La fractura de Veritas era total. La furia desatada de Mauro había aislado a Lydia, pero no la había silenciado. Con la verdad expuesta como su única arma y el apoyo inquebrantable de Harry y Elena, Lydia se preparó para una jugada desesperada. El mundo se ahogaba en la desconfianza, y la frecuencia de fe que Theo y Mika proyectaban a través de la flor negra era el único faro en la tormenta.
Desde su laboratorio improvisado, un espacio humilde pero seguro lejos del control de Mauro, Lydia preparó la transmisión. No habría grandes escenarios ni tecnología de última generación; solo una conexión directa y pura. Harry, utilizando sus viejos contactos y habilidades de inteligencia, aseguró un canal de transmisión cifrado que no podía ser interceptado por los remanentes de Veritas bajo el control de Mauro. Elena, con su instinto empático, se aseguró de que el mensaje de Lydia fuera no solo veraz, sino también compasivo, capaz de tocar el corazón de un mundo herido.
El momento llegó. En el Jardín de las Maravillas, Theo y Mika se sentaron frente a la flor negra, sus manos entrelazadas. Sentían la presión del mundo, el peso del murmullo de la duda que aún persistía, pero también la verdadera resonancia que emanaba de su interior. Concentraron toda su energía, amplificando la frecuencia de fe que Lydia estaba a punto de liberar.
La imagen de Lydia apareció en pantallas aleatorias en todo el mundo: televisores que parpadeaban, celulares que se encendían solos, anuncios digitales que se transformaban. No era una transmisión orquestada por grandes cadenas, sino un llamado a la verdad que parecía brotar de la nada, un susurro digital que se negaba a ser ignorado.
—Ciudadanos del mundo —comenzó Lydia, su voz grave pero firme, sin adornos ni artificios—. Sé que están cansados de las mentiras. De las promesas rotas. Sé que la verdad duele, y que la confianza parece imposible de restaurar.
Habló de la obsesión de Anya, de la naturaleza de la flor negra como un espejo de la conciencia colectiva, y de cómo el deseo humano, en su forma más pura y en la más retorcida, podía ser magnificado. Admitió sus propios errores y los de Mauro, no para culpar, sino para humanizar. Explicó cómo la verdadera resonancia ahora permitía a la gente discernir, sentir la diferencia entre la realidad y la ilusión.
Pero el núcleo de su mensaje fue el de la frecuencia de fe de Theo y Mika.
—La flor no miente. Somos nosotros quienes elegimos creer. Mis hijos, Theo y Mika, son los catalizadores de una verdad más profunda. Ellos nos muestran que la autenticidad es el camino, no la perfección impuesta, ni las ilusiones convenientes. Debemos tener fe no en mí, no en los Petrovich, sino en su propia capacidad para discernir, para sentir la verdad que resuena en sus corazones. La semilla de la fe está en cada uno de ustedes. Solo necesitan regarla.
La transmisión duró solo unos minutos antes de que Mauro, finalmente, lograra rastrear y cortar la señal. Pero ya era demasiado tarde. El mensaje había salido.
La reacción no fue inmediata ni uniforme. Algunos se burlaron, otros lo descartaron como una nueva táctica de Veritas para manipularlos. Pero para muchos, el llamado a la verdad de Lydia resonó. La semilla de la fe comenzó a germinar en los lugares más inesperados. Pequeños grupos de personas, en diferentes partes del mundo, comenzaron a compartir sus propias experiencias de "ilusiones rotas" o "verdades reveladas" que la verdadera resonancia de la flor había provocado. La falla en la confianza no desapareció, pero una nueva forma de escepticismo, uno que buscaba la verdad en lugar de solo la negación, comenzó a arraigarse.
La furia desatada de Mauro había fracturado Veritas, pero el acto desesperado de Lydia había plantado algo mucho más poderoso. El frágil equilibrio del mundo se había inclinado, no hacia el caos completo, sino hacia un futuro incierto, pero potencialmente más auténtico. Los Petrovich, ahora verdaderos custodios de la flor negra y de la verdad, se preparaban para el próximo capítulo de su lucha: una batalla por el alma de la humanidad, en un mundo que apenas comenzaba a abrir los ojos.
Con la semilla de la fe germinando.