La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Thorne, una sinfonía metálica que ocultaba el avance de la muerte. Dentro, el ambiente era una olla a presión. Amelia estaba en el centro de mando, sus dedos volando sobre el teclado, terminando de redactar la OPA que desmantelaría a Human-First Tech. Pero su instinto, afilado por años de análisis de crisis, le gritaba que el silencio de Marcus Sterling era un preludio al desastre.
—Alexander, los sensores perimetrales han detectado una anomalía —dijo Amelia, su voz firme mientras una alerta roja teñía su rostro—. No es solo tecnología. Es un pulso electromagnético de saturación. Mi firewall está... ardiendo.
Alexander entró en la sala, ya a medio transformar, con los ojos brillando en un ámbar letal. —Huelo a azufre, aceite de armas y algo peor... huelo a desesperación. Marcus ha enviado mercenarios.
Marcus Sterling no era un guerrero, pero tenía el dinero para comprar el fin del mundo. Había contratado a una unidad de "Limpieza Biológica": humanos mejorados con exoesqueletos diseñados para resistir la fuerza de un Alfa, armados con dardos de plata líquida y rifles de asalto de calibre pesado.
—¡Caleb, posición Delta! —ordenó Amelia—. Alexander, no salgas. Quieren que te expongas. ¡Es una trampa de saturación!
Alexander saltó desde el balcón del segundo piso, una masa de pelaje gris y poder ancestral. El primer mercenario ni siquiera lo vio venir. Los exoesqueletos eran fuertes, pero no estaban diseñados para la furia de un Alfa, que protegía a su pareja y a su hijo.
Pero afuera, el caos era total. Los mercenarios no solo atacaban la mansión; estaban ejecutando un ataque coordinado contra las viviendas de la manada.
—¡Protejan a los cachorros! —aullaba la Beta Sarah, liderando a un grupo de guerreros lobo que formaron un muro de carne y piel alrededor de la guardería de la manada, desviando balas y destrozando drones de asalto con sus garras—. ¡No dejen que pasen!
En otra zona, el anciano Elian, un lobo que ya no podía transformarse, organizaba a los curanderos y a los no combatientes hacia los túneles de emergencia, mientras los guerreros más jóvenes se sacrificaban en la línea del frente, sus aullidos de dolor y rabia resonando en la noche lluviosa.
Marcus Sterling apareció en la pantalla principal del centro de mando, su rostro desfigurado por un odio fanático. —Si no puedo tener el futuro, tú no tendrás nada, Amelia. Adiós al Nexo.
¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
Una serie de explosiones coordinadas sacudió la mansión. El ala este colapsó instantáneamente, enterrando la guardería alternativa que Amelia había diseñado. El fuego comenzó a lamer las paredes del centro de mando. Amelia, con Leo bajo el brazo, quedó atrapada entre los escombros y las llamas. El sistema de seguridad, hackeado por los Puritas, cerró las puertas de acero de emergencia. Estaban encerrados en un horno de alta tecnología.
Afuera, Alexander aulló de puro dolor al sentir el riesgo mortal de su familia a través del vínculo. Tres mercenarios lo mantenían a raya con redes electrificadas de kevlar, pero el Alfa, ciego de furia, empezó a ignorar el dolor, su cuerpo creciendo más allá de sus límites para llegar a su Luna.
—¿Mami? —susurró Leo, asustado.
Justo cuando una viga en llamas estaba a punto de caer sobre Amelia y Leo, una figura de pura sombra y elegancia antigua se materializó frente a ellos. Valerius, el Rey Vampiro.
Con un movimiento de su mano cubierto por un guante de seda negra, Valerius detuvo la viga a centímetros de la cabeza de Amelia. —La logística de la muerte es fascinante, señora Black, pero su tiempo aún no ha llegado —dijo, su voz una caricia mortal—. Mis clanes están limpiando el exterior.
Valerius no peleaba como un lobo; era una fuerza de la naturaleza. Se movía más rápido que el ojo humano, su capa de terciopelo negro ondeando mientras decapitaba a los mercenarios con una gracia escalofriante, sus colmillos brillando bajo la luz del fuego.
Afuera, la batalla rugía. La manada Thorne estaba siendo superada por la tecnología de los exoesqueletos. Pero entonces, un estruendo mayor que las explosiones iniciales sacudió la propiedad. No fue una bomba. Fue el sonido de motores de turbina baja.
Las puertas de acero del centro de mando fueron arrancadas de cuajo, no por fuerza bruta, sino por una carga de precisión. A través del humo y las llamas, apareció una figura imponente vestida con túnicas de combate negras y una máscara táctica de oro. Tras ella, una docena de sombras se movían con una velocidad letal.
—¿Dimitri llega tarde? —preguntó una voz femenina, fría como el mármol del desierto—. No La Matriarca del Magreb (Alfa Runa) nunca llega tarde.
No era Dimitri. Era la líder de la manada del Magreb, acompañada por sus guerreros de élite. Y tras ella, para sorpresa de todos, el Alfa Silas del Norte lideraba la retaguardia física.
—Thorne es un estúpido por dejar que lo acorralen en su propia casa —dijo Silas, destrozando a los mercenarios que quedaban con un solo zarpazo mientras la Matriarca cargaba a Amelia y Leo fuera de las llamas—. Pero tu holding es demasiado valioso para que te mueras hoy, humana. La Diosa Luna ha hablado, y nosotros hemos escuchado.
Afuera, bajo la lluvia roja por el fuego, la escena era dantesca. Los mercenarios de Marcus estaban siendo masacrados por la alianza inesperada entre los lobos del norte, los guerreros del desierto y los vampiros de Valerius.