La Estratega del Alfa

Capítulo 15

El regreso de Transilvania trajo una paz inusual a la mansión Thorne. Los vampiros estaban ocupados con su nuevo suministro de sangre sintética —cortesía de la magistral negociación de Amelia— y la manada Lobo de Plata disfrutaba de una tregua histórica que les permitía, por primera vez en años, bajar la guardia.

Alexander estaba en su despacho, rodeado de informes financieros, pero su mente no estaba en los números. Notó un silencio sospechoso en la casa. No era el silencio gélido y tenso de antes de la llegada de Amelia, sino un silencio de concentración absoluta, casi vibrante.

—Humano... el cachorro está tramando algo —susurró el lobo en su mente, moviendo la cola con una diversión impropia de un depredador—. Su aroma huele a tiza, a jugos de fruta y a una travesura estratégica de alto nivel.

Alexander bajó las escaleras con paso silencioso, siguiendo el rastro de su hijo. Se detuvo en el umbral del cuarto de juegos de Leo, conteniendo la respiración para no interrumpir lo que parecía ser una ceremonia sagrada.

El cuarto había sido transformado por completo. Leo había cubierto la alfombra con cartulinas unidas con cinta adhesiva, creando un mapa tosco pero detallado del jardín y la planta baja de la mansión. Usaba sus legos de colores como marcadores de tropas y pequeños soldados de plástico para vigilar las "fronteras".

Frente a él, sentados en un semicírculo con expresiones de absoluta seriedad, estaban Caleb (el Beta), dos guerreros de élite de la manada cuyos rostros curtidos por mil batallas contrastaban con los juguetes, y Amelia. Ella observaba la escena apoyada en la pared, con una sonrisa de orgullo que iluminaba su rostro; sus ojos brillaban con esa chispa de "maestra de ajedrez" al ver a su pequeño aprendiz.

Leo vestía una de las camisas viejas de Alexander, que le quedaba como una túnica real, y sostenía un puntero láser de juguete con la precisión de un general.

—Escuchen, tíos —dijo Leo, imitando el tono sereno y autoritario de Amelia—. El objetivo es el tarro de galletas de la cocina. Las omegas lo custodian a las 4:00 p.m. para la merienda. Es un objetivo de alto valor logístico y el tiempo de extracción es limitado.

Caleb levantó la mano, haciendo un esfuerzo heroico por no estallar en carcajadas. —General Leo, ¿cuál es el plan de infiltración? Esas omegas tienen oído de lobo... bueno, técnicamente, son lobos.

Leo señaló con el láser un punto rojo en el mapa. —Usaremos el "Protocolo Distracción con Ternura". El escuadrón A —dos cachorros de la manada que esperaban ansiosos en la puerta— entrará por el flanco izquierdo y empezará a aullar bajito, como si tuvieran pesadillas. Mami Amelia dice que el corazón de pollo de las omegas es su mayor debilidad. Ellas abandonarán sus puestos de guardia para darles mimos.

Amelia soltó una carcajada ahogada, cruzando los brazos sobre el pecho. —Esa es mi lógica, pequeño. Conoce a tu adversario y usa su empatía a tu favor.

—Mientras ellas están distraídas —continuó Leo, moviendo un bloque de lego rojo hacia la cocina—, yo entraré por el conducto de ventilación. Mami me enseñó que el aire siempre es un punto ciego en la seguridad antigua. Tomaré el objetivo y nos retiraremos al punto de encuentro en la casa del árbol para la distribución del botín.

Alexander no pudo contenerse más y entró en la habitación, haciendo que los guerreros se pusieran de pie por instinto. —Me parece una estrategia brillante, General Leo. Pero su inteligencia ha fallado en un detalle crucial.

Leo se giró, cuadrándose ante su padre con una dignidad que hizo que el corazón de Alexander se apretara. —¿Cuál, Alfa Papá?

—Que el Alfa Principal —dijo Alexander, agachándose para quedar a su altura— tiene un radar especial para detectar planes que involucran chocolate antes de la cena. Y que exige un tributo del 50% del botín por no alertar a las omegas del inminente asalto.

Leo miró a Amelia, buscando una salida legal. Ella arqueó una ceja, disfrutando del debate. —Negocia, Leo. Un 50% es un impuesto revolucionario que arruinaría tu margen de beneficio. Ofrécele el 20% y acceso exclusivo a tu colección de legos raros durante una hora. Haz que sienta que él también gana.

Leo asintió solemnemente y miró a su padre a los ojos. —Veinte por ciento de las galletas y una hora de legos raros. Es mi última oferta, Alfa Papá. Tómalo o lidia con una huelga de abrazos indefinida.

Alexander soltó una carcajada ronca que llenó toda la habitación, levantando a su hijo en brazos y haciéndolo girar. —Trato hecho, pequeño estratega. Tienes la mente de tu madre y, afortunadamente, su sentido del humor.

Caleb y los guerreros se levantaron, inclinando la cabeza ante Leo con un respeto que ya no era juego. Veían en el niño la fusión perfecta: la fuerza bruta de los Thorne y la inteligencia analítica de los Black. El futuro de la manada ya no dependía solo de los colmillos.

Amelia se acercó a Alexander y le dio un beso suave, dejando que su aroma de paz —ese regalo divino que envolvía la casa— calmara los instintos guerreros del Alfa.

—Estás creando un monstruo, Amelia —susurró Alexander contra su oído, aspirando su fragancia—. Un monstruo adorable que va a dirigir esta manada antes de cumplir los diez años.

—Solo le estoy enseñando a optimizar sus recursos, Alexander —respondió ella con una sonrisa llena de paz—. La fuerza bruta está sobrevalorada. El futuro pertenece a los que saben negociar por galletas... y por la paz.




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