En una pequeña cabaña apartada del bullicio de los preparativos, Alexander ayudaba a Amelia a sentarse frente a una chimenea que apenas empezaba a calentar la habitación. El Alfa Thorne ya no tenía los ojos de fuego; ahora solo eran los ojos de un hombre que temía perder su mundo.
—Amelia... —Alexander se arrodilló frente a ella, poniendo sus manos grandes sobre su vientre— Cuando te encontré en aquel bosque, pensé que mi misión era protegerte de Marcus. Nunca imaginé que terminaría protegiéndote de ti misma, de lo que llevas dentro.
Amelia le acarició el cabello, notando las nuevas canas que el estrés de las últimas semanas le había regalado. —No me estás protegiendo a mí, Alexander. Estás protegiendo el mañana. Leo, este bebé... ellos son la prueba de que Marcus no pudo rompernos. Pero tengo miedo de que, para ganar esta guerra, tenga que convertirme en algo que no reconozcas.
Alexander le besó las manos con una ternura que contrastaba con las cicatrices de sus nudillos. —Si te conviertes en una tormenta, yo seré el ancla. Si te conviertes en ceniza, yo seré el viento que te recoja. Pero no me pidas que te deje ir sola a esa plataforma. No soy tu Alfa solo por instinto, Amelia... lo soy porque no sé quién soy sin ti.
En ese silencio, la voz de Thorne, su lobo, surgió con la aspereza del inicio de su historia.
—Estás pensando demasiado, humano —gruñó Thorne en su mente—. Hueles a duda. Y la duda atrae a los carroñeros.
—Es nuestra Luna, Thorne. Si el plan de Marcus en Altair sale mal, no solo perderé mi vida, perderé mi alma.
—Escúchame bien —la imagen mental del lobo mostró sus colmillos plateados—. Al principio, ella era un misterio que rastrear. Ahora, ella es el territorio. No permitiremos que ese virus toque lo que es nuestro. No pienses en "planes", piensa en la cacería. Yo pondré los sentidos de la bestia para proteger a nuestra familia, pero tú debes poner la mano firme para sostenerla a ella. Somos el escudo del Híbrido. Si tú flaqueas, yo pierdo mi norte. Rugiremos juntos en el océano, pero ahora... solo sé su hombre.
Alexander suspiró, dejando que la fuerza del lobo le devolviera la calma. Se acercó a Amelia y, con la delicadeza que solo un mate posee, le dio un beso en la frente que sellaba una promesa de sangre.
Mientras tanto, en la terraza de la cabaña, Valerius observaba la nieve caer. Leo se acercó a él, arrastrando una manta y sosteniendo su tablet apagada. El niño se sentó al lado del vampiro, guardando silencio, algo raro en él.
—¿Por qué no estás con tus padres, pequeño estratega? —preguntó Valerius sin mirarlo, su voz era un susurro frío.
—Porque ellos están hablando de "siempre" y de "amor" —respondió Leo con una madurez triste—. Y yo estoy calculando probabilidades de éxito. Valerius... ¿tú tienes miedo de morir?
El vampiro se quedó inmóvil. Lentamente, metió la mano en su abrigo y sacó un reloj de bolsillo de plata, antiguo y desgastado. Lo abrió, revelando el retrato descolorido de una mujer que se parecía vagamente a Amelia, pero con ropas de hace tres siglos.
—Yo morí hace mucho tiempo, Leo —dijo Valerius, y por primera vez, su voz no sonaba arrogante, sino cansada—. Lo que ves es solo un eco. Pero he vivido tanto que he olvidado el sabor de la comida y el calor del sol.
Valerius cerró el reloj y miró al niño a los ojos. —No tengo miedo a morir. Tengo miedo a que la luz que ustedes representan se apague y me deje en una oscuridad que ya no pueda soportar. Eres un genio, pero sigues siendo un niño en aprendizaje, sí, pero sigues siendo una esponja que absorbe el dolor del mundo. Prométeme que, si las cosas salen mal en Altair... no intentarás ser un héroe. Sé un sobreviviente. El mundo necesita mentes como la tuya, no mártires.
Leo vio una lágrima cristalizarse en la mejilla de mármol del vampiro, transformándose en un pequeño diamante de hielo antes de caer. Valerius le puso una mano fría en el hombro, un gesto humano que decía más que mil hechizos.
Leo lo miró, intrigado. —¿Por qué me dices esto ahora?
—Porque en la plataforma Altair, la tecnología no será suficiente. Necesitarás templanza. No te veo como un simple aliado, ni como el hijo de Alexander. Te veo como... —Valerius hizo una pausa, buscando la palabra— como familia. Los amigos vienen y van con las estaciones, pero la familia es una deuda de sangre que se paga con lealtad eterna. Tú eres el heredero de un mundo nuevo, y yo seré el guardián de tu sombra hasta que mis cenizas se las lleve el mar.
Leo sonrió por primera vez en toda la noche, una sonrisa pequeña pero real. —Entonces, ¿eso te convierte en mi tío gruñón de trescientos años?
Valerius soltó una risa seca, casi un ladrido. —Algo así, pequeño genio. Algo así.
Cerca del fuego principal, la atmósfera era distinta. Kaelen tenía a Morgana protegida bajo su brazo masivo. La hechicera, con su venda de seda negra, parecía estar escuchando algo que nadie más oía.
—Silas está gritando sin abrir la boca —susurró Morgana.
Kaelen apretó su agarre, sintiendo el poder de su pareja fluir cerca de él. —Marcus lo está usando como un módem humano, ¿verdad?
—Exacto. Silas es una víctima, Kaelen. Su mente está atrapada entre el implante y nosotros. Si queremos entrar en la plataforma Altair sin que nos detecten, tenemos que liberar a Silas de su propia cabeza.