salón antes de que nadie pudiera detenerla— son las que usted acaba de comprar en el mercado negro de datos anoche a las 11:45 p.m.

En la pantalla gigante apareció una grabación de seguridad de una oficina oscura y un rastro de transacciones de criptomonedas vinculadas a la cuenta personal de Volkov.

—Lo que usted compró, señor Volkov, fue un "cebo" digital que yo misma planté hace 48 horas —explicó Amelia con una sonrisa gélida—. No solo ha admitido públicamente que espía a los empleados de la competencia, sino que acaba de financiar, con diez millones de dólares, una fundación benéfica para niños huérfanos que yo misma configuré como destino de esa "venta de datos".

El salón estalló en carcajadas ahogadas. El "Gran Lobo" Volkov había sido estafado por una humana frente a toda la élite.

¡Jajaja! —el lobo de Alexander estaba aullando de risa en su mente—. ¡Humano, mira su cara! ¡Ella le robó diez millones y lo hizo quedar como un idiota caritativo! Es un genio.

—Usted... ¡me las pagarás! —gritó Viktor, sus ojos volviéndose amarillos por la rabia acumulada.

Alexander dio un paso al frente, su presencia Alfa aplastando cualquier intento de agresión física de Volkov. —Volkov, acabas de donar una fortuna a la caridad. Deberías estar orgulloso. Ahora, lárgate de aquí antes de que decida que tu comportamiento es una amenaza para la paz de la Cámara.

De vuelta en la mansión, Amelia se desplomó en el sofá frente a la chimenea. Su corazón de pollo finalmente la alcanzó; las manos le temblaban un poco por la tensión del enfrentamiento.

Alexander se arrodilló frente a ella, quitándole los zapatos de tacón con una delicadeza que nadie creería posible en un Alfa.

—Has sido increíble, Amelia. Nadie ha humillado a Volkov de esa manera en décadas.

—Solo usé su propia arrogancia en su contra —susurró ella, cerrando los ojos—. Pero Alexander... ahora él sabe que no soy solo una empleada. Ahora soy un objetivo real.

—No —Alexander tomó su rostro, obligándola a mirarlo—. Ahora él sabe que eres la Luna de esta manada. No solo por el vínculo de la Diosa, sino por tu valor. Mañana, toda la manada jurará lealtad hacia ti.

En ese momento, Leo entró corriendo en pijama y se lanzó a los brazos de Amelia. —¡Mami Amelia! —gritó el niño, usando por primera vez esa palabra de forma clara y directa.

El tiempo se detuvo. Alexander miró a Amelia, y Amelia miró a Alexander con lágrimas en los ojos. El "vacío" ya no existía; había sido llenado por una humana de 40 años que sabía de leyes, de logística y, sobre todo, de cómo sanar un corazón roto.




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