El humo negro se retorcía perezosamente sobre los restos de lo que ayer fue la mansión Thorne. El olor a ozono quemado, madera carbonizada y plata líquida saturaba el aire, dejando un rastro amargo en la garganta. Pero en el mundo de los Thorne-Black, no había tiempo para el luto; el Holding no era un edificio, era una red, y las redes no dejan de latir por unos muros caídos.
Amelia estaba sentada sobre una caja de suministros médicos, con una tablet de emergencia conectada a un generador portátil. Sus dedos volaban sobre la pantalla táctil, ignorando el temblor residual de sus músculos.
—Caleb, informe de daños —ordenó Amelia sin levantar la vista.
El Beta se acercó con el brazo izquierdo en cabestrillo y el rostro marcado por el hollín, pero sus ojos brillaban con una lealtad inquebrantable. —La estructura principal está perdida, Amelia. Pero los búnkeres subterráneos de datos aguantaron. Perdimos tres guerreros en la primera línea, pero la guardería está intacta gracias a que la defensa perimetral desvió el flujo del gas.
Amelia levantó la vista y le dio un apretón firme en la mano sana. —Si no fuera por tu defensa en el ala este, Caleb, no estaríamos aquí para contar esto. Eres el ancla de esta manada.
Caleb asintió, sintiendo que el peso de la derrota se transformaba en la resolución de un soldado.
Amelia observó a Alfa Runa moverse entre los escombros. No era una mujer, era un monumento al poder. Cada paso que daba parecía reclamar el territorio, no como una conquistadora, sino como una dueña que regresa a una propiedad descuidada.
—Tu territorio huele a debilidad y a cables quemados, Alexander —dijo Runa, su voz era un rugido bajo que hacía vibrar el pecho de los presentes—. Si quieres que mis guerreros de las llanuras se queden, la logística de esta guerra dejará de ser un juego de oficina. A partir de ahora, el acero se templará con la arena.
En la jerarquía de las especies, Runa de las Llanuras estaba en una categoría donde los títulos de CEO o presidente resultaban insultantemente pequeños.
Alexander no protestó y se acercó acompañado por la Matriarca del Magreb. El contraste era brutal: Alexander, el Alfa moderno cubierto de ceniza, y la Matriarca, una visión de poder ancestral envuelta en túnicas negras que parecían absorber la poca luz de la mañana.
—Tu humana tiene una mente que no pertenece a este siglo, Thorne —dijo la Matriarca con una voz que sonaba como arena moviéndose sobre piedra—. Mis guerreros no protegen ladrillos, protegen visiones. Y Amelia Black es la única visión que vale la pena defender en este hemisferio.
—Ella es la Luna —respondió Alexander, rodeando a Amelia con un brazo protector—. Y ahora, con su ayuda, el Holding ya no es una entidad regional. Somos un bloque continental. Silas ya está asegurando el valle.
Mientras los lobos y los guerreros del desierto descargaban suministros, una sombra se separó de los restos del gran salón. Valerius caminaba sobre los escombros con una rigidez que Amelia nunca le había visto. El Rey Vampiro, siempre elegante y dueño de sí mismo, parecía... perturbado.
Se detuvo a tres metros de Amelia. No se acercó más. Sus fosas nasales se dilataron y sus ojos rojos brillaron con una intensidad violenta, casi salvaje. Alexander gruñó, interponiéndose instintivamente.
—Ya has ayudado, Valerius. Aléjate de mi pareja —advirtió el Alfa—. Hueles a sangre y a muerte, y ella necesita aire limpio.
Valerius ni siquiera miró a Alexander. Su mirada estaba clavada en el vientre de Amelia, pero su expresión no era de hambre, sino de un desconcierto profundo, casi doloroso.
—Es imposible —susurró el vampiro, y su voz de terciopelo sonó quebrada por primera vez en siglos—. Ese aroma...
Amelia frunció el ceño, intrigada por la reacción. —¿Qué sucede, Valerius? ¿Queda algún rastro químico de los Puritas?
—No es el enemigo —respondió Valerius, dando un paso atrás como si el aire que rodeaba a Amelia lo quemara—. Es una fragancia que he buscado durante siglos. Es la promesa de la escarcha sobre el sándalo... la nota de una melodía que mi especie dejó de escuchar hace una eternidad.
Valerius se llevó una mano al pecho, confundido. Sentía una conexión magnética, un tirón en su propia alma que lo obligaba a proteger a esa mujer con una ferocidad que no entendía. Era una locura. ¿Cómo podía su compañera eterna estar latiendo con un pulso doble dentro de la mujer de un Alfa?
—Es una aberración de mis sentidos —siseó Valerius para sí mismo, luchando contra la necesidad de arrodillarse—. El estrés de la batalla ha despertado fantasmas en mi sangre.
Amelia notó el temblor en las manos del vampiro. —Señora Black —dijo Valerius, recuperando apenas su compostura—, usted lleva ahora una carga que altera el orden de las estrellas. No entiendo qué ha hecho la naturaleza, pero ese doble pulso que escucho en su interior... es el único sonido que mi corazón está dispuesto a seguir.
Alexander, harto del misticismo, dio un paso al frente para echarlo, pero Valerius desapareció en las sombras antes de que pudiera decir una palabra.
El Inicio de la Estrategia Silenciosa
Amelia se quedó en silencio, llevándose una mano al vientre de forma inconsciente. "Escarcha sobre sándalo". Ella no usaba ese perfume. Sintió un pequeño pinchazo de calor interno, un aviso de que la lógica de su cuerpo estaba operando bajo un algoritmo nuevo.