La Estratega del Alfa

Capítulo 23

La tensión tras el rugido de Alexander todavía vibraba en las hojas de los árboles. Valerius, con la elegancia herida de un rey, dio un paso atrás, desapareciendo parcialmente en la bruma. Sus ojos rojos no se apartaron de Alexander, pero sus manos, ocultas en las mangas de su abrigo, estaban cerradas en puños de piedra.

—Tu sangre es fuego, Thorne —siseó Valerius, su voz recuperando la frialdad—. Pero el fuego no detiene un temporizador digital. Tienes 59 minutos para ser un padre; yo usaré los míos para ser un muro.

Alexander no respondió. Su cuerpo seguía en esa forma híbrida, masiva y letal, su respiración enviando nubes de vapor al aire frío. Solo se relajó cuando Amelia volvió a tocar su hombro.

Amelia se lanzó sobre su consola de emergencia. El color había desaparecido de su rostro, reemplazado por una concentración absoluta.

—¡Leo, Caleb! ¡Necesito un rastreo de origen en la capa 7 del Nexo! —ordenó Amelia. Sus dedos se movían tan rápido que parecían borrosos—. Marcus no ha enviado un virus. Ha enviado un "Gusano de Borrado Total". Si llega a cero, el Holding no solo perderá sus cuentas bancarias; los búnkeres de datos activarán el protocolo de incineración automática.

Leo, sentado en el suelo con la tablet apoyada en las rodillas, tecleaba con una seriedad que daba miedo. —Mami... el origen no es un servidor terrestre. El temporizador está saltando entre satélites de baja órbita. Marcus está usando la red de la Orden del Acero Puro como un espejo. ¡Cada vez que intento bloquearlo, el reloj acelera dos segundos!

—¡Entonces deja de bloquearlo! —gritó Amelia—. ¡Crea un agujero negro de datos! Si no podemos detener el reloj, tenemos que engañarlo para que crea que ya terminó su trabajo.

Alexander, volviendo a su forma humana, pero manteniendo ese brillo azul en los ojos, se acercó a la mesa de trabajo. Se sentía inútil frente a las pantallas, pero su instinto buscaba una forma de ayudar.

—Amelia, dime qué puedo romper —gruñó Alexander—. Puedo ir al búnker de la Orden y arrancarle los cables a Vane con los dientes.

Leo levantó la vista un segundo, con una sonrisa irónica. —Papá, a menos que tus dientes tengan un puerto USB-C y conexión de fibra óptica, no vas a ayudar mucho rompiendo cosas ahora. Pero... —Leo miró a su madre— Mami, si Papá y sus lobos crean una interferencia sónica... ¿podríamos confundir la señal del satélite?

Amelia se detuvo en seco. Miró a Leo y luego a Alexander. —El Aullido de Convergencia. Si todos los lobos aúllan en la frecuencia exacta que grabamos antes, crearán una cúpula de estática orgánica sobre el valle. Eso aislará nuestros búnkeres del satélite de Marcus el tiempo suficiente para que yo le inyecte un código de "muerte simulada".

Alexander asintió, saliendo de la tienda y lanzando una mirada de advertencia a Valerius, que seguía vigilando desde la periferia.

—¡Manada! —rugió Alexander—. ¡A sus posiciones! ¡No busquen carne, busquen el cielo! ¡Necesito que el mundo sepa que este valle es territorio prohibido!

Mientras los lobos se posicionaban, Alfa Runa se acercó a Amelia. —Estás forzando a la naturaleza a pelear contra la máquina, estratega —dijo Runa con admiración—. Pero recuerda lo que te dije: el "doble pulso" reacciona a la energía. Si tus lobos aúllan con esa fuerza, lo que llevas dentro se va a despertar.

Amelia sintió un vuelco en el corazón. Miró el reloj: 45:12. —Entonces que se despierte —susurró Amelia—. Porque va a nacer en un mundo que su madre salvó de las cenizas.

El reloj marcaba 38:05. Alexander ya estaba en el centro del claro, con el pecho inflado y los músculos en tensión, esperando la señal de Amelia para coordinar a la manada. Los lobos de las llanuras de Runa y los Thorne estaban alineados, formando un círculo perfecto de poder sónico.

Pero entonces, el aire no vibró con tecnología, sino con algo mucho más antiguo.

Amelia soltó un grito ahogado y cayó de rodillas, su tablet golpeando el suelo con un estruendo metálico. Una onda de choque invisible emanó de su cuerpo, tan potente que las pantallas de emergencia de Caleb estallaron en mil pedazos.

—¡Amelia! —rugió Alexander, corriendo hacia ella, pero una barrera de estática pura lo lanzó hacia atrás a tres metros de distancia.

No era un ataque de la Orden. Era el "Híbrido de Convergencia".

El bebé, reaccionando a la inmensa carga electromagnética de los satélites de Marcus y al estrés del entorno, había decidido "defenderse" por su cuenta. Amelia estaba envuelta en un aura de escarcha blanca y chispas azules; su cabello flotaba como si estuviera bajo el agua.

—¡No se acerquen! —gritó Valerius, su voz llena de un pavor que nadie le había escuchado nunca—. Está drenando la energía del valle. Si Alexander aúlla ahora, la resonancia matará a Amelia. El bebé está intentando hackear el satélite... desde el vientre.

Leo miraba su tablet con horror. Las líneas de código de su madre estaban siendo borradas y reemplazadas por algo que no era binario. Eran símbolos antiguos, fractales de luz que se movían al ritmo de un segundo corazón.

—¡Mami está en bucle! —gritó Leo, intentando desesperadamente retomar el control—. El sistema de Marcus ha detectado la firma del bebé y la está usando como un pararrayos. ¡El temporizador acaba de saltar a 10 minutos!




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