La Estratega del Alfa

Capítulo 11

El viaje a la capital no se sintió como una huida, sino como una marcha de guerra. El jet privado de Alexander cortaba las nubes mientras, en el interior, el silencio era denso. Amelia observaba por la ventanilla cómo las luces de la ciudad que la traicionó empezaban a brillar en el horizonte.

Está tensa, humano —gruñó el lobo de Alexander, inquieto—. Su aroma a paz está teñido de acero. Huele a justicia.

Alexander le tomó la mano. Amelia no lo miró, pero apretó sus dedos con fuerza. Sus 40 años pesaban hoy más que nunca; no era la joven ambiciosa que quería llegar a la cima, era la loba que regresaba a limpiar su nombre para que su hijo, Leo, nunca tuviera que bajar la cabeza.

Llegaron al edificio de Blackwood Corp., un coloso de vidrio negro que Amelia misma ayudó a diseñar estratégicamente años atrás. Entrar allí fue como caminar por un cementerio de sus propios sueños.

—Señora Black, no tiene autorización para estar aquí —dijo el guardia de seguridad, el mismo que antes le abría la puerta con una reverencia.

Alexander dio un paso al frente. Su presencia Alfa, incluso vestido con un traje de tres piezas, hizo que el guardia retrocediera tres pasos y el aire en el lobby se volviera gélido. —Ella es Amelia Thorne Black, Luna de la manada Lobo de Plata y mi esposa ante la ley de mi pueblo. Muévase antes de que decida comprar este edificio solo para demolerlo.

Subieron al último piso. Allí, en la oficina que alguna vez Amelia consideró su hogar profesional, estaba Arthur Sterling, su antiguo mentor. Un hombre de 65 años, de apariencia refinada, pero con ojos que solo veían márgenes de beneficio.

—Amelia... —dijo Arthur, levantándose con una sonrisa falsa—. Veo que has encontrado un... protector muy impresionante. ¿Vienes a pedirme que retire las nuevas pruebas de Volkov?

Amelia caminó hacia el escritorio con una calma que hizo que Arthur perdiera la sonrisa. No gritó. No lloró. Usó su inteligencia extraordinaria como un bisturí.

—No vine a pedir nada, Arthur —dijo ella, dejando una tableta sobre la mesa—. Vine a informarte. Mientras tú y Volkov celebraban su "nueva evidencia", yo me tomé la libertad de auditar las cuentas de la fundación que usaron para blanquear el dinero del fraude original.

Arthur palideció. —Eso es imposible. Esos servidores están...

—Están protegidos por una seguridad que yo misma diseñé —lo interrumpió Amelia con una sonrisa gélida—. Pero olvidaste un detalle estratégico: yo tengo acceso a las llaves maestras porque tú nunca fuiste lo suficientemente inteligente para entender cómo funcionaban. Solo sabías robar, Arthur. Yo sabía crear.

Alexander se apoyó en el marco de la puerta, observando la escena con un orgullo feroz. —¡Esa es mi hembra! —aulló el lobo—. Mira cómo lo hace temblar sin mover un solo músculo. Es más letal que nosotros, humano.

—Arthur —añadió Alexander con un tono peligrosamente bajo—, tienes cinco minutos para firmar una confesión completa y enviarla a la fiscalía. Si no lo haces, mi equipo legal —y créeme, mis abogados son mucho más agresivos que mis lobos— filtrará tu historial de búsqueda y tus cuentas en paraísos fiscales en cadena nacional.

Arthur, acorralado, empezó a escribir con manos temblorosas. Cuando terminó, Amelia tomó el papel. Su corazón sintió una punzada de tristeza al ver al hombre que admiraba reducido a nada, pero la Luna prevaleció.

—¿Por qué lo hiciste, Arthur? —preguntó ella en un susurro—. Yo te era leal.

—Eras demasiado buena, Amelia —respondió él sin mirarla—. Tu inteligencia me hacía sentir pequeño. Y en este mundo, el que es pequeño, desaparece.

Amelia guardó el papel. Se giró hacia Alexander y, por primera vez en todo el día, su aura de paz regresó. —Ya está, Alexander. El nombre de Amelia Black vuelve a estar limpio.

De vuelta en el avión, Amelia se hundió en el pecho de Alexander. El cansancio de tres años de injusticia finalmente la golpeó. —¿Estás bien? —le preguntó él, besando sus labios.

—Sí. Pero extraño a Leo. Extraño el olor a pino. Extraño mi vida de "institutriz".

—Ya no eres solo la institutriz, Amelia —dijo Alexander, mirándola con una devoción que la dejó sin aliento—. Eres la estratega que salvó su propio honor. Y ahora que el pasado está muerto, es hora de que construyamos ese futuro de "equipo de tres" que le prometiste a nuestro hijo.

Cuando aterrizaron en la mansión, Caleb los esperaba en la pista. No tenía buena cara. —Alex, Amelia... Volkov ha desaparecido de sus oficinas. Se llevó a sus mejores guerreros. No aceptó la derrota en la Cámara de Comercio ni lo que hiciste en la ciudad.

Amelia miró hacia la mansión, donde las luces de la habitación de Leo estaban encendidas. Su instinto de madre y de estratega se activó al unísono. —Él no va a atacar la empresa ni mi pasado —dijo Amelia, su voz volviéndose puro acero—. Va a atacar lo único que sabe que nos importa más que la vida misma.

¡Leo! —el lobo y Alexander rugieron al mismo tiempo.

Amelia tomó el mando de inmediato. —Caleb, activa el protocolo de "muro de cristal". Alexander, transforma a la manada. No vamos a esperar a que llegue. Vamos a convertir este bosque en su tumba.




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