El reloj de pared en el gran salón de la mansión Thorne marcaba las siete en punto cuando Amelia cruzó el umbral. El aire de la casa, usualmente pesado y cargado de una tensión eléctrica, pareció suavizarse a su paso. Los omegas que preparaban el desayuno intercambiaron miradas de asombro; el aura de paz que Amelia desprendía era casi tangible, como una manta cálida en una mañana de helada.
Alexander la esperaba al pie de la escalera, con su traje de sastre impecable y esa mirada de tormenta que intentaba, sin éxito, ocultar que no había dormido pensando en la "institutriz" que se atrevió a corregir sus rutas de logística.
—Mi hijo, Leo, está en el solárium —dijo Alexander, con voz gélida—. No le gustan los extraños. No suele... reaccionar. Si llora o se altera, la entrevista termina hoy mismo.
—Señor Thorne —Amelia se detuvo y lo miró fijamente, dándole una serenidad que lo descolocaba—, los niños no son problemas de logística que se resuelven con eficiencia. Son almas que necesitan espacio. Déjenos solos.
El lobo de Alexander soltó un gruñido de aprobación en su mente. —Escúchala, humano. Ella sabe de lo que habla. Deja que la Luna cuide al cachorro.
Alexander asintió rígidamente y se retiró, aunque Amelia sabía que la estaría observando por las cámaras de seguridad.
El solárium era una habitación preciosa, rodeada de ventanales que daban al bosque y a la cascada. En el centro, sentado en una alfombra de lana, estaba un niño de 6 años con el cabello oscuro revoltoso y los ojos más tristes que Amelia había visto jamás. Estaba rodeado de piezas de construcción de madera, pero no armaba nada; solo las miraba.
Amelia no se acercó de inmediato. No usó una voz infantil ni intentó forzar un abrazo. Se sentó en el suelo, a unos dos metros de él, y sacó de su bolso un pequeño cuaderno de notas y un lápiz.
Durante quince minutos, hubo un silencio absoluto.
Amelia empezó a dibujar, no un paisaje, sino un diagrama de flujos sencillo que parecía un mapa del tesoro. El niño, por el rabillo del ojo, empezó a observar. La curiosidad es el motor de la inteligencia, y Leo era un Thorne.
—He oído que este castillo tiene un problema de seguridad —comentó Amelia al aire, como si hablara con ella misma—. Las torres de madera están mal alineadas. Si un dragón atacara desde el flanco norte, la estructura colapsaría por falta de equilibrio.
Leo dejó de mirar las piezas y la miró a ella. Amelia no le devolvió la mirada directamente para no asustarlo; siguió dibujando.
—Pero —continuó ella con suavidad—, si usamos una base triangular en lugar de cuadrada, la resistencia aumenta. Es pura física.
Lentamente, el niño gateó hacia ella. Su "corazón de pollo" dio un vuelco. Amelia sintió una punzada de ternura tan fuerte que casi se le escapan las lágrimas, pero mantuvo su máscara de estratega. Leo señaló el dibujo y luego las piezas de madera.
—¿Quieres probar la teoría? —preguntó ella.
El niño asintió levemente. Durante la siguiente hora, Amelia no le enseñó el abecedario. Le enseñó a construir estructuras sólidas. Hablaban en un idioma de gestos y miradas. Cuando una torre finalmente se mantuvo en pie, Leo hizo algo que Alexander no había visto en meses: sonrió.
El choque fue abrumador, desde su despacho, observando el monitor, Alexander sintió que el "vacío" de su pecho se agrietaba. —Míralos —susurró el lobo—. Ella no lo está tratando como a un enfermo. Lo está tratando como a un igual. Es perfecta.
De pronto, el niño se inclinó y apoyó su cabecita en el hombro de Amelia. Ella, con una naturalidad asombrosa, le rodeó con el brazo y le besó la coronilla.
Alexander entró al solárium de golpe, impulsado por una mezcla de celos, asombro y una atracción que lo quemaba. —¿Qué está pasando aquí? —preguntó, intentando sonar severo.
Amelia se levantó sin soltar la mano del niño, quien se aferró a su pantalón como si fuera un ancla. —Estamos rediseñando las defensas del castillo, señor Thorne. Y me temo que su hijo tiene una mente mucho más brillante para la arquitectura de lo que sus anteriores maestras supieron ver.
—Él... él no se deja tocar por nadie —balbuceó Alexander, sus ojos fijos en la mano de su hijo unida a la de Amelia.
—Quizás es que nadie se había sentado en el suelo con él —respondió Amelia con una pizca de humor sarcástico—. Por cierto, su hijo ha decidido que la torre norte necesita un refuerzo. Le sugiero que aplique la misma lógica a su almacén de Seattle; la estructura de costos está igual de desequilibrada que esta torre de madera.
Alexander la miró, dividido entre el deseo de besarla por devolverle la luz a su hijo y el impulso de discutir sus tácticas de negocios. El lobo, por su parte, estaba aullando de felicidad. —Admítelo, humano. Ya no hay vuelta atrás. Ella es nuestra mami... y nuestra Luna.