Amelia Black ajustó el cuello de su abrigo y observó la imponente puerta de hierro forjado que custodiaba la propiedad Thorne. A sus 40 años, la vida le había enseñado que la justicia era un concepto poético que rara vez se aplicaba en la realidad.
Mientras esperaba que el guardia confirmara su cita, un recuerdo amargo cruzó su mente. Hacía apenas una semana, estaba en un café internet de mala muerte, buscando entre anuncios de empleos de limpieza y almacén. Su nombre, "Amelia Black", seguía manchado en los buscadores por aquel fraude que ella no cometió, una trampa legal que le arrebató su carrera como estratega corporativa.
Entonces, lo vio. Un anuncio inusual en un periódico local, redactado con una frialdad casi militar: "Se busca institutriz con alta capacidad de análisis y paciencia absoluta. Reserva total. Pago por encima del mercado".
—Nadie más me va a contratar, Amelia —se había dicho a sí misma con ese corazón de pollo (noble, empático, tierno y sentimental), que siempre la traicionaba, pero con la mente fría que la mantenía a flote—. Si este Alfa busca una institutriz que sepa de "análisis", le daré la mejor estratega que ha visto en su vida.
El guardia le indicó que pasara. Al cruzar el umbral, el paisaje la dejó sin aliento. Pinos colosales, el rugido lejano de una cascada y una mansión de cristal que parecía un faro de luz en medio de la niebla. A medida que caminaba, una extraña sensación de paz y calidez empezó a emanar de ella. Los guardias, hombres corpulentos de mirada afilada, relajaron los hombros al verla pasar. Uno de ellos incluso le sostuvo la puerta con una cortesía que no solían mostrar a los extraños.
Minutos después para la entrevista, Amelia estaba de pie en un despacho que gritaba poder. Alexander Thorne estaba de espaldas, observando el bosque a través del ventanal.
—Llega tarde, señora Black —dijo él sin girarse. Su voz era un trueno contenido.
—En realidad, llego tres minutos antes, señor Thorne —respondió Amelia, consultando su reloj con una calma exasperante—. La puntualidad es la base de una buena educación. ¿Empezamos la entrevista o prefiere seguir analizando el crecimiento de los abetos?
Alexander se giró lentamente. Sus ojos, grises como una tormenta, chocaron con los de ella. El aire en la habitación se volvió pesado, eléctrico.
—Mía —rugió el lobo en la mente de Alexander, arañando las paredes de su autocontrol—. Nuestra Luna. Huele a hogar y a inteligencia.
—Cállate —replicó el humano—. Es una civil con un expediente cuestionable.
Alexander lanzó una carpeta sobre el escritorio. Era el historial de Amelia. Mando hacer una investigación profunda sobre ella y lo que leyó lo dejo muy intrigado, cuando recibió su solicitud de institutriz. —Aquí dice que trabajó en empleos de "perfil bajo" los últimos años. Pero su forma de hablar sugiere que ha dirigido juntas directivas. ¿Qué oculta, Amelia?
Amelia no parpadeó. Sabía que un Alfa olía el miedo, y ella ya no tenía nada que perder. Además ella también había hecho su propia investigación y sabia a que a tenerse —Oculto lo mismo que usted tras esa fachada de frialdad, señor Thorne: una pérdida que el mundo no entiende. Vine aquí para enseñar a su hijo, no para ser interrogada sobre un pasado que no le incumbe a menos que afecte mi capacidad para que el niño vuelva a sonreír.
Alexander se quedó en silencio. Nadie le hablaba así. Su mente estratégica notó que ella no intentaba seducirlo ni le temía; lo estaba analizando.
—Mi hijo tiene 6 años —dijo Alexander, suavizando apenas el tono—. No habla desde que su madre murió. He despedido a cinco maestras este mes. Ninguna duró más de dos días.
—Eso es porque ellas intentaban complacerlo a usted —Amelia dio un paso hacia el escritorio, su aura de paz llenando el espacio. Es hermoso, lo acepto apenas lo vio—. Yo solo busco complacer al niño. Y, por cierto, si el informe que tiene ahí sobre su empresa de logística es el que está revisando, tiene un error en la ruta de distribución del sector norte. Está perdiendo eficiencia por un 12%.
Alexander arqueó una ceja, impresionado a pesar de su "vacío". —Te lo dije, humano —se burló el lobo—. Es brillante. Contrátala antes de que se dé cuenta de que nosotros somos los que necesitamos que ella nos salve.
—Mañana a las siete, Black —sentenció Alexander, ocultando el temblor de sus manos bajo el escritorio—. No me haga arrepentirme.
—No lo hará —respondió ella con una sonrisa suave—. El café está en la mesa lateral, bébalo antes de que se enfríe; el mal humor suele ser azúcar baja.
Amelia salió del despacho dejando a un Alfa estupefacto y a un lobo aullando de satisfacción.