Marcus Sterling no había ido a un cuartel, sino a una antigua base de misiles reconvertida en catedral bajo las montañas de los Apalaches. Aquí, el aire no olía a tecnología de vanguardia, sino a incienso, aceite de fusil y fanatismo.
Frente a él estaba el General Vane, un hombre cuyo uniforme gris carecía de medallas, pero cuya sola presencia imponía un silencio absoluto. Vane no creía en el dinero; creía en la supremacía de la especie humana sin "contaminación" sobrenatural.
—Has perdido tu imperio, Sterling —dijo Vane, sus ojos grises como el granito fijo en Marcus—. Viniste a nosotros como un pecador que ha perdido sus juguetes. ¿Por qué deberíamos escucharte?
Marcus, sudando a pesar del frío del búnker, desplegó un holograma. —Porque no he perdido contra lobos, General. He perdido contra una traidora. Amelia Black ha fusionado la logística humana con la fuerza de las bestias. Si ese modelo se expande, la humanidad pasará a ser una nota a pie de página en su red de datos.
Vane se acercó al holograma de la mansión Thorne en ruinas. Sus dedos trazaron las firmas térmicas de la batalla. —Veo firmas de energía que no reconozco —comentó Vane—. Arena estática... y una caída de temperatura compatible con el vacío.
—La Matriarca del Magreb y el Rey Vampiro —escupió Marcus con asco—. Están todos allí. Unidos por ella.
Vane se dio la vuelta hacia su estado mayor, un grupo de hombres y mujeres con el símbolo de una espada rompiendo un colmillo bordado en el pecho. —Activen el "Protocolo de Purificación de Datos". No atacaremos con fuerza bruta; Amelia Black se alimenta de información. Vamos a cegarla. Investiguen sus suministros, sus comunicaciones y cualquier anomalía en su círculo cercano.
En el patio de armas subterráneo, cientos de soldados con armaduras de fibra de carbono blanco mate —el color de la pureza— realizaban ejercicios de combate. No usaban balas convencionales, sino munición de punta de plata grabada con salmos y pulsos electromagnéticos diseñados para colapsar el sistema nervioso de un Alfa.
—Estamos reclutando a los mejores de las fuerzas especiales que han perdido a alguien a manos de las "bestias" —explicó Vane—. El odio es un combustible mucho más estable que el dinero de sus acciones, Sterling.
—¿Cuándo atacamos? —preguntó Marcus, impaciente.
—Cuando sepamos cuál es su punto de ruptura —respondió Vane, mirando una pantalla donde se analizaban las compras recientes de suministros de la mansión—. Nadie pide nutrición prenatal de alta densidad y bloqueadores de escaneo biométrico a menos que esté escondiendo el activo más valioso de todos. Vamos a descubrir qué protege Amelia Black con tanto celo... y luego lo usaremos para hacer que se arrodille.
A quinientos kilómetros de las ruinas de la mansión Thorne, el General Vane caminaba por el patio de armas de su catedral de hormigón. El sonido de las botas de sus soldados rítmicamente golpeando el suelo era su única música.
—Sterling —llamó Vane sin detenerse. Marcus se apresuró a seguirlo, sintiéndose pequeño entre tantos hombres armados con fibra de carbono blanco—. Tus datos fueron útiles, pero incompletos. Dices que Amelia Black es una civil, pero mis analistas dicen que es un fantasma.
—Es más que un fantasma, General —respondió Marcus con veneno—. Es el sistema operativo de esa manada.
Vane se detuvo frente a una pantalla gigante donde se analizaba el perímetro de la mansión. —Entonces la desconectaremos. Preparen la "Orden del Acero Puro". No quiero héroes, quiero verdugos. Investiguen sus suministros; todo lo que entre o salga de ese valle debe ser interceptado. Si respira, quiero saber por qué. Si compra medicinas, quiero saber para quién.
Mientras tanto, bajo la lona de una tienda de campaña saturada de estática y cables, Amelia Black operaba en una dimensión que Vane no podía comprender. Sus ojos reflejaban cascadas de código azul.
—Caleb, sincroniza los routers de largo alcance con la frecuencia de los guerreros de Runa —ordenó Amelia. Sus dedos no temblaban; ejecutaban una danza de guerra—. Vane cree que su red militar es impenetrable. No sabe que yo ayudé a escribir el protocolo de encriptación de esa red hace cinco años. Entrar en sus servidores es como entrar en mi propia casa.
—¿Qué estamos haciendo exactamente? —preguntó Caleb, ajustando una antena de alta ganancia.
—Inyectando Disonancia Cognitiva —respondió Amelia con una sonrisa gélida—. He alterado sus mapas de calor. Cada vez que intenten rastrear mi firma biológica, el sistema les dirá que estoy en una iglesia en Roma o en una oficina en Texas. Si quieren cazar a una "hereje", les daré un laberinto de santos falsos para que se pierdan en su propia fe.
Leo entró en la tienda con una bandeja de frutas y su carpeta de estrategias. Se detuvo junto a su madre, observando cómo ella generaba docenas de pedidos de suministros médicos falsos.
—Mami, el General Vane ha interceptado tres de tus pedidos de vitaminas prenatales en las farmacias locales —dijo Leo con tono de detective, ajustándose las gafas—. Pero he visto que acabas de enviar otros cincuenta pedidos idénticos a clínicas en Suiza, Japón y Brasil usando cuentas fantasmas. Es una saturación de datos por ruido, ¿verdad?
Amelia le revolvió el pelo. —Exacto, pequeño General. Si no puedes ocultar un secreto, rodéalo de mil mentiras idénticas.