La Estratega del Alfa

Capítulo 17

El claro sagrado de la manada Thorne ya no era solo un lugar de ritos; bajo la dirección de Amelia, se había convertido en un centro de convenciones de alta seguridad al aire libre. Antorchas de fuego azul (que no emitían humo molesto) flanqueaban el camino, y mesas de roble pulido esperaban a los líderes más poderosos del continente.

Alexander caminaba junto a Amelia, luciendo su capa de Alfa con orgullo. —Estás nerviosa, mi Luna —susurró él, notando que ella ajustaba su tablet por décima vez—. Tu corazón late como un tambor.

—No es nerviosismo, Alexander, es análisis de riesgo —respondió Amelia, impecable en un vestido de seda gris humo—. Tenemos a doce Alfas con egos del tamaño de montañas, tres de ellos tienen disputas territoriales activas y uno, el Alfa Silas del Norte, cree que las mujeres no deberían hablar en los consejos.

Déjame a Silas a mí —gruñó el lobo de Alexander—. Le enseñaré que tu voz es la ley en estas tierras.

Los Alfas llegaron con sus escoltas. Era una visión imponente: hombres y mujeres de hombros anchos, ojos brillantes y un aura de poder depredador. Dimitri, el fiel aliado de Transilvania, fue el primero en romper el hielo. Se acercó a Amelia y, ante la mirada atónita de los demás, le entregó un sobre lacrado con el sello de la realeza vampírica.

—Amelia, un viejo amigo me pidió que te entregara esto —dijo Dimitri con una sonrisa astuta—. Si ella pudo domar a los vampiros de mi tierra, puede domar cualquier cosa —anunció a la concurrencia, validando su autoridad frente a los escépticos.

Amelia abrió el sobre. Era una nota de Valerius, el Rey Vampiro. La caligrafía era antigua y elegante:

"El equilibrio del mundo no reside en quién muerde más fuerte, sino en quién posee la visión de conjunto. Los clanes de la noche bajo mi mando respetarán su Holding, señora Black. Usted es el aroma de paz que este siglo necesita. — V."

—Presentemos a los accionistas, Alexander —susurró Amelia mientras los líderes tomaban asiento.

A la derecha de Silas estaba la Alfa Runa de las Llanuras, una mujer de piel curtida y ojos color ámbar que no dejaba de jugar con un cuchillo de hueso. Ella controlaba las rutas de suministro del este. A su lado, el Alfa Kael del Clan de la Niebla, un hombre joven, de aspecto intelectual, pero con una reputación de ser el asesino más silencioso del continente. Y finalmente, el Alfa Magnus de las Montañas de Hierro, un gigante cuya sola respiración sonaba como un desprendimiento de rocas.

pero pronto, el Alfa Silas, un hombre con barba de hacha y cicatrices en los ojos, golpeó la mesa.

—¡Basta de cortesías! —rugió—. Mis fronteras están siendo cruzadas por humanos con drones. El crecimiento de las ciudades nos está asfixiando. Thorne, tu manada prospera porque te has vuelto un "hombre de negocios", pero nosotros estamos perdiendo nuestra esencia salvaje. La seguridad de la Diosa Luna está en peligro.

Amelia se levantó lentamente. El silencio cayó sobre el claro. Su mente extraordinaria ya había procesado los datos de las fronteras de Silas antes de que él terminara de hablar.

—Alfa Silas —dijo ella con una voz de seda que cortó el aire—, usted no está perdiendo su esencia salvaje. Está perdiendo su territorio porque sigue enviando patrullas a pie contra satélites de alta resolución, su última solución de "guerrero" le costó a su manada tres cachorros el mes pasado debido a un ataque de drones que usted ni siquiera vio venir. ¿Quiere seguir siendo un mártir tradicionalista o quiere que sus nietos tengan un bosque donde correr? Su "seguridad" es un colador logístico.

—¿Qué sabe una humana de nuestras fronteras? —escupió Silas.

—Sé que si integra el sistema de encriptación que diseñamos para la manada Thorne —continuó Amelia, activando un mapa holográfico sobre la mesa—, sus bosques desaparecerán de los radares térmicos humanos en 24 horas. El crecimiento no es el enemigo, Silas; lo es la falta de adaptación.

La Alfa Runa de las Llanuras clavó su cuchillo en la mesa, interesada. —La mujer tiene razón. Mis llanuras son campo abierto para sus radares. Si este "Holding" nos da invisibilidad legal, las Llanuras firman.

El Alfa Kael del Clan de la Niebla, el más calculador de todos, —¿Y por qué confiar en una humana? —¿Y qué nos asegura que no usarás esos datos para invadirnos, Thorne? —preguntó el Alfa Kael, con una voz suave que escondía una amenaza letal.

Alexander se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con fuego Alfa. —Mi Luna no necesita vuestras tierras. Ella ya tiene la mía, y creedme, gestionar a mi manada es un dolor de cabeza mayor que todas vuestras fronteras juntas. Si ella dice que es para protección, es para protección.

—Porque —intervino Dimitri, cruzando los brazos— los vampiros ya hemos firmado. Y porque, a diferencia de nosotros, ella quiere que sigamos existiendo para que el sistema no colapse. Es lógica pura, Kael.

Magnus de las Montañas soltó un gruñido profundo que retumbó en el suelo. —Yo no entiendo de satélites. Pero entiendo de hambre. La Coalición está bloqueando los camiones de suministros médicos hacia mis montañas. Si este "Tratado Blackwood-Thorne" pone penicilina en mis puestos de guardia, mi clan firmará.

En ese momento, Leo apareció caminando entre los Alfas con una bandeja de "informes de viabilidad" que él mismo había ayudado a grapar. Se detuvo frente al Alfa Kael.




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