La Estratega del Alfa

Capítulo 8

El ambiente en la mansión Thorne era de una solemnidad eléctrica. Según la tradición de la manada Lobo de Plata, cuando una Luna es reconocida, debe pasar por la "Ceremonia del Aullido Primario": tres horas de cánticos bajo la luna llena, ritos de sangre simbólicos y una cena donde solo se sirve carne apenas sellada al fuego.

Amelia estaba en la cocina, observando el "menú" de la ceremonia que Caleb le había entregado con orgullo.

—Caleb, esto es un desastre nutricional y logístico —dijo Amelia, tachando la lista con un bolígrafo rojo—. Tres horas a la intemperie a cinco grados bajo cero es una invitación formal a una neumonía colectiva. Y esta carne... ¿quién la seleccionó? El margen de desperdicio es del 15%.

—Pero Amelia... ¡es la tradición! —balbuceó el Beta, rascándose la nuca—. Los ancestros lo hacían así.

—Los ancestros no tenían acceso a un sistema de calefacción exterior ni a un catering de cinco estrellas —replicó ella con esa calma estratégica que lo desarmaba—. Vamos a hacer esto, pero a mi manera. Eficiente, elegante y con un corazón de pollo que se asegure de que nadie pase frío.

Esa noche, cuando la luna llena se alzó sobre los pinos, la manada se reunió en el claro sagrado. Pero en lugar de una fogata humeante y rocas incómodas, se encontraron con un montaje que parecía sacado de una revista de diseño rústico-moderno.

Había braseros de diseño que mantenían la temperatura perfecta, mantas de lana de alpaca para los ancianos de la manada y una iluminación LED sutil que resaltaba la belleza del bosque sin cegar a los lobos.

Alexander apareció luciendo su forma más imponente, con el torso desnudo mostrando sus cicatrices de guerra. Su lobo estaba ansioso, esperando el rito de sangre. Pero cuando vio a Amelia, se quedó sin aliento.

Ella vestía una túnica de seda blanca con detalles en plata que fluía con el viento. Se veía etérea, madura y poderosa.

El Lobo (fascinado): Mira eso... es una diosa. Huele a jazmín y a autoridad. Vamos a marcarla ahora mismo frente a todos.

El Humano (nervioso): Cálmate. Ella tiene un plan. Me hizo firmar un protocolo de "seguridad e higiene" para la ceremonia. Dice que morder el cuello en público es "poco higiénico" y "emocionalmente abrumador" para los invitados humanos.

El Lobo: ¡Me da igual la higiene! ¡Es nuestra Luna!

El Humano: Díselo a ella. Me amenazó con reducir mi presupuesto de café si no seguía el guion.

Alexander se acercó a ella en el centro del círculo. La manada entera guardó un silencio sepulcral. —Amelia Black —dijo Alexander, su voz retumbando como un trueno—, esta manada ha vivido en sombras. Tú has traído la luz, la estrategia y la paz. ¿Aceptas ser nuestra guía, nuestra Luna y mi compañera?

Amelia tomó las manos de Alexander. Sintió el calor sobrenatural de su piel y la fuerza de su lobo vibrando bajo la superficie. —Acepto —respondió ella con voz firme—. Pero con una condición: que esta manada deje de pelear solo con garras y empiece a construir un futuro donde la inteligencia sea nuestra mayor defensa.

En lugar del rito de sangre tradicional, Amelia sacó una pequeña daga de plata, pero no para herirse. Cortó una cinta de seda roja y la ató a la muñeca de Alexander y luego a la suya. —El vínculo no está en la herida, sino en la unión de nuestras voluntades —sentenció ella.

Caleb, desde un lado, susurró: —Es la primera vez que una ceremonia de Luna termina en 45 minutos. ¡Es un récord de eficiencia!

Después de los aullidos de aceptación, cuando la fiesta (ahora con comida gourmet y vino de excelente cosecha) estaba en su apogeo, Alexander llevó a Amelia hacia la cascada, lejos de la multitud.

—Has cambiado todo aquí, Amelia —dijo él, rodeándola con sus brazos. El vacío que antes habitaba en su pecho ahora latía con una vida nueva—. Mi hijo te llama mami, mi manada te respeta más que a mí, y mi empresa nunca ha sido tan rentable.

—Solo puse orden en el caos, Alexander —susurró ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Me diste un lugar donde mi inteligencia no es vista como una amenaza, sino como un regalo.

—Es más que eso —Alexander se inclinó, buscando sus labios—. Eres el regalo que no sabía que necesitaba. A tus 40 años, tienes la sabiduría para manejar mi oscuridad y el corazón para iluminar mi futuro.

El beso que selló la noche fue profundo y lleno de promesas. Pero mientras se abrazaban bajo la luz de la luna, el teléfono de Amelia vibró en su bolsillo. Un mensaje anónimo apareció en la pantalla:

"Disfruta tu corona de plata mientras dure, Amelia. El pasado nunca se borra con seda. Nos vemos pronto."

Amelia se tensó, pero no se separó de Alexander. Su mente estratégica ya estaba empezando a trazar el siguiente movimiento. El villano del pasado estaba cerca, pero ella ya no estaba sola.




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