El silencio que siguió a la última amenaza de Zora en los monitores era más aterrador que cualquier grito. La cumbre de Veritas, que había comenzado con pretensiones de unidad, había terminado en un caos y con la clara confirmación de que la líder Purificadora seguía siendo una fuerza a tener en cuenta. Harry y Lydia, con el cansancio grabado en sus rostros, se observaron. La tensión de la batalla había disipado, momentáneamente, el dolor de su separación.
—No la tendremos a salvo hasta que Zora sea neutralizada por completo —dijo Harry, su voz sombría, refiriéndose a Nicolai y Theo.
Su mirada se encontró con la de Lydia, y por un instante, la vieja chispa, la comprensión mutua de la misión, volvió a encenderse.
Mauro se acercó, su porte imponente a pesar del reciente ataque.
—La seguridad será reforzada. La cumbre ha sido un éxito, a su manera. Hemos visto la verdadera amenaza. Ahora sabemos lo que enfrentamos.
Lydia asintió, su mente ya procesando la información.
Zora no solo había intentado un ataque directo; había intentado usar a los catalizadores como arma.
Su obsesión por ellos era su debilidad y su mayor amenaza.
—Ella sigue persiguiendo a los catalizadores —dijo Lydia—. Su tecnología es impresionante, pero su fanatismo es ciego.
En el château francés, Theo y Mika, exhaustos, se sentaron tomados de la mano, la pequeña muestra de la flor negra en el invernadero volviendo a su brillo suave y rítmico. Habían desviado la marea, habían sido el escudo, pero el esfuerzo había sido inmenso. La conexión entre ellos, una sinapsis de amor y energía, vibraba con el eco de la batalla.
—Zora es más peligrosa ahora —dijo Theo, su voz rasposa—. No la destruimos. Solo la enfurecimos.
Mika asintió, su cabeza apoyada en el hombro de Theo.
—Pero también aprendimos. Nuestra conexión… es más fuerte de lo que creíamos. Podemos proteger a Nicolai.
La cumbre, por fallida que hubiera sido en su propósito original, había servido para aclarar el panorama. Los Petrovich, con Mauro a la cabeza, ahora reconocían la magnitud de la amenaza de Zora. Y, lo más importante, habían presenciado el poder de los catalizadores.
Los días siguientes se llenaron de una frenética actividad. Los equipos de Veritas se movilizaron, bajo la dirección de Mauro, para localizar el nuevo escondite de Zora. Los algoritmos de Lydia trabajaban sin descanso, analizando los patrones de energía residual del ataque, buscando la aguja en el pajar digital.
—Hemos localizado una anomalía en la red en una región remota de Siberia oriental —informó Lydia a Mauro y Harry, quien permanecía en la cumbre a pesar de su herida. Los tres estaban en una sala de guerra improvisada—. Es una vieja estación de investigación soviética. Las lecturas de la flor negra son débiles, pero presentes. Zora se está escondiendo.
Harry asintió, su mirada fija en el mapa. Siberia.
El círculo se cerraba.
—Es un lugar ideal para ella —dijo Harry—. Aislado, con la infraestructura necesaria para sus experimentos.
Pero esta vez, no iría solo.
Mauro, sorprendentemente, se mostró dispuesto a la cooperación total.
El ataque de Zora había erosionado su confianza en sus propios métodos y lo había empujado a buscar la sinergia completa.
—Iremos a Siberia —dijo Mauro, su voz autoritaria—. Pero esta vez, lo haremos de forma coordinada y definitiva. No podemos permitirle otro resurgimiento.
La preparación para la ofensiva final comenzó.
Theo y Mika, aunque no irían al campo de batalla, serían esenciales. Su conexión con la flor negra, su capacidad para sentir a Zora y manipular la energía, sería la clave para el éxito. Trabajarían desde el château francés, su centro de operaciones y su santuario personal.
Harry y Lydia se miraron.
La misión los unía de nuevo, los arrastraba de vuelta al corazón del peligro.
El destino, con su ironía caprichosa, los empujaba a una danza de destinos, donde el amor y el deber se entrelazaban en una última y desesperada misión.
La separación en la Patagonia había sido dolorosa, pero la inminencia de la batalla final por el futuro de la humanidad los obligaba a dejar de lado sus propios sentimientos. Por ahora.
El gélido viento siberiano azotaba la aeronave de asalto mientras se acercaba a la remota estación de investigación. El paisaje era una desolación de nieve y hielo, el lugar perfecto para que Zora se escondiera y tramara su venganza.
Dentro del compartimento, la tensión era palpable. Harry, con su equipo listo, sentía la punzada de la herida en su costado, un recordatorio constante de la última confrontación. A su lado, Lydia revisaba los datos de escaneo, su rostro una máscara de fría determinación. Mauro, imperturbable, supervisaba los últimos preparativos del equipo de asalto.
—La estación tiene múltiples niveles subterráneos —explicó Lydia, señalando un mapa holográfico que flotaba en el centro del compartimento—. La energía de la flor negra es débil en la superficie, pero detectamos una firma más fuerte en los niveles inferiores.
Harry asintió.
—Zora querrá un lugar seguro para su próximo experimento. Una vez dentro, la prioridad es localizarla y neutralizar cualquier nueva muestra de la flor.
Mauro intervino, su voz resonando con autoridad.
—Nuestros equipos de asalto se encargarán de la seguridad perimetral. Ustedes, Doctora Petrovich y Harry, se encargarán de la infiltración. Necesitamos velocidad y precisión.
La dinámica entre Harry y Lydia había vuelto a la cruda eficiencia de la misión. Las conversaciones íntimas de la Patagonia parecían un sueño lejano, desvanecido por la realidad del deber y la inminente amenaza. Sin embargo, en cada movimiento coordinado, en cada mirada fugaz, había un reconocimiento tácito de la conexión que persistía, una melodía oculta bajo el estruendo de la guerra.
Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, en el invernadero iluminado del château francés, Theo y Mika se preparaban para su papel crucial. El aire era denso con el aroma de la tierra y las orquídeas, un contraste con el gélido campo de batalla en Siberia. La pequeña muestra de la flor negra en la mesa luminosa pulsaba con un ritmo suave y constante, un reflejo de la armonía que los jóvenes habían descubierto.
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Editado: 12.07.2025