La Estratega del Alfa

Capítulo 16

La "Operación Galleta" había sido un éxito rotundo, aunque Alexander todavía sospechaba que Leo le había dado las galletas que tenían menos chispas de chocolate. Sin embargo, la paz en la mansión Thorne se vio interrumpida por un paquete que llegó por correo privado, sellado con cera roja y un aroma que hizo que Alexander se transformara a medias antes de que el repartidor terminara de pedir la firma.

—Es de Transilvania —gruñó Alexander, dejando el paquete sobre la mesa de la cocina como si fuera una bomba—. Huele a... a él.

Amelia, que estaba terminando su café, se acercó con curiosidad. Al abrir la caja, encontró un broche de plata antigua en forma de fénix, con un rubí tan profundo que parecía contener fuego. Junto a él, una nota con caligrafía perfecta: "Para la mujer que me recordó que la eternidad requiere una buena administración. Un pequeño tributo a su aroma de paz. —V."

—¡Tributo! —rugió el lobo de Alexander mentalmente—. ¡Ese chupasangre le envió una joya que vale más que mi flota de coches! Amelia, devuélvelo. Es un soborno... o una declaración de algo.

Amelia examinó la joya con ojo clínico. —Alexander, es una pieza del siglo XVIII con un valor histórico incalculable. Desde el punto de vista contable, rechazarlo sería una negligencia patrimonial. Además —añadió con una chispa de malicia en los ojos—, combina perfectamente con mi abrigo gris.

—¡No vas a usar eso! —Alexander la rodeó por la cintura, hundiendo el rostro en su cuello para borrar el rastro del aroma de Valerius que parecía flotar en el aire—. Tu aroma es mío, Amelia. No de un rey que se está desmoronando en una catedral.

—Cariño, si te pones así de territorial cada vez que cierro un contrato favorable, vamos a necesitar ampliar el presupuesto en terapia de pareja —bromeó ella, aunque le acarició el cabello con ternura—. Valerius solo tiene curiosidad intelectual. Y hambre, mucha hambre de gestión eficiente.

Las risas se cortaron cuando el reloj inteligente de Amelia emitió un pitido de alta prioridad. Era una alerta de su cortafuegos personal.

—Hablando de hambre... —murmuró Amelia, cambiando instantáneamente su expresión a "Modo Auditoría de Guerra"—. Los humanos han mordido el anzuelo.

Subieron al despacho, donde la pantalla principal mostraba el correo electrónico interceptado: "Auditoría de Intereses: El contrato suizo ha sido detectado".

—"Corporación Aegis" —leyó Amelia, tecleando a una velocidad que Alexander apenas podía seguir—. Son los mismos que contaminaron la sangre. Parece que mi movimiento en Suiza les ha costado unos cincuenta millones de dólares en pérdidas proyectadas para el próximo trimestre. No están felices.

—¿Qué dice el mensaje? —preguntó Alexander, recuperando su seriedad de Alfa, sus ojos volviéndose ámbar.

—Es una amenaza envuelta en lenguaje corporativo —explicó Amelia con una sonrisa de suficiencia—. Dicen que mi "interferencia en los mercados locales" ha creado un "desequilibrio que requiere una corrección presencial". Traducido al humano común: van a enviar a alguien para intentar intimidarme o comprarnos.

Alexander golpeó la mesa con el puño. —Que vengan. Mi manada los destrozará antes de que crucen el perímetro.

—No, Alexander —lo interrumpió Amelia, ajustándose las gafas—. No vamos a usar garras. Aegis es una empresa pública. Si los matas en nuestro jardín, las acciones bajan y atraemos al FBI. Si los auditamos hasta que sus secretos más sucios salgan a la luz, los destruimos para siempre.

Alexander la miró, fascinado. —A veces olvido que eres más letal con una hoja de cálculo que yo con mis colmillos.

—Es una cuestión de ROI, cariño: Retorno sobre la Inversión de venganza —respondió ella—. Caleb, convoca a los analistas. Vamos a preparar una bienvenida para Aegis que les hará desear haber seguido peleando con vampiros hambrientos.

En ese momento, Leo entró en el despacho con su puntero láser. —Mami, ¿estamos en guerra otra vez? ¿Necesito el escuadrón de los cachorros?

Amelia lo levantó y lo sentó frente a una pantalla secundaria. —No, General Leo. Esta vez vamos a hacer algo mucho más divertido. Vamos a hackear un imperio.

Alexander observó a su familia, sintiendo una mezcla de orgullo y terror por lo que Amelia estaba criando. —Definitivamente —susurró el lobo—, somos la manada más peligrosa de la historia. Y todo gracias a una humana con un plan.

El lunes por la mañana, la entrada de la mansión Thorne no estaba custodiada por lobos en forma humana, sino por algo mucho más intimidante: un silencio absoluto y una conexión de fibra óptica de grado militar.

Amelia estaba en su despacho, vistiendo un traje sastre impecable. El broche de fénix de Valerius brillaba en su solapa, lanzando destellos rojizos cada vez que ella se movía. Alexander, sentado en el borde de su escritorio, no dejaba de mirar la joya con una mezcla de celos y respeto.

—Mami, el gráfico rojo se está cayendo —observó Leo, sentado en una silla giratoria demasiado grande para él, mientras miraba las pantallas de monitoreo.

—Eso se llama "gravedad financiera", pequeño —respondió Amelia sin apartar la vista de las líneas de código—. Cuando mientes sobre contaminar suministros vitales y una auditora te descubre, el mercado suele ponerse muy temperamental.




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