Capítulo 3
Aster
Creo que nunca había descansado tan bien en muchos años y eso es gracias a que estoy encerrado en una habitación de hotel, solo y sin que nadie sepa que estoy aquí.
Un poco de paz luego de tanta tormenta es agradable.
Llegué anoche aquí, al hotel que está a las afueras del pueblo donde crecí, y desde entonces no he salido, planificando mi próximo movimiento.
Y la verdad es que no sé qué hacer ahora. No lo pensé con claridad al decidir venir aquí.
¿Qué le voy a decir a Amber?
Oye, perdón por irme, tenía que hacerlo. Pero que te dejara no era motivo para que tuvieras un hijo con otro.
Es muy estúpido y, lo peor de todo, es que ese fue el motivo que me trajo.
Lo mejor será regresar a Los Ángeles y hacer como que este viaje nunca pasó.
Sin embargo, antes de irme necesito descansar más. Él viaje fue largo y todavía tengo secuelas por haber conducido hasta aquí. Tal vez debería verlo como unas mini vacaciones, pasar un par de días solo durmiendo y viendo TV.
Sí, eso suena bien.
Pero antes tengo que ir a la tienda a comprar algunos artículos de higiene. Estoy seguro de que los del hotel podrían conseguirlo por mí, pero quiero dar una vuelta y sentirme una persona normal por un rato. Puedo mantener el anonimato por un tiempo, estoy muy alejado del pueblo como para llamar la atención de la gente.
Aunque no creo que tenga tanta suerte si hay turistas cerca.
Lo sopeso con calma un par de minutos y llego a la conclusión de que necesito ir a hacer esto por mí mismo.
Me pongo una gorra, pero descarto las gafas de sol para no llamar tanto la atención. Podría ponerme la capucha de la sudadera, pero eso me haría más sospechoso. Además, no quiero esconderme, y serán unos pocos minutos.
Bajo al vestíbulo, ignorando a la recepcionista que agita su mano en mi dirección. Cree que es mi amiga porque le di un poco de dinero en efectivo para que mantuviera mi presencia en este lugar en el anonimato.
Es buena gente, pero es una chica muy intensa y me saca de quicio con facilidad.
El valet ya me está esperando con mi auto, cosa que agradezco. Luego de darle propina, me pongo detrás del volante y salgo de allí a la carrera.
La tienda más cercana se encuentra a cinco minutos, un regalo de Dios para un desgraciado como yo. Estaciono en el puesto más cercano a la salida y hago el resto del camino andando.
Dentro de la tienda, el dependiente ni siquiera se gira en mi dirección. Está hablando con un niño animadamente y me alegra la distracción. No está muy concurrido, supongo que por ser media tarde a mitad de semana. Creo que no pude elegir mejor momento para venir.
Voy pasando por los pasillos, tomando lo que necesito. Se me pasó por alto agarrar un carrito y ahora tengo las manos llenas. Me detengo frente a los lácteos y paseo la mira sobre los helados.
—A mí me gusta el de vainilla, pero mamá dice que el de chocolate es mejor.
Giro la cabeza hacia la voz que me habla. Es el niño que estaba hablando con el dependiente. No debe tener más de seis años, su cabello castaño está bien recortado y sus ojos son de un azul profundo.
Un segundo.
Es el niño de la foto de Amber y Sawyer.
Me quedo de piedra, con la boca ligeramente abierta, sin poder creer mi suerte.
El día que decido irme, se me aparece el niño que me trajo aquí.
—Aster Cole, te dije que no te alejaras de mí y fue lo primero que hiciste.
—Abuela, estaba hablando con Jerry.
El niño se gira hacia la mujer que lo llama, y yo también.
¿Cómo lo llamó?
Frunciendo el ceño, miro a la mujer, y mi estupefacción crece al ver que se trata de la madre de Amber.
¿Qué demonios está pasando?
—¿Aster? —repito, y el niño vuelve a mirarme, una sonrisa adornando su cara.
La Sra. Winchester me mira y pierde el color de su cara.
—Sí, me llamo Aster —confirma él—. ¿Y tú quién eres?
Con el corazón latiendo a mil por hora y lanzándole una mirada a su abuela, me acerco a él.
—No vas a creerlo —digo, con la voz sonando extraña—. También me llamo Aster.
Él arruga el entrecejo.
—Mentira, estás jugando conmigo.
Niego con la cabeza.
—No, estoy diciendo la verdad.
Ahora está enojado.
—Mamá dijo que mi nombre es único.
Tú mamá ha ocultado muchas cosas.
—No puedes hablar con extraños, Cole, ya te lo dije —dice la Sra. Winchester, recuperando la compostura. Lo toma de la mano y tira de él hacia la salida—. Nos vamos.
—¡Adiós, otro Aster! —se despide el niño, pero tengo que saber una cosa más.