La mansión Thorne enfrentaba su mayor desafío estratégico hasta la fecha: el primer domingo de barbacoa oficial bajo el mando de la Luna Amelia. Caleb estaba frente a la parrilla, con el torso desnudo y las pinzas en la mano, a punto de lanzar un trozo de carne al fuego, cuando un silbato metálico rasgó el aire.
—¡Detente, Beta! —ordenó Amelia, apareciendo con una tablet y un delantal que decía: "Keep Calm and let the Strategist handle it".
—Pero Amelia... es solo carne... —balbuceó Caleb.
—Es una transferencia de calor ineficiente, Caleb. Según mis cálculos, la distribución del carbón tiene un margen de error del 22%. He instalado termómetros láser en cada sección de la parrilla. Cuando la luz se ponga verde, giras. Ni un segundo ante, ni un segundo después.
Alexander, escondido tras un periódico en una tumbona, reía en silencio mientras su lobo gruñía por el exceso de tecnología en una actividad tan "primitiva". Sin embargo, tras la comida (que resultó ser la más jugosa en la historia de la manada), Alexander se acercó a ella.
—Necesitas un descanso de verdad, mi estratega —le dijo mientras Leo jugaba con los cachorros—. Dimitri, un viejo Alfa de Transilvania de una manada ancestral y gran amigo de años de entrenamiento, nos ha invitado a sus montañas. Aire puro, castillos antiguos y ni una sola hoja de cálculo en kilómetros. Será relajante.
Amelia lo miró por encima de sus gafas de lectura, con su mente estratégica ya analizando el plan de vuelo. —Alexander, la última vez que dijiste "relajante", terminamos en una batalla campal en el puerto. He empacado tres tipos de verbena, estacas de fresno plateado y un software de rastreo térmico por si acaso.
—Exagerada —gruñó el lobo de Alexander, aunque en el fondo estaba orgulloso de su previsión—. Pero me gusta que sea precavida. Los chupasangres de esa zona son molestos.
🐾🏰
El viaje a las montañas de Transilvania no se sintió como un descanso, sino como una marcha de guerra. Al aterrizar, el paisaje era digno de una novela gótica: picos afilados y bosques de un verde oscuro casi negro. Pero en lugar de una bienvenida con vino, fueron recibidos por el sonido de una explosión en la ladera de la montaña.
Dimitri, un hombre con cicatrices que hablaban de siglos de guerra, corrió hacia ellos. —¡Alexander! Llegas en el peor momento. Los clanes de vampiros del Este han roto el tratado. Están atacando nuestros suministros y usando tácticas de guerrilla. Mi manada está agotada, no sabemos por dónde vendrán mañana.
Alexander se tensó, sus ojos volviéndose ámbar al instante. —¿Vampiros? Pensé que estaban controlados.
—Han evolucionado, amigo. Tienen tecnología de sigilo. No podemos olerlos hasta que los tenemos encima.
Amelia bajó del coche, acomodándose el abrigo con una elegancia impecable. Observó el caos de la manada de Dimitri: lobos corriendo de un lado a otro sin orden, defensas de madera medievales y una falta total de vigilancia perimetral moderna.
Su corazón se compadeció de los cachorros que lloraban en el refugio, pero su mente analítica se puso en modo "Auditoría de Guerra".
—Dimitri, mucho gusto —dijo Amelia, interrumpiendo el abrazo de los dos Alfas—. Soy Amelia Thorne Black. Alexander, deja de gruñirle al bosque. Dimitri, tu campamento es un desastre logístico. Estás concentrando el 80% de tus fuerzas en la puerta principal, mientras que los vampiros, que por definición pueden escalar paredes de noventa metros, tienen el flanco norte totalmente abierto.
Dimitri se quedó boquiabierto, mirando a Alexander. —¿Quién es esta humana tan... directa?
—Es mi Luna —respondió Alexander con un orgullo feroz—. Y si fuera tú, empezaría a anotar lo que dice. Ella salvó mi empresa y mi manada en una semana.
Esa noche, durante la cena en el gran salón del castillo, Dimitri intentaba impresionar a Alexander con historias de sus glorias pasadas. Alexander, sin embargo, estaba más interesado en cómo un guerrero de la manada de Dimitri miraba a Amelia con demasiada curiosidad.
—Si ese lobo vuelve a oler su cuello, le arranco la cabeza —rugió el lobo de Alexander. —Céntrate, humano —replicó Alexander mentalmente—. Amelia está analizando los mapas de calor.
De pronto, un cristal estalló. Una sombra pálida y veloz entró por el ventanal superior, moviéndose como un rayo de luz plateada. Los lobos saltaron de sus sillas, transformándose en el aire, pero el vampiro era demasiado rápido.
Sin embargo, antes de que el chupasangre pudiera tocar a Leo, se escuchó un pitido electrónico agudo. El vampiro se detuvo en seco, gritando y cubriéndose los oídos, retorciéndose de dolor.
Amelia bajó la mano de su teléfono móvil. —Frecuencia ultrasónica modulada a 25 kHz —dijo ella, con una calma que asustó incluso a Dimitri—. Los vampiros tienen el oído un 40% más sensible que los lobos en ciertas bandas. Es un repelente básico, caballeros. ¿Podrían terminar con él ahora que está aturdido?
Alexander no perdió un segundo. Saltó sobre el invasor y terminó la pelea con un movimiento rápido y letal.
Cuando el silencio regresó, Amelia se limpió una mancha de vino de la manga. —Dimitri, mañana a las siete de la mañana quiero a tus mejores rastreadores en la sala de mapas. Vamos a dejar de pelear como animales y vamos a empezar a cazar como una corporación de élite.