La Estratega del Alfa

Capítulo 26

Marcus se dio la vuelta lentamente. No era un holograma; era el hombre de carne y hueso, pero sus ojos brillaban con un resplandor sintético. A su lado, una consola mostraba el flujo de datos conectado directamente al útero de Amelia.

—Si me matan —dijo Marcus con una calma gélida—, el sistema detectará el cese de mi pulso y enviará una descarga de choque al Núcleo. El "Espejo" se romperá, y Amelia... bueno, ella sentirá cómo su sistema nervioso se calcifica en segundos.

Leo dio un paso al frente, sus manos temblando sobre la tablet. —Puedo puentearlo, pero necesito que mamá se conecte físicamente a la consola. Silas dijo que solo su sangre puede hackear el Corazón.

—Si me conecto —dijo Amelia, mirando a Alexander—, Marcus entrará en mi cabeza. Es lo que siempre ha querido, un puente directo al Híbrido.

Alexander no esperó más. El Lobo Thorne tomó el control y, con un rugido que sacudió los cimientos de la plataforma, se lanzó no contra Marcus, sino contra los guardias de élite que descendieron del techo: soldados mejorados con el mismo virus que Silas, pero sin conciencia.

—¡Runa, Kaelen! ¡Mantengan el perímetro! —rugió Alexander mientras destrozaba el blindaje de un soldado—. ¡Valerius, protege a Amelia y al cachorro!

La sala se convirtió en un torbellino de garras, cimitarras y ráfagas de energía. Morgana levantó una barrera de fuego violeta para cubrir a Leo, mientras Kaelen peleaba con una fuerza bruta que hacía retroceder a las quimeras que Marcus enviaba en oleadas.

Mientras la batalla rugía, Amelia llegó a la consola central. Miró a Valerius, quien asintió con una solemnidad nueva.

—Hazlo, Amelia —dijo el vampiro, sus colmillos expuestos—. Si él intenta cruzar, yo estaré en la puerta de tu mente para arrancarle la sombra.

Amelia presionó su palma sobre la aguja de recolección de la consola. Un grito de dolor escapó de sus labios cuando el sistema empezó a extraer su sangre para validar el acceso. En las pantallas, el contador de "El Despertar" se detuvo en 00:02:15.

—¡Lo tengo! —gritó Leo, sus dedos volando sobre el código—. ¡Estoy borrando los privilegios de Marcus! ¡Papá, ahora!

Alexander, aprovechando la distracción, se abrió paso entre los restos de las máquinas. Marcus intentó activar un control remoto desde su muñeca, pero una flecha de termita de Runa destruyó el dispositivo antes de que pudiera tocarlo.

Con un salto inhumano, Alexander tomó a Marcus por el cuello. —Se acabó el tiempo del Holding, Sterling.

—¡Espera! —gritó Marcus, asfixiándose—. Si me destruyes, no sabrás cómo estabilizar el virus... ¡ella morirá de todas formas!

Amelia, con los ojos brillando en un blanco puro mientras su sangre fluía por la máquina, habló con una voz que no era solo suya, sino una armonía con la de su hija: —Ya no necesito tu ciencia, Marcus. Mi manada es mi medicina.

Amelia logra el hackeo. El "Corazón de Altair" cambia de violeta a un dorado cálido. Pero en el último segundo, la plataforma empieza a temblar violentamente. Marcus ha activado un protocolo de autodestrucción físico: "Si no es mío, no es de nadie".

Mientras la plataforma Altair se sacudía bajo las explosiones de autodestrucción, Silas aparecio y se arrastró hasta la consola central. Sus heridas sangraban, pero sus ojos estaban limpios de la sombra de Marcus.

—¡Váyanse! —rugió Silas, conectando manualmente los cables que Marcus había cortado para asegurar la explosión—. Si no mantengo el puente abierto, las compuertas de presión los aplastarán antes de llegar al barco.

Alexander dudó, pero Silas lo miró con una paz que no había tenido en años. —Déjame hacer esto por la manada, Alfa. Por el niño. Por ella.

Con el corazón encogido, Alexander cargó a Amelia, y junto a Leo, Valerius, Morgana, Kaelen, runa y sus hombres corrieron hacia los botes de emergencia mientras el metal crujía y el océano empezaba a devorar los niveles inferiores.

Silas cerró los ojos, esperando el impacto final de la sala estallando en llamas. Pero en lugar de fuego, sintió un calor suave, como el sol de la mañana. Desde la distancia, a través del vínculo místico que compartía con la sangre de Amelia, la bebé "despertó" por un segundo.

No fue un despertar destructivo, sino una pulsación de pura energía vital. Un escudo dorado envolvió a Silas, una burbuja de magia tan densa que el metal fundido resbalaba por ella. La fuerza no solo lo protegió, sino que lo empujó hacia una cápsula de escape que se disparó hacia la superficie justo antes de que el núcleo colapsara.

En el barco, la manada observaba con horror cómo la imponente plataforma se hundía en un remolino de acero y vapor. Amelia, pálida y exhausta, buscaba desesperadamente el rastro de Silas con su instinto.

—No lo siento... Alexander, no está —susurró ella, con lágrimas en los ojos.

Incluso Runa y Kaelen bajaron la cabeza en respeto al guerrero que se había quedado atrás. La preocupación por Silas era una nube pesada sobre el triunfo de haber derrotado a Marcus Sterling.

De repente, una pequeña cápsula de salvamento emergió de las olas, flotando a pocos metros del barco. Valerius, con su velocidad sobrenatural, fue el primero en llegar y abrir la escotilla. Allí estaba Silas, inconsciente, pero respirando, rodeado de un rastro de partículas doradas.




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