Él caminaba descalzo por los pasillos, como si ya conociera cada rincón.
Ella lo observaba desde la puerta, pensando que tal vez así se veía la tranquilidad: alguien moviéndose dentro de un lugar compartido.
Los días se acomodaron solos.
Las visitas de las familias, las risas largas, las conversaciones que llenaban la casa hasta tarde.
Todo parecía encajar sin esfuerzo.