El sacerdote habló.
Palabras que ella había escuchado antes, palabras que ahora flotaban sin sentido.
Promesas.
Unión. Futuro. Todo sonaba lejano, como si viniera desde otra habitación.
—¿Aceptas…?
La pregunta llegó clara, directa.
Ella sintió cómo el pecho se le apretaba, no de miedo, sino de algo más difícil de nombrar.
El tiempo se estiró apenas un segundo de más.