La Estratega del Alfa

Capítulo 31

La Mansión Thorne se había convertido en una olla a presión. Afuera, la tormenta del Valle golpeaba los cristales; adentro, la tensión entre la ciencia, el instinto y la magia estaba a punto de estallar.

En el centro de la biblioteca, la cuna de alta seguridad de Lily comenzó a emitir un tenue parpadeo plateado. La pequeña no lloraba, pero su conciencia convergente estaba inquieta, reaccionando a la frecuencia que Leo había detectado bajo el cementerio.

En el rincón más oscuro, donde la luz de las lámparas no llegaba, Valerius se tensó. Sus ojos, habitualmente fríos y calculadores, brillaron con un matiz carmesí. Sus colmillos presionaron su labio inferior. El vínculo de mate mutuo, esa conexión mística que lo unía a la recién nacida como su otra mitad protectora, tiró de él con la fuerza de un agujero negro.

—"Ella me está llamando" —susurró Valerius, su voz de terciopelo arrastrándose por la habitación mientras daba un paso hacia la luz.

Alexander se interpuso de inmediato. Sus garras asomaron con un chasquido metálico y su pecho subió y bajó, inundando el aire con feromonas de Alfa dominante y puramente celoso.

—"Dije que podías quedarte en la mansión, vampiro. No dije que fueras su niñero personal. Da un paso atrás" —gruñó Alexander, sus ojos fijos en el inmortal.

—"Alexander, tu posesividad es biológicamente comprensible, pero tácticamente inútil" —respondió Valerius con una elegancia exasperante, sin perder la compostura—. "Si no la sostengo ahora, su energía de convergencia hará estallar el sistema eléctrico de tu hijo. Necesita un ancla de sombra, un pulso muerto que no altere su magia. Yo soy el único aquí que puede darle eso".

Para frustración de Alexander, la pequeña Lily estiró sus manitas hacia la oscuridad. Valerius la tomó con una delicadeza infinita, envolviéndola parcialmente con su capa. Al instante, el brillo plateado de la bebé se calmó y ella enredó sus pequeños dedos en el cabello oscuro del vampiro.

—"Miren eso" —murmuró Leo, apuntando con su teléfono desde la consola mientras se aguantaba la risa—. "El gran depredador milenario, derrotado por una bebé que lo usa de juguete de felpa. Papá, no gruñas más, tu cara se está poniendo morada".

—"Cuidado, Alexander" —añadió Silas, riéndose por lo bajo mientras se ajustaba las vendas de los brazos—. "A este paso, la primera palabra de la niña va a ser 'Vampiro' antes que 'Papá'".

Amelia, sentada junto a la mesa con una sonrisa cansada pero firme, interrumpió el juego. —"Suficiente. Alexander, confía en él. Valerius se queda como el ancla de Lily. Es la única forma de que podamos ir al cementerio sabiendo que ella está a salvo. Morgana, levanta el perímetro".

Morgana asintió, alzando sus manos para tejer un círculo de fuego amatista que rodeó a Valerius y a la cuna. —"Nadie cruzará este umbral. La magia de la vieja bruja y la sombra del vampiro protegerán el núcleo".

Mientras tanto, en el taller de armas, la estrategia subterránea se preparaba bajo una atmósfera no menos eléctrica. Elias Black intentaba con manos torpes ajustar el sensor de frecuencia cuántica en el chaleco táctico de Runa. Estar tan cerca de la Alfa, oliendo su fragancia a sándalo y lluvia, estaba destruyendo los escudos lógicos del científico.

—"Mis... mis cálculos sugieren que tu ritmo cardíaco ha aumentado un quince por ciento desde que entré al laboratorio" —dijo Elias, carraspeando y tratando de enfocar la vista en las correas del chaleco—. "Es una respuesta fisiológica fascinante, Alfa Runa. Casi... estadística".

Runa sonrió, una expresión felina y peligrosa. Dio un paso adelante, acorralando a Elias contra la mesa metálica llena de herramientas. La diferencia de altura y la imponente postura de la loba hicieron que el científico tragara saliva.

—"No es ciencia, Black. Es instinto" —susurró Runa, pasando una mano enguantada por el cuello de la camisa de Elias—. "Y mis propios cálculos dicen que hablas demasiado para alguien que se está muriendo por besarme".

Elias se quedó paralizado, con los ojos fijos en los labios de ella. —"Estópicamente hablando, un beso en medio de una preparación táctica es una ineficiencia..."

—"A la mierda la eficiencia" —replicó Runa.

Justo cuando el espacio entre ambos se reducía a milímetros, la puerta se abrió de golpe. Leo entró silbando con una caja de micro escáneres.

—"¡Hola, tortolitos! Lamento romper la tensión cariñosa con un poco de realidad técnica, pero los Alfas traidores ya llegaron al perímetro del cementerio. Tío Elias, si terminaste de analizar las hormonas de Runa, desearía que revisaras este algoritmo".

Runa se separó con una carcajada ronca, guiñándole un ojo a un Elías completamente sonrojado que intentaba fingir interés en los escáneres de su sobrino.

Alexander, recuperando el control de su instinto, se situó frente al mapa holográfico del cementerio de los ancestros. La base secreta del Cónclave parpadeaba en un rojo sangriento directamente debajo de las tumbas de los antiguos Alfas.

—"Esta es la distribución" —ordenó Alexander, con la voz del Alfa supremo—. "Nos dividiremos en tres sectores funcionales":

Fuerza de Choque (La Superficie): Alexander, Silas, Kaelen y Caleb. Ellos entrarían de frente por el cementerio. Los Alfas traidores del Norte y del Este, controlados por la reactivación de los microchips, estaban usando los cuerpos de los caídos como repetidores biológicos. Silas y Kaelen se encargarían de contener la masa de lobos poseídos, mientras Caleb aseguraba las rutas de escape. Alexander usaría su rugido, amplificado por la magia que Amelia le transmitía a la distancia, para aturdir a los traidores sin profanar el suelo sagrado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.