La pantalla del teléfono de Amelia aún brillaba con la frialdad del mensaje anónimo cuando sintió la mano de Alexander en su cintura. "El pasado nunca se borra con seda. Nos vemos pronto". Amelia bloqueó el dispositivo con un movimiento seco, pero el escalofrío ya se había instalado en su columna vertebral.
—Amelia, estás fría —susurró Alexander, atrayéndola contra su pecho—. ¿Pasa algo?
Ella lo miró. Podría haberle hablado del mensaje en ese momento, pero su mente estratégica dictó otra prioridad: antes de la guerra, necesitaba asegurar la base. Necesitaba que ese "nosotros" fuera indestructible.
—Solo es el peso de la noche, Alexander —mintió ella con suavidad, aunque sus ojos brillaban con una determinación nueva—. Pero tienes razón. El verdadero vínculo no necesita testigos. Vámonos de aquí.
Cerraron la puerta de la habitación y el mundo exterior, con sus amenazas y sus deudas pendientes, quedó del otro lado del roble macizo. La atmósfera cambió en un segundo. El aire se volvió denso, cargado de un aroma a sándalo, lluvia y algo primario que Amelia, a pesar de sus años de racionalidad, no podía explicar con lógica.
Alexander la miró con una intensidad que hizo que el "sistema" de Amelia se colgara por primera vez.
—Amelia... he leído sobre esto. La conexión de los mates, la dopamina, la oxitocina... —intentó decir ella, buscando recuperar su máscara de estratega frente a la vulnerabilidad de lo que sentía.
Alexander soltó una risa ronca, acortando la distancia hasta que el calor de su cuerpo la envolvió. —Olvida los libros, Amelia. Esto no es ciencia. Es magia. Y hoy vas a descubrir que tu inteligencia no es lo único extraordinario en ti.
Cuando sus manos tocaron la cintura de Amelia, ella soltó un jadeo de reconocimiento eléctrico. No era solo tacto; era como si cada terminal nerviosa de su cuerpo se encendiera al unísono.
El Lobo (rugiendo de placer): ¡Finalmente! Siente su piel... es seda y fuego. Ella es nuestro hogar. Marca su alma antes que su cuerpo. El Humano: Es hermosa... su madurez, su aroma. Ya no hay vacío, Amelia. Solo tú.
Amelia sintió que su percepción se expandía. Podía escuchar el latido frenético del corazón de Alexander e incluso el pulso de la mansión. El beso que siguió no fue el de la gala; fue una marea de sensaciones que la dejó sin aliento. Ella, que siempre creía tener el control de los resultados, se encontró sumergida en un erotismo puro, una sincronía donde cada caricia se sentía amplificada por diez.
Él bajó el cierre de su túnica con una reverencia casi religiosa. Cuando su piel chocó con la de ella, Amelia emitió un sonido que hizo que el lobo de Alexander aullara de triunfo.
—Mírame, Amelia —susurró él, llevándola hacia las sábanas de seda—. Siente lo que eres para mí.
El momento llegó cuando la pasión alcanzó su punto de no retorno. Alexander se posicionó sobre ella, sus ojos totalmente ámbar. Amelia rodeó su cuello con los brazos, sintiendo que su corazón de pollo se transformaba, por fin, en el corazón de una loba guerrera.
—No me rompas, Alexander —pidió ella, con una vulnerabilidad que nunca había mostrado a nadie. —Te voy a reconstruir —prometió él.
Cuando Alexander hundió sus colmillos en el punto exacto donde el cuello se une al hombro, Amelia no sintió dolor. Sintió una explosión de luz blanca tras sus ojos. Una conexión dorada se instaló en su pecho, uniéndola a él y a la manada de una forma indestructible. Por un instante, vio los recuerdos de Alexander: vio cómo su dolor pasado se desvanecía, reemplazado por la imagen de ella entrando en su vida con una tablet y un plan de acción.
Horas más tarde, bajo la luz de la luna que bañaba sus cuerpos entrelazados, el silencio era absoluto. Amelia respiraba con dificultad, abrumada. Su cuerpo se sentía diferente: más vivo, imbuido de una energía que antes no existía.
Alexander besó la marca fresca en su hombro. —¿Todavía quieres optimizar esta parte de la tradición, mi Luna? —susurró con humor.
Amelia soltó una pequeña risa y lo miró a los ojos. —Me temo que, en esta área, Alexander, tu logística es... insuperable. Me rindo ante tu estrategia.
Se quedaron abrazados, pero en la oscuridad, Amelia recordó el mensaje. Ahora, gracias al vínculo, podía sentir algo más: una pequeña punzada de inquietud en la frontera de sus sentidos. El peligro olía mucho más cerca, pero ahora tenía algo que el villano no previó. Amelia Blackwood ya no solo tenía un plan; ahora tenía el poder de una Luna para ejecutarlo.