La Estratega del Alfa: El Algoritmo del Corazón

Capítulo 3

Instalarse en la mansión Thorne era como mudarse al interior de un reloj suizo: todo era preciso, frío y perfectamente calculado. Amelia desempacó su pequeña maleta en una habitación que, aunque era para el personal, tenía una vista privilegiada al lago.

—Nada de lujos, Amelia. Viniste a trabajar —se recordó a sí misma, aunque su corazón de pollo se derretía al recordar la manita de Leo aferrada a la suya.

Esa tarde, Alexander la citó en la biblioteca para "revisar los términos del contrato". Sin embargo, al llegar, Amelia se encontró con una escena distinta. Alexander no estaba solo. Junto a él se encontraba un hombre más joven, atractivo, de hombros anchos y mirada astuta: Caleb, el Beta de la manada.

Sobre la mesa no había un contrato de institutriz, sino mapas logísticos y proyecciones financieras que parecían un campo de batalla.

—Caleb, ella es la señora Black —dijo Alexander sin mirarla, concentrado en un gráfico—. Amelia, este es Caleb, mi jefe de seguridad y mano derecha.

Caleb la evaluó con el instinto de un depredador. Olfateó el aire sutilmente. —Hueles a calma, humana —soltó Caleb con una sonrisa ladeada, aunque sus ojos permanecían alertas—. Pero Alexander dice que tienes una boca impertinente y una mente que ve errores donde nosotros no.

—Solo veo lo que es evidente, señor Caleb —respondió Amelia, acercándose a la mesa con una elegancia que desmentía su ropa sencilla—. Por ejemplo, veo que están intentando bloquear una adquisición hostil en el sector transporte, pero están usando una estrategia defensiva de los años 90. Es aburrido y, francamente, ineficiente.

Alexander se tensó. El lobo en su interior dio un salto de interés. —Escúchala... —susurró la bestia—. Ella no muerde con dientes, muerde con lógica.

—Es una OPA (Oferta Pública de Adquisición) agresiva, Black —gruñó Alexander—. Tenemos el capital, pero ellos tienen los contactos políticos.

Amelia rodeó la mesa, ignorando la tensión alfa, que emanaba de ambos hombres. Su dedo índice señaló un punto en el mapa. —No necesitan los contactos si cortan el suministro de confianza de sus inversores. Su competidor tiene una fuga de capital en sus filiales del sur. Si en lugar de comprar las acciones, filtran el análisis de riesgo de esas filiales, el precio caerá solo. Ustedes compran en la caída, ahorran un 20% y los dejan fuera del juego sin disparar una sola bala legal.

Caleb y Alexander se miraron en un silencio sepulcral.

—Eso es... brillante —admitió Caleb, rascándose la nuca—. ¿Dónde aprendiste eso? Tu expediente dice que trabajabas en una tienda de suministros de oficina hace seis meses. Pero Caleb sabia que es muy inteligente. El mismo realizó la investigación.

Amelia sintió una punzada de dolor por el recuerdo del fraude que le robó su vida, pero mantuvo la frente en alto. —A veces, estar en el suelo te permite ver mejor dónde están las grietas de los gigantes.

En ese momento, Leo entró corriendo a la biblioteca. Al ver a Amelia, sus ojos se iluminaron. Se acercó a ella y le entregó un pequeño ramo de flores silvestres que había recogido en el jardín.

—¿Para mí? Gracias, pequeño arquitecto —dijo Amelia, su voz transformándose de una estratega de acero a una mujer llena de ternura. Se agachó y le dio un beso en la mejilla al niño.

Caleb se quedó boquiabierto. —¿Leo acaba de... regalar flores? Alexander, ¿le diste drogas al cachorro o esta mujer es un hada?

Alexander sintió un pinchazo de celos irracionales al ver la complicidad entre su hijo y Amelia. —Es solo una empleada eficiente, Caleb. No digas tonterías.

Mentiroso —se burló el lobo de Alexander—. Te mueres por ser tú quien reciba ese beso. Y te mueres por saber cómo una mujer de "40" tiene esa piel de seda y esa mente de general.

Antes de salir, Amelia se detuvo en la puerta y miró a Alexander. —Señor Thorne, su Beta tiene razón en algo. Huelo a calma porque no tengo nada que ocultar, a diferencia de este despacho que huele a ansiedad y café quemado. Deje de pelear con los números y vaya a jugar diez minutos con su hijo. Es una mejor inversión a largo plazo.

Cuando la puerta se cerró, Caleb estalló en una carcajada. —¡Dios mío, Alexander! Me encanta. Es inteligente, tiene agallas y acaba de darte una lección de paternidad y de negocios en la misma frase.

Alexander apretó la mandíbula, pero sus ojos no se apartaron de la puerta por donde Amelia se había ido. —Tiene un pasado manchado, Caleb. Hay algo que no cuadra con ella.

—Lo que no cuadra —replicó el Beta, volviéndose serio— es que la manada entera se siente más relajada desde que ella puso un pie aquí. Esa mujer es paz, Alex. Y tú... tú eres un volcán a punto de estallar. El Beta lo miro—¿ella es tú… mate? Alexander le devolvió la mirada, pero sin responder a su pregunta.




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