La Estratega del Alfa: El Algoritmo del Corazón

Prólogo: El Decreto del Silencio

El invierno no era una estación en las tierras de la manada Lobo de Plata; era un estado del alma.

Desde que la tragedia desgarró el vínculo de su primera unión, Alexander Thorne se había convertido en un monumento al hielo. En su lujoso despacho de acero y cristal, frente a los bosques brumosos del Pacífico Noroeste, el Gran Alfa de la manada y CEO de Thorne Logistics.

No sentía el frío, porque él mismo era la fuente.

Demasiado silencio, humano —gruñó una voz cavernosa en su mente. Era su lobo, una bestia de pelaje cenizo que llevaba años ovillada en la oscuridad de su consciencia—. El cachorro crece entre sombras. La manada se marchita sin una Luna. Nos estamos extinguiendo en vida.

Alexander apretó los puños sobre el escritorio de caoba. —El silencio es paz —respondió mentalmente, con una frialdad que cortaba—. No habrá otra. No permitiré que el destino nos arrebate nada más.

Pero esa noche, la Luna se filtró por el ventanal con una intensidad antinatural. No era plata, era oro puro. Una calidez repentina invadió el pecho de Alexander, un latido que no era suyo.

Ella viene —susurró el lobo, poniéndose en pie y erizando el lomo con una alegría salvaje—. La Diosa se ha apiadado. Prepárate, humano. El invierno se acaba.

Alexander cerró los ojos, resistiéndose a la esperanza como si fuera un veneno. —Nadie entrará aquí —sentenció al vacío. Pero en el fondo de su alma, una chispa que creía muerta acababa de encenderse.




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