Thomas
—Por favor, déjame hablarte… Hablemos.
Mis ojos se llenan de lágrimas, y el nudo en mi garganta se aprieta más, como si las penas se me estrujaran unas contra otras. Yo a duras penas puedo mantenerme con cordura, si es que alguna vez la tuve y Petra mira solo mira un punto fijo.
Rogaría sin parar, si eso implicase poder quererla.
—Aquí no, ¿Sí? —me dice con ternura y en voz baja. Aunque no me mira a los ojos, un ápice de esperanza y temor se oye en su voz, y se transmite a la mía.
Y no sé como sentirme, no realmente. Porque no sé si esperar que finalmente haya cambiado algo en su sentir por mí, o desolarme porque quizás para ella no sea ni siquiera una opción el amarme.
Ella se da la vuelta, comienza a caminar con dirección hacia afuera, y quiero tomarla de la mano, con al excusa de no perdernos entre el mar de personas que tenemos alrededor. Pero no lo hago, porque no quiero incomodarla. Sin embargo, maniobramos para salir sin llamar mucho la atención y no la pierdo de vista ni una sola vez.
Mis ojos nunca dejan de verla. No quiero ni pestañear porque presiento en mis inseguridades que pueden ser de las última veces que la tenga tan cerca.
Esta vista de su cuello, sus rizos rojos, su piel clara con pecas por todos lados, su silueta y sus curvas… Se ve tan abrazable.
Noto que con los segundos se va poniendo más y más nerviosa, errática. Y entonces, poco a poco, entiendo que ella también está expectante, que ella también tiene una parte de mí en su corazón, una parte que sigue teniendo fuerza.
Me lleno de orgullo por sentir que una mujer tan maravillosa como ella me hubiese amado en algún momento.
Intenta avanzar un poco más rápido, por eso casi se cae al pisar mal un escalón de la entrada. La sostengo, tomo su mano y la acerco a mí. El tacto de su piel se vuelve una bocanada de aire fresco entre todas estás emociones turbulentas que me ahogan. Por un segundo, solo por un segundo, no me preocupa nada, y siento paz.
Petra mira mi mano y mira el agarre en su antebrazo, después me da las gracias en voz baja y se remueve, como si repeliera mi toque.
Me ardió el pecho.
Continúa su camino y yo la sigo a las afueras del salón, cabizbajo.
El sonido de la orquesta que suena detrás queda de fondo, nos alejamos tanto que queda leve. Casi inaudible. Porque a tal punto de nervios estoy, que escucho mi propio latido retumbar contra mis oídos.
—¿Te hice sentir incómoda, linda? —le pregunto con cautela.
—No… no, para nada —sonríe suavemente, pero sigue ocultando su rostro ante mí.
Un silencio, muy incómodo, como nunca antes existió mientras estuvimos juntos, se extiende entre nosotros.
Hay tantas heridas que ella podría hacerme con sus palabras, hay tantas formas en las que podría herirme, pero sé que… merecería cada una de ellas. Porque yo también la herí.
—Lo siento. Me arrepentí mucho luego de hacerlo y…
—¿Qué? —abre sus ojos como platos.
—Sí —no logro desenvolverme como quería, así que carraspeo e intento limpiar mi garganta, para devolverme la compostura —, no fue considerado el que hiciera las cosas más complicadas, y… respeto eso. Yo —inhalo y exhalo con fuerza —Respeto tu decisión, y respeto tu convicción, y también respeto tu espacio, yo… Lo entiendo, ¿Sí? Entiendo que todo acabó y que es muy egoísta de mi parte querer despertar en ti el amor, que yo mismo dormí, y que debí haber aceptado… el cierre que nos dimos en el hotel, debí haberlo aceptado. Y no insistir en contra de tu voluntad.
—Oh, entiendo.
Sostiene ambas manos, y las restriega luego por su vestido, con quizás decepción. ¿De qué?
—Yo entiendo que es el final, y… lo entiendo.
—¿Regresarás a Londres?
—No, ya te había dicho, creo que me quedaré aquí, mi familia me necesita, y yo a ellos —Petra se sienta sobre un tronco seco cerca de donde nos encontramos —¿Tú regresarás a tus viajes?
—No lo sé…
—Espero de todo corazón que sí —Ella sonríe mientras mira sus manos —Puedes mirarme, si quieres… No voy a hacer nada raro, te lo prometo.
—¿Te quieres sentar?
La observo, ¿Qué tengo que perder?
Me muevo hasta su lado, y me siento. Todo me parece hermoso a su lado. Las estrellas se ven más interesante, el alrededor suena un poco más calmado.
—¿En serio te quedarás esta vez?
—Sí… Mi sueño no era irme, siempre he amado todo aquí.
Me mira y veo en sus ojos confusión. Se remueve en su lugar, hasta quedarse de frente a donde estoy sentado. Aunque estamos lado a lado, siento la frialdad que tiene en mi dirección.
—¿Y cual era entonces tu sueño? Según entendí era irte.
—No era “irme”.
Veo la molestia en su rostro.
—No, Petra. Mi sueño no era irme, no era escapar y ya —me muevo hasta quedar sentado uno frente a otro —. Lo juro. Mi sueño no era irme.
—Eso creí haber entendido. Y no es que yo quiera reclamarte, pero si tanto querías irte de aquí, no debiste dejar un corazón enganchado a ti antes. Eso, eso fue muy irresponsable, ¿Sabes?
—Lo sé, nunca fue mi intensión… —respondo
—Pero fue lo que hiciste. Y no es que quiera reclamarte…
—Reclámame.
—¿Qué? —me pregunta sorprendida.
—Quiero que me reclames, quiero que me grites si es necesario. Quiero que saques todo eso, porque lo mínimo que puedo hacer es ver todo lo que te causé. Todo eso que merezco.
—No cambiará nada…
—Cambiará mi presencia —tomo sus manos—, cambia que estoy aquí, para hacerme responsable. Grítame, reclámame.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—Nunca entendí por qué tu sueño era irte, si yo estaba aquí. Si tú me tenías aquí.
—Era algo que había prometido a mi madre, esa maestría era mi sueño. No irme. Nunca fue irme.
—Podríamos haber seguido juntos, no tendríamos que haber terminado.
—Tú dijiste que no…
#18475 en Novela romántica
#3842 en Joven Adulto
nostalgia por un amor inconcluso, dolor depresion angustia amor esperanza, reencuentro primer amor
Editado: 24.02.2026