La Estratega del Alfa

Capítulo 34

La pantalla holográfica del laboratorio central parpadeaba en un código corrupto. Las frecuencias de la Manada del Sur se apagaban como estrellas moribundas. Elias golpeaba el teclado con desesperación, con el sudor corriéndole por la frente.

—"¡No puedo romper la encriptación inversa!" —excluyó el científico—. "Silas está acorralado. El cañón de plasma del Cónclave va a disparar en menos de dos minutos y no tengo forma de enviar las coordenadas de defensa".

Alexander dejó escapar un rugido de frustración, listo para destrozar la consola. El caos y el instinto territorial amenazaban con nublar el juicio de los lobos ante la inminente pérdida de sus aliados.

Fue entonces cuando una mano firme y decidida se apoyó sobre el mapa digital. Amelia dio un paso al frente, con la mirada afilada y la postura rígida de la estratega brillante que siempre había sido. Su mente, templada por el equilibrio y la responsabilidad, vio el patrón táctico de inmediato.

—"A un lado, hermano" —ordenó Amelia, apartando suavemente a Elias—. "Estás buscando una solución puramente matemática a un problema de asedio físico. El Cónclave no está usando un código; están usando un muro de interferencia de frecuencias. Leo, redirige la señal de los satélites al espectro infrarrojo. No busques sus servidores, busca el calor de sus generadores de cromo. Alexander, quédate aquí. Si tú te mueves, el Valle entero se desmorona. Yo reajustaré las líneas de asalto".

Con un par de comandos rápidos y precisos, Amelia limpió la pantalla, revelando la ubicación exacta de las moles de cromo que tenían a Silas entre la vida y la muerte.

En el laboratorio central, mientras Amelia dictaba órdenes con precisión militar a Leo y Elias, Valerius permanecía en un rincón de la sala, sosteniendo a la pequeña Lily contra su pecho. A simple vista, el vampiro parecía una estatua de mármol imperturbable, pero por dentro, su mente milenaria era un torbellino de frialdad y cálculo.

Sintió la vibración del holograma. Vio las constantes vitales de Silas caer. Y entonces, una voz que no pertenecía al plano físico resonó directamente en el tejido de sus pensamientos.

«Están muriendo en el Sur, guardián», susurró una conciencia limpia, plateada y carente del miedo propio de un bebé. Era la mente de Lily, conectándose directamente con su ancla mística. «Las máquinas de cromo apagan sus corazones».

Valerius no movió un solo músculo facial, pero enfocó toda su energía mental en responderle a la pequeña.

«Lo sé, mi pequeña», pensó Valerius, y por primera vez en siglos, su tono mental arrastraba un deje de profunda preocupación. «Si el Sur cae, la Convergencia se rompe. Silas no aguantará un minuto más. Pero si me alejo de ti... el escudo místico de esta mansión se debilitará. El que se oculta en la red, el líder que busca tu sangre está esperando exactamente este parpadeo en mis sombras para entrar por ti».

Lily, en sus brazos, no parpadeó. Sus ojos reflejaron un destello plateado de estasis que solo Valerius pudo percibir.

«Déjalo entrar», respondió la bebé con una frialdad matemática que envió un escalofrío incluso a través de las venas congeladas del vampiro. «Ve al Sur. Salva al lobo gris. Yo quiero ver el alcance de la túnica tecnológica del intruso. Quiero medirlo».

Valerius contuvo el aliento mentalmente. El instinto protector de su estirpe le exigía quedarse y destrozar a cualquiera que osara acercarse a la cuna, pero la absoluta seguridad mística de Lily, combinada con la urgencia en la frontera, lo obligaron a tomar la decisión.

«Si un solo cabello de tu cabeza es tocado, borraré al Cónclave de la historia biológica de este mundo, Lily», sentenció Valerius, en un juramento de sangre silencioso. «Mantén tu energía oculta hasta que yo regrese».

«Ve», ordenó la pequeña mente cuántica.

Valerius miró a Amelia y a Alexander una última vez. No hacían falta explicaciones. Sé dirigió al espacio donde estaba la guardería y depositó con extrema delicadeza a Lily en su cuna y le indico con la cabeza a las nodrizas, que Amelia había apostado en el perímetro de seguridad del laboratorio y, antes de que el Alfa y Amelia pudieran protestar, el cuerpo del vampiro se deshizo en el aire.

En la Frontera Sur, Silas cerró los ojos, esperando el impacto del plasma inverso. El cañón del cíborg del Cónclave brilló con una luz azul letal.

¡Swoosh!

El aire se congeló de golpe. Una ráfaga de viento helado y oscuridad absoluta barrió el campo de batalla. Usando la velocidad mística de la noche, Valerius se materializó directamente frente al cañón de plasma. Sus ojos, completamente rojos, brillaron con el poder de la estirpe más antigua. Con un solo movimiento de su mano pálida, Valerius desvió el cañón de cromo hacia el cielo, haciendo que el disparo de plasma estallara inofensivamente contra las nubes.

—"Criaturas de metal y cables..." —susurró Valerius, su voz resonando como un eco milenario que hizo vibrar el suelo—. "Olvidan que la noche me pertenece".

Antes de que los cíborgs pudieran reaccionar, el cielo sobre el desfiladero se rasgó. Un enorme portal místico de color amatista se abrió en el aire. Desde las alturas, envueltos en fuego elemental y runas de supresión, cayeron Kaelen y Morgana.




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