Silas no parpadeaba. Su rostro estaba rígido, y tras su oreja derecha, una pequeña luz roja palpitaba bajo la piel al ritmo del dispositivo violeta.
—No es él, Alexander —susurró Amelia desde el suelo, luchando contra las venas negras que subían por sus brazos—. Es un enlace neuronal directo. Marcus no lo compró... lo convirtió en un hardware.
Silas levantó la jeringa, moviéndose con la precisión mecánica de un robot. —La obsolescencia programada ha llegado para ti, Amelia —dijo Silas con la voz distorsionada de Marcus Sterling filtrada a través de sus cuerdas vocales.
Al ver la jeringa acercarse a Amelia, algo se rompió dentro de Alexander. No fue una transformación normal. Fue una combustión interna.
El Lobo Thorne no solo emergió; explotó. El pelaje de Alexander se volvió de un negro azabache, y sus ojos ya no eran azules, sino pozos de fuego blanco. El suelo bajo sus patas se agrietó y la temperatura alrededor del Alfa subió tanto que la hierba se convirtió en ceniza instantáneamente.
—¡SÍ-LAS! —el grito de Alexander no fue humano ni animal; fue el rugido de un terremoto.
Alexander se lanzó contra la barrera de diamante. El impacto generó una onda de choque que tumbó a los soldados de la Orden que rodeaban el perímetro. Golpeó una, dos, tres veces, dejando marcas de garras incandescentes en la superficie invisible. Valerius, al verlo, retrocedió; nunca había visto a un Alfa alcanzar el nivel de un Devastador de Manada.
Dentro de la barrera, Leo no estaba llorando. Estaba operando.
—Si Papá no puede romperla desde fuera, yo la sobrecargaré desde dentro —dijo Leo, su voz fría como el hielo—. Mami, necesito que me des acceso a tu interfaz neuronal. ¡Ahora!
Amelia, con un esfuerzo agónico, tocó la tablet de Leo. El niño no buscaba hackear el satélite esta vez; buscaba el implante de Silas.
—Si Marcus está usando a Silas como una antena, yo usaré a Silas como un fusible —murmuró Leo. Sus dedos volaban sobre la pantalla, creando un bucle de retroalimentación de datos—. ¿Quieres una guerra de genios, Marcus? Pues aprende lo que pasa cuando intentas borrar el archivo de un niño que aprendió Python antes que a montar en bicicleta.
Leo conectó su tablet directamente al campo de fuerza. —¡Papá, ahora! ¡Golpea el nodo norte! ¡He invertido la polaridad del diamante!
Alexander, en su forma de Devastador, vio el punto débil que Leo acababa de iluminar en la barrera. Con un salto prodigioso, concentró toda su furia en un solo zarpazo.
¡CRACK!
La barrera no se rompió; se hizo añicos como cristal templado. La onda expansiva lanzó a Silas por los aires, desconectando el implante neuronal con un chispazo eléctrico que iluminó el valle.
Alexander aterrizó frente a Amelia, interponiéndose entre ella y los helicópteros que descendían, su cuerpo humeante y sus colmillos goteando una energía azulada.
Valerius aprovechó el momento para deslizarse tras Silas, arrebatándole la jeringa antes de que tocara el suelo. —Este veneno no llegará a su destino, Marcus —siseó el vampiro hacia el implante roto de Silas, antes de aplastar la jeringa en su puño.
Leo se puso de pie, sosteniendo su tablet como un cetro. —Mami está a salvo. El virus latente ha sido aislado en una partición de memoria de su sistema nervioso. No puede avanzar —dijo Leo, mirando a su padre—. Pero Papá... el helicóptero principal no viene por ella. Viene por mí. He borrado a Marcus de la existencia y él lo sabe.
Mientras Alexander, en su forma de Devastador, mantenía a raya a los primeros soldados que saltaban de los helicópteros, Valerius arrastró el cuerpo de Silas hacia la retaguardia.
—¡Caleb! —rugió el vampiro—. Llévatelo. Está en un coma inducido por la sobrecarga neuronal de Leo. Si muere, perdemos el rastro de Marcus. ¡Mantenlo vivo, aunque tengas que usar baterías de camión para que su corazón lata!
Caleb y dos guerreros de Runa cargaron a Silas hacia el búnker médico subterráneo. El traidor ahora era el trofeo más valioso y peligroso de la manada.
Justo cuando el cerco de la Orden parecía cerrar todas las salidas, el bosque al norte estalló. Pero no fue una explosión de pólvora, sino de raíces y fuego fatuo.
Desde la espesura emergió Kaelen, el Alfa de los Colmillos de Ébano, un hombre masivo cuya piel estaba grabada con runas de guerra. A su lado, flotando a pocos centímetros del suelo, caminaba Morgana, una hechicera de la vieja estirpe, con los ojos cubiertos por una venda de seda negra, pero viendo más que cualquier humano.
—Llegas tarde, Kaelen —gruñó Alexander, lanzando a un soldado contra un árbol.
—Estaba esperando a que el espectáculo se pusiera interesante, Thorne —respondió Kaelen, transformándose en un lobo gris del tamaño de un oso grizzly y cargando contra el flanco derecho de la Orden—. ¡Colmillos de Ébano, MASACRE!
Morgana levantó sus manos, y las venas negras que Amelia sentía en su cuello empezaron a brillar con una luz dorada. —Sanguis vinculum, maledictio finis... —susurró la hechicera. Una onda de energía mística barrió el claro, bloqueando la señal de radio de los helicópteros y estabilizando el virus en el cuerpo de Amelia—. El niño tiene razón, Amelia Black. Tu sangre es un mapa, pero yo seré la brújula que impida que te pierdas en la oscuridad.