Capítulo 4
Amber
—¡Hasta mañana, Liam!
—Hasta mañana, Amber —refunfuña desde su puesto con un montón de papeles al frente.
Río, aunque me compadezco del pobre. Le tocó hacer el papeleo porque obtuve permiso para irme antes que ellos. No quiero que Sawyer llegue tarde a su fiesta por mi culpa y Hemet fue lo suficientemente amable para darme este beneplácito.
Le envío un mensaje rápido a Sawyer para decirle que estoy de camino a casa y que no se retrase. Conozco al hombre casi tanto como a mí misma y sé que puede ser impuntual en los peores momentos. Necesita de alguien que lo guíe por el buen camino de vez en cuando.
Tal vez por eso es que no me ha sacado de su vida todavía.
Me guardo el móvil en la cartera y me acerco a mi auto, desbloqueando las puertas. Cuando alcanzo la puerta del piloto, me detengo un momento a darle un vistazo a la respuesta de Sawyer, donde se queja de que me estoy comportando como su madre, y no puedo hacer otra cosa que reírme mientras le recuerdo que, en efecto, soy una madre, pero lo más importante es que conozco sus mañas.
No espero su respuesta porque sé que va a quejarse de mis manías de control y ya es lo suficientemente tarde como para tener esta discusión.
No podemos permitirnos llegar tarde.
Abro la puerta de un tirón, sin embargo, un escalofrío me recorre el cuerpo, la sensación de ser observada me pone en alerta. Paseo la mirada por el estacionamiento y, luego, como si mis ojos supieran dónde buscar, miro hacia el otro lado de la calle.
Me quedo de piedra.
No.
Debo estar alucinando.
Él no está aquí ni me está mirando en este momento.
Pero lo hace. No es un sueño, mi imaginación no me está jugando una broma.
Aster Sterling se está acercando a mí en este momento, en carne y hueso. No es un fantasma ni estoy alucinando. Es él de verdad y yo no puedo reaccionar.
Debería huir o gritarle que se vaya al demonio. Pero mi cuerpo se niega a moverse. Estoy en shock con la vista de él caminando hacia mí.
Ya no soy consciente de mi entorno, aunque puedo apostar a que los que pasan por el lugar se han quedado tan pasmados como yo o solo quieren saber cómo se va a desarrollar este encuentro.
—Amber —Su voz es un suspiro, casi un jadeo, que cala profundo dentro de mí justo como lo hizo la primera vez que hablamos.
Yo era la niña tonta enamorada del chico que todas querían, y tuve la suerte –o la mala suerte, viendo cómo acabaron las cosas– de llamar su atención por sobre el resto. Estaba tan feliz ese día que se acercó a mí y habló conmigo que creí haber ganado la lotería.
No podía estar más equivocada.
Me recompongo, tomando aire y enderezando los hombros.
—¿Qué haces aquí?
Él sonríe, pero no es una sonrisa particularmente feliz.
—No sé, mi amor, tal vez quise venir a verte.
Me tenso y mi cara se tuerce en una mueca ante el apodo que solía usar conmigo.
—No me llames así.
Ríe, como si su regreso a este lugar fuera un chiste, como si no me hubiera roto el corazón hace años y ese encuentro fuera de lo más normal. Sin embargo, segundos después su expresión cambia a una enojada, de esas que dan miedo.
—¿Cómo debería llamarte, Amber? —sisea, dando un paso en mi dirección—. ¿Mentirosa? ¿La ama de los secretos?
Intento alejarme de él, pero mi espalda choca con mi auto.
—¿De qué hablas? —Intento sonar segura, pero mi voz tiembla.
¿Él lo sabe y por eso está aquí?
—Tengo una mejor —continúa, ignorándome—. ¿Qué tal te suena ‘la mujer que me ocultó a mi hijo durante seis años’, eh? ¿Esa te gusta?
Ahora estoy temblando en toda regla, desde la punta del pelo hasta la planta de mis pies. Aster ha descubierto a Cole y no sé qué hacer ahora.
Siempre me había imaginado esta escena, pero era una en la que yo llevaba la batuta y hacía los reclamos, no él. Esta conversación se me ha salido de las manos y no sé cómo retomar el control.
—¿Te has quedado sin palabras, Amber? —gruñe, ahora justo frente a mi cara—. Supongo que eso es lo que has estado haciendo todo este tiempo, guardar tus palabras para ti.
La ira me recorre, haciéndome recordar por qué hice todo lo que hice.
Él es quien se fue sin decir una palabra, no yo. Él fue quien se alejó de todo esto sin siquiera darme una explicación y ahora está aquí frente a mí con reclamos que no vienen al caso cuando él dejó muy claro que no quería saber nada de mí.
Poniendo mis manos en su pecho, lo empujo lejos de mí.
—No te atrevas a acusarme de nada cuando fuiste tú quien dejó claro que no quería saber nada de mí —mascullo y él me mira con los ojos bien abiertos, sorprendido por mi arrebato—. No tienes derecho a ningún reclamo, Aster. Así que vete al demonio por donde viniste y déjame en paz.