Cuando dijo “sí”, no lo hizo con la voz.
Solo inclinó la cabeza, un gesto mínimo, casi invisible.
Como si temiera que el sonido pudiera romper algo frágil que todavía no entendía.
Él tomó su mano.
Su piel estaba tibia.
Real.
Ese detalle la ancló por un instante al presente. Pensó: esto está pasando de verdad.