La Estratega del Alfa

Capítulo 14

Mientras Alexander y Dimitri afilaban sus garras y discutían cuántos guerreros enviar al frente, Amelia estaba en la biblioteca del castillo, rodeada de mapas de suministro de sangre y registros de tierras antiguos. Su mente extraordinaria había detectado un patrón: los ataques de los vampiros no eran aleatorios, eran desesperados. Estaban atacando granjas de ganado y almacenes médicos.

—No están buscando una guerra, Alexander —dijo Amelia, entrando en el salón de guerra donde los dos Alfas gruñían frente a un mapa de piel—. Están buscando comida.

Dimitri soltó una carcajada ronca. —Son parásitos, Amelia. Siempre quieren sangre.

—No, Dimitri. Según los informes de exportación que intercepté esta mañana, la corporación humana que compró las tierras bajas ha contaminado el suministro de sangre sintética que los clanes usaban para mantener la paz —Amelia cruzó los brazos, su mirada llena de una autoridad indiscutible—. Están muriendo de hambre. Y un depredador hambriento es un suicida peligroso.

Contra las protestas de Alexander ("¡Es un suicidio!", "¡Su lobo me va a matar si te pasa algo!"), Amelia insistió en una reunión con el Rey Vampiro, Valerius.

Llegaron a una catedral en ruinas, envuelta en una niebla que parecía tener vida propia. Alexander caminaba un paso por delante de Amelia, con cada músculo de su espalda tensado y su lobo aullando advertencias.

Huelen a muerte, humano... huelen a polvo y hambre —decía la bestia—. Si uno se acerca a ella, lo desintegramos.

De las sombras emergió Valerius. A pesar de su estado, era un hombre de una belleza inquietante y aristocrática; facciones talladas en mármol, pómulos altos y unos ojos de un rojo desvaído que alguna vez debieron arder como brasas. Sin embargo, su elegancia estaba marchita: su piel tenía la palidez del papel viejo y sus ropas de seda colgaban de un cuerpo peligrosamente delgado. —Thorne —siseó Valerius—. Has traído un bocadillo a mi mesa. Qué generoso.

Amelia dio un paso al frente, apartando suavemente el brazo protector de Alexander. La mirada de Valerius se clavó en ella. De pronto, el Rey Vampiro se tensó, dilatando sus fosas nasales.

Un aroma extraño emanaba de Amelia. No era simplemente el olor dulce de la sangre humana, ni el rastro de pino y tormenta de la manada de Alexander. Era algo más profundo, una nota de vida pura, antigua y vibrante que Valerius no podía descifrar, pero que hacía que sus colmillos vibraran con una necesidad que no era solo hambre. Era como si ella fuera un sol en medio de su invierno eterno.

—¿Qué... qué eres tú? —susurró Valerius, dando un paso involuntario hacia ella, ignorando por completo el gruñido ensordecedor que brotó del pecho de Alexander.

Amelia no retrocedió. Mantuvo su aura de paz inalterable.

—Señor Valerius, ahórrese el melodrama gótico. He revisado sus libros de contabilidad y su tasa de mortalidad por inanición es del 20% mensual. Vine aquí porque mi hijo de seis años tiene mejores tácticas de supervivencia que ustedes ahora mismo.

Valerius se quedó helado. Nadie, en mil años, le había hablado con ese tono de reprimenda de madre mientras emanaba un olor que lo tentaba a arrodillarse.

—Soy la mujer que va a solucionar su problema de suministro si usted ordena a sus clanes que dejen de morder a los lobos de mi amigo —respondió Amelia, sacando su tablet—. He negociado con un laboratorio en Suiza mientras veníamos en el coche. A cambio de los derechos mineros de sus montañas —que ustedes no usan porque, bueno, están muertos—, ellos les proporcionarán sangre purificada de grado médico de forma indefinida.

Alexander miraba a Amelia con una mezcla de terror y adoración absoluta. —¡Es un genio! —se reía el lobo—. ¡Les está vendiendo piedras a cambio de comida! Los vampiros se van a volver vegetarianos corporativos por culpa de ella.

Valerius miró los gráficos en la pantalla. La chispa de la esperanza brilló en sus ojos rojos, pero su mirada volvía una y otra vez a Amelia, intrigado por ese aroma que desafiaba su naturaleza.

—Acepto el trato —dijo Valerius, su voz recuperando algo de su antigua fuerza—. Pero dime, mortal... ¿por qué nos ayudarías?

Amelia suspiró, su corazón noble asomando tras su máscara de acero. —Porque tengo un hijo que merece crecer en un mundo donde no tenga que pelear con sus vecinos por algo tan básico como el sustento. Y porque mi marido se pone muy irritable cuando tiene que lavar sangre de sus camisas favoritas.

Alexander soltó una risotada, relajando finalmente la postura. Se acercó a Amelia y le rodeó la cintura, reclamándola frente al Rey de las Sombras. —Ella es mi Luna, Valerius. Y como ves, su mente es mucho más afilada que mis colmillos. Acepta el trato o sigue muriendo de hambre; la elección es logística, no de honor.

Esa noche, en el castillo de Dimitri, la tensión se había disuelto. Los vampiros y los lobos no eran amigos, pero había una tregua armada basada en el beneficio mutuo.

Dimitri levantó una copa de vino hacia Amelia. —Has evitado una masacre, Amelia Thorne. Los lobos te debemos la vida, y los vampiros... bueno, ellos te deben la eternidad.

Amelia brindó con ellos, pero sus ojos buscaron a Alexander. Él la llevó hacia el balcón, donde la luna de Transilvania brillaba con una luz espectral.




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