La Estratega del Alfa

Capítulo 12

La noche en la mansión Thorne se volvió gélida, pero no por el clima, sino por la intención. Mientras Alexander y sus guerreros se transformaban en el patio, el sonido de huesos crujiendo y pelaje brotando llenaba el aire. Eran bestias de guerra, imponentes y letales.

Sin embargo, en el centro de mando, Amelia Black estaba frente a las pantallas, con Leo sentado en una silla alta a su lado. El niño no tenía miedo; miraba a Amelia como si ella fuera una superheroína de la vida real.

—Escúchame, Leo —dijo Amelia, ajustando su auricular—. Papá y los tíos van a jugar a las escondidas en el bosque. Nosotros somos los directores de la película. ¿Ves esos puntos rojos en el mapa? Son los "malos". Tu trabajo es avisarme si alguno se mueve hacia la zona de los juegos.

—Entendido, mami Amelia —respondió el niño, su pequeña mano firme sobre la consola.

Amelia activó el micrófono vinculado a los comunicadores de la manada. Su voz, serena y autoritaria, resonó en los oídos de cada lobo.

—Alexander, Caleb... Volkov está usando una formación en cuña. Cree que va a entrar por el frente. Error de principiante. Caleb, lleva al escuadrón B a la quebrada del sur. Alexander, tú quédate en el claro principal. Vamos a usar el "Protocolo Espejo".

El Lobo de Alexander (excitado): ¿Escuchaste eso? Nos está dando coordenadas de caza. ¡Es una diosa de la guerra!

Alexander: Confío en ella más que en mis propios ojos. ¡Muévanse!

A través de las cámaras térmicas, Amelia veía cómo los guerreros de Volkov caían en las trampas que ella había diseñado. No eran solo fosas; eran sensores de sonido que emitían frecuencias molestas para el oído sensible de los lobos rivales, desorientándolos.

—Señor Volkov —susurró Amelia, viendo una figura masiva avanzar por el sendero este—, espero que su seguro de vida esté al día. Sus hombres están corriendo en círculos como cachorros asustados.

¡Jajaja! —Caleb se escuchó por la radio mientras derribaba a un rival—. ¡Amelia, el tipo de la izquierda acaba de caer en el lodo! ¡Esto es más divertido que una pelea real!

—Menos risas y más cobertura, Caleb —respondió Amelia con una sonrisa de tiburón—. El objetivo principal está a 200 metros de la posición de Alexander.

Volkov emergió en el claro, transformado en un lobo negro enorme y sarnoso. Se encontró de frente con Alexander, cuya forma era el doble de imponente, bañada por la luz de la luna.

Pero antes de que pudieran saltar el uno sobre el otro, las luces del estadio que Amelia había instalado en los árboles se encendieron de golpe, cegando a Volkov.

—¡Ahora, Alexander! —ordenó Amelia desde el centro de mando.

Fue una batalla corta pero brutal. Alexander, guiado por las instrucciones precisas de Amelia sobre los puntos débiles de la postura de Volkov, lo sometió en cuestión de minutos. El Alfa rival quedó inmovilizado bajo las garras de Alexander, derrotado no solo físicamente, sino estratégicamente.

Cuando el peligro pasó, Alexander regresó a su forma humana, cubriéndose con una manta que Caleb le entregó. Caminó directo hacia el centro de mando. Amelia salió a su encuentro en el pasillo.

Alexander la levantó en vilo, dándole un beso cargado de adrenalina, sudor y un amor infinito.

—Lo logramos —susurró él—. Estuviste increíble. Ninguna Luna en la historia de los cambia formas ha dirigido una batalla así.

—A mis años, Alexander, he aprendido que no gana el que tiene los colmillos más largos, sino el que sabe dónde va a poner el pie el enemigo antes de que él lo sepa —respondió ella, recuperando su aura de paz.

Leo corrió hacia ellos y Alexander lo tomó en el otro brazo. Estaban los tres juntos, bajo la luz de la luna, en una mansión que finalmente era un hogar.

La mañana siguiente nació con un sol radiante. La manada estaba celebrando, pero no con aullidos de guerra, sino con una barbacoa organizada por Amelia (con niveles óptimos de eficiencia, por supuesto).

—¿Sabes qué es lo más sorprendente? —dijo Alexander, abrazando a Amelia mientras veían a Leo jugar con los cachorros de la manada.

—¿Que Volkov está ahora mismo en una celda de alta seguridad diseñada por mí? —bromeó ella.

—No. Que después de todo lo que pasamos, el "vacío" que sentía se ha llenado tanto que tengo miedo de estallar de felicidad.

Amelia le dio un beso suave. Su corazón de pollo estaba en paz, y su mente estratégica ya estaba planeando las vacaciones familiares.

—Es lo que pasa cuando dejas que una estratega de 40 años se encargue de tu logística emocional, Alexander Thorne.




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