La Estratega del Alfa

Epílogo

Seis años después…

Los jardines traseros de la Mansión Thorne estaban inundados de una prosperidad inmensa. La antigua fortaleza militar era ahora un santuario lleno de vida, cubierto de guirnaldas de luces cálidas que flotaban en el aire gracias a un sutil hechizo de Morgana. Las manadas unificadas respiraban paz. Grandes mesas comunales se extendían bajo el cielo del atardecer, pero el verdadero espectáculo estaba en el centro del jardín, donde la celebración del cumpleaños del Prisma acababa de empezar.

Leo, a sus catorce años, cruzaba el césped con una zancada atlética y segura que recordaba irremediablemente a su padre, Alexander. Su cabello oscuro caía desordenado sobre su frente, y sus ojos reflejaban la combinación perfecta entre la fiereza Thorne y la agudeza Black. Llevaba una enorme caja de regalos flotando en el aire mediante un par de drones modificados que él mismo había programado en el laboratorio.

—"¡A un lado, cachorros, abran paso al hermano mayor!" —anunció Leo con una sonrisa carismática y arrogante, deteniéndose frente a la mesa principal—. "Si alguien toca este paquete antes que mi hermanita, le reprogramo sus comunicadores para que solo emitan estática".

Amelia salió del porche de la mansión, luciendo tan elegante y serena como siempre en su rol de Luna y estratega. Al ver a su hijo mayor, soltó una risa suave y le acomodó el cuello de la camisa.

—"Menos amenazas tecnológicas, Leo. Tu padre te está buscando para que lo ayudes con las brasas del banquete principal" —le dijo Amelia, dándole un beso en la mejilla—. "Te has vuelto muy alto, mi amor. Estás idéntico a Alexander “

—"Por favor, mamá, el viejo Alfa, se pondría celoso si admitiera que yo tengo mejor pulso con los algoritmos de defensa" —bromeó Leo, dándole un abrazo de lado—. "¿Dónde está Lily? Le armé un procesador de datos holográfico que hace que las pantallas de mi tío Elias parezcan juguetes antiguos. Quiero ver su cara cuando lo abra".

—"Está en el invernadero de cristal" —respondió Amelia, mirando hacia la estructura con una mezcla de adoración—. "Ya sabes cómo es tu hermana. Prefiere la tranquilidad del cálculo antes de que comience el bullicio de la fiesta".

Un estallido de risas y un par de pequeños gruñidos llamaron la atención de todos cerca de la mesa de postres. Elias caminaba a paso rápido, ajustándose las gafas con evidente resignación, mientras sostenía dos pequeños platos de pastel. Detrás de él, Runa avanzaba con una sonrisa salvaje y orgullosa, con los brazos cruzados.

A los pies de la pareja, dos pequeños torbellinos de cuatro años correteaban alrededor de las piernas de su padre. Eran sus mellizos. El niño, Aiden, tenía el cabello negro y los ojos hiperanalíticos de Elias; la niña, Freya, lucía un espeso mechón plateado y la mirada indomable de la Alfa del Norte.

—"¡Aiden, te lo he dicho tres veces! No puedes usar la termodinámica para justificar por qué te comiste el glaseado del pastel de tu hermana" —regañó Elias, suspirando mientras intentaba que su hijo no derribara una torre de jarras.

—"Papá, la masa del glaseado era molecularmente inestable" —respondió el pequeño Aiden de cuatro años, mirándolo con una seriedad científica idéntica a la suya—. "Solo aceleré su proceso de absorción biológica".

Runa soltó una carcajada ronca, agachándose para alzar a la pequeña Freya, quien ya mostraba unos incipientes colmillos de loba al gruñirle a su hermano.

—"Déjalos, doctorcito. Tienen el instinto de caza en la sangre" —dijo Runa, dándole un beso en la mejilla a un resignado Elias—. "Freya, si tu hermano te vuelve a robar comida, no le des una explicación científica... le muerdes la bota. ¿Entendido?".

—"¡Entendido, mami!" —rugió la lobita de cuatro años, mostrando sus garras con orgullo.

—"Estás arruinando mis métodos de crianza basados en la lógica, Runa" —se quejó Elias, aunque una sonrisa de amor absoluto iluminó su rostro al ver a su familia—. "Pero las variables de estos niños son perfectas".

Silas, Kaelen y Morgana se acercaron al grupo levantando sus copas de sidra.

—"Vaya, Elías, parece que el Norte te ha sentado bien" —comentó Silas con una sonrisa amplia—. "Tus cachorros tienen más energía que una batería cuántica".

—"Y la combinación mística en sus genes es fascinante" —añadió Morgana, acariciando el cabello plateado de Freya—. "El Valle nunca ha sido tan fuerte, ni tan próspero".

En el invernadero de cristal, apartada del ruido, Lily permanecía sentada en un banco de piedra. Aunque cronológicamente cumplía seis años, su fisionomía se había desarrollado de forma acelerada debido al ADN del Prisma; físicamente lucía como una hermosa niña de diez años, de postura impecable y una mirada plateada de estasis que desbordaba una sabiduría milenaria. Sobre sus piernas, sostenía un viejo mapa digital de las fronteras unificadas.

La puerta de cristal se abrió y la imponente figura de Alexander entró. El Alfa se detuvo a mirarla, y ese mismo orgullo salvaje que sintió seis años atrás en la guardería volvió a llenarle el pecho.

—"Todos te están esperando afuera, mi pequeña lobita" —dijo Alexander con voz suave, acercándose para sentarse a su lado—. "Tu hermano Leo trajo un regalo que insiste en que va a revolucionar tus análisis, y Caleb ya encendió la hoguera principal".




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