Dio un paso fuera del altar.
La luz entraba a través de los vitrales y la golpeó de frente, obligándola a entrecerrar los ojos.
Los colores se mezclaron: oro, azul, blanco.
Entonces ocurrió el sonido.
No fue inmediato.
Primero llegó el eco: un golpe seco, sin forma, como si algo pesado hubiera caído en un lugar muy lejano.